Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 2

Año 2036. El personaje más enigmático de la historia nacional reciente reaparece tras una década de silencio. ¿Quién es el chileno que llegó a ser el más rico del mundo? Una periodista recibe el encargo de seguirle la pista y su vida no volverá a ser la misma, mientras el planeta es sacudido por guerras religiosas y atentados terroristas con bombas atómicas.

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

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Capítulo 1: "El inicio es el más importante de todos los tiempos"

Capítulo 2

“Área Metropolitana”

Cuarenta grados a la sombra a las nueve de la mañana de un martes en pleno septiembre y por las ventanas del tren interurbano veo las obras inacabadas del Aeropuerto Pablo Neruda, abandonadas desde hace tres años y convertidas hoy en un enorme panal de concreto, acero, vidrios y materiales compuestos; hábitat para miles de homeless que se apiñan en tiendas de campaña repartidas entre los distintos niveles de la gigantesca superestructura. La doble vía férrea atraviesa por un tubo transparente sobre lo que se suponía iba a ser una estación para recoger y dejar pasajeros, otro de los tantos elefantes blancos de la ciudad, que se extiende con sus tentáculos de bloques, torres y carreteras a través de los valles que conducen desde el Aconcagua hasta más al sur del río Maipo. Antes, una serie de ciudades y pueblos separados por campos y planicies de cultivo; ahora una sola urbe, la más grande de América Latina, el AMAR de los urbanistas: Área Metropolitana Andes Rancagua según las siglas; el metroplex de los post millenials; simplemente Gran Santiago para la generación de nuestros padres y hermanos mayores; la ciudad donde vivo, no de muy buena gana, si me preguntan.

Sobre uno de los cientos de bloques habitacionales idénticos, que hacen fila como piezas de dominó en los barrios más populares de la comuna de Chacabuco, alguien dibujó un enorme rostro de Augusto Pinochet, rodeado de una bandera chilena, un cóndor y un huemul y el ya perdido lema de “Por la razón o la fuerza”, que antes podía leerse en el escudo de este país, emblema que ya no se usa y que casi nadie conoce. Mientras veía el rostro del dictador pensé que debieron pintarlo durante la noche, de otra manera los hoverdrones de la policía uniformada ya lo hubiesen borrado. Es la ley. Así ha sido desde que la nueva Constitución ordenó borrar cualquier registro del general que gobernó este país entre 1973 y 1990. Ni siquiera lo mencionan en las escuelas. Papá dice que este país es hipócrita. En lugar de haberlo condenado por las violaciones a los derechos humanos, lo hicieron por delitos económicos. Hasta el ejército lo quitó de sus cuarteles. Por supuesto siempre quedan seguidores, más bien fanáticos. Una vez salí con uno de ellos. Se definía como neopinochetista. Era un chico inteligente. Abogado, tenía buen gusto en cine y música, por lo mismo era raro que le rindiera culto al “que no se nombra”. Pero él decía que era como O’Higgins, que al Libertador también lo traicionaron y hasta sus pares lo borraron de los libros de historia entre 1823 y 1860, cuando Vicuña Mackenna lo trajo de vuelta y lo presentó a una nueva generación, que lo convirtió en el Padre de la Patria oficial por casi dos siglos, hasta que la nueva historiografía decidió que Chile nunca tuvo un Padre de la Patria, sino una Madre de la Patria: doña Javiera Carrera. Ese mismo ex novio decía que aquélla había sido una decisión políticamente correcta en tiempos de feminismo; tenía razón, y lo digo desde la responsabilidad de militar en el feminismo. No duré mucho con mi neopinochetista. No tanto por su obsesión con el viejo dictador (usaba poleras con la cara del general, mezclada con letras de Radiohead), sino porque era pésimo en la cama; sólo quería que lo abrazaran. Odio abrazar.

A 200 kilómetros por hora, el tren cubrió en menos de 30 minutos la distancia entre Chacabuco y la comuna de Nueva Aconcagua, una larga ciudad puente que enlaza con manzanas diseñadas para la nueva burguesía y la clase media alta, las antiguas localidades de Los Andes y San Felipe, límite norte de la gran conurbación santiaguina. Aproveché el viaje para escuchar algo de neowave que me mandó una amiga de Shanghai y de leer más información acerca de Santiago Urbano. La idea era estar preparada para la conversación con la primera fuente de mi investigación: mi padre.

Hermana me estaba esperando en la estación Ganímedes de Nueva Aconcagua, la más cercana al homeworld familiar. Al bajar del vagón la divisé allí, al final del andén, de pie junto a Mariano, el gato persa que adoptó legalmente como hijo para la Navidad del año pasado, acogiéndose a la nueva ley que apunta a los animales domésticos como personas no humanas que han de tratarse según reglas de crianza similares a las de los niños, con todo lo bueno y malo que ello acarrea. Cori (ella se llama Corinne) dice que está dispuesta a asumirlo y como aún vive con mis padres, la tiene bastante fácil, sobre todo ante lo caras que están las escuelas de comportamiento para cuadrúpedos. La saludé con un beso en la frente y luego le di un abrazo apretado a mi sobrino peludo. Me respondió con un maullido y un ronroneo, luego saltó al hombro de mi hermana, que no abrió la boca en todo el trayecto entre la estación y el hogar paterno. Pensé que estaba haciendo algún tipo de manda, pero preferí no preguntarle. Es mejor no meterse en esos temas. No ahora. Ella siempre ha sido especial, mucho más que yo.

Papá estaba en la terraza, echado sobre su hamaca bajo un ventilador de agua, tratando de pasar el calor que a esa hora ya se hacía insoportable. Seco y pesado, ante el cual ningún esfuerzo de viento, nubes o lluvias artificiales hacía efecto, menos en una zona limitada por un cerco natural de montañas desérticas, algunas de las cuales se alcanzaban a ver desde la casa.

“Cuando tu abuelo era niño –pronunció al verme entrar–, esas colinas eran verdes y estaban repletas de árboles. Al volver de Francia todo eso había cambiado”. Su tono de voz se hizo pausado, nostálgico, diría que casi con pena. Insisto en el casi, porque sin la aplicación que lee las expresiones corporales de la gente, es difícil saber qué pasa por la mente de una persona. Pero con mi padre no, no me atrevo a leerlo. Las aplicaciones no se utilizan con la familia, me dijo una amiga, y yo le creo a esa amiga; desde entonces las reservo para gente nueva y posibles citas.

–¿Entonces escuchaste mi mensaje…?  –le pregunté.

–Por algo estás aquí… –me contestó, mientras se sentaba en la hamaca y desenrollaba el lector de su iHand, extendiéndolo sobre sus rodillas como si fuera un viejo periódico abierto en doble hoja. Alcancé a ver que leía noticias sobre movimientos sociales en el Wallmapu allá en el sur, algo respecto del movimiento independentista del Temocuicui. Pasó la mano por encima del papel inteligente e hizo flotar en el rollo la foto más conocida de Santiago Urbano, la de esa revista vieja, del aviso de ropa de Brooks & Brothers. La imagen que más veces había visto en la última semana. Hasta atractivo me parecía. Mayor pero guapo. En verdad siempre me han gustado los hombres viejos. Mi último novio, un astrobiólogo de Paranal, era mayor que papá. De hecho podía haber sido su padre. Celice, mi vecina, decía que era como salir con un abuelo, aunque claro, no se viera precisamente como uno. Bondades de las aplicaciones genéticas.

–Deberías olvidarte de Santiago –siguió mi padre–, además ya te envié todo lo que sé de él.

–Escuché tu correo. Pero necesito oírlo de ti. Directo, no a través de un mensaje de voz.

–Te hubiese mandado un video.

–Papá. No se trata de eso… Santiago era tu amigo. La base de mi trabajo es emocional, necesito replicar lo que sientes al hablar de él.

–No era mi amigo.

–Fue en persona a buscarnos a Francia. Yo diría que sí lo era.

–Yo le era necesario. Santiago no tenía amigos, tenía gente utilitaria. –No necesitaba de la aplicación de emociones para leerlo. Era obvio que mi padre llevaba un tema muy personal con Santiago de Chile.

–Entonces sigamos en ese tema. Lo que sientes al hablar de un tipo que básicamente te utilizó.

–Utilizó a todo un país –marcó–. Y luego… –se detuvo–, cuando más lo necesitábamos nos dejó solos.

–Hablas como un hijo resentido con su padre.

–Más bien con un hermano mayor –no imaginé que ésa podía ser su respuesta–. Entonces –me miró–, tu idea es entrevistar a todos los que recibieron su mensaje.

–Exacto. Y empiezo por quien tengo más cerca –lo miré.

–Estás perdiendo tu tiempo…

–Me quitaron a los otros personajes…

–No lo digo por eso. Estás perdiendo tu tiempo al ir tras todos los que recibieron ese “audio de resurrección” –me gustó como lo llamó–. En este caso, el mensaje –insistió– no es lo importante, sino el mensajero.

–¿Quién fue el mensajero?

–Santiago de Chile, pues. Pensé que lo tenías claro.

–Pudo ser. Pero también una máquina o un tercero…

–Fue Santiago…

–Lo dices muy seguro.

–Estoy muy seguro…

Lo miré y guardé silencio.

–¿Ahora me vas a decir que sabes dónde está? –le pregunté.

Mi padre torció una mueca.

–Por eso quería que vinieras –dijo luego–. No sólo sé dónde está… Mañana viajo a verlo y quiero que vengas conmigo.

–Me estás…

–No, no te estoy –repitió mi idea–. Te lo dije apenas llegaste. Hablar de Santiago es un ejercicio inútil, es mejor que lo conozcas. ¿Tienes hambre?

Yo solo pensaba en que hacía mucho calor. Más que cuando llegué a casa. •••

Capítulo 3: "Apuntes biográficos"

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