Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 1

Año 2036. El personaje más enigmático de la historia nacional reciente reaparece tras una década de silencio. ¿Quién es el chileno que llegó a ser el más rico del mundo? Una periodista recibe el encargo de seguirle la pista y su vida no volverá a ser la misma, mientras el planeta es sacudido por guerras religiosas y atentados terroristas con bombas atómicas.
Esta historia recién comienza....

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Una novela por entregas  de Francisco Ortega, autor de Logia.

capítulo-1

Capítulo 1

“El inicio es el más importante de todos los tiempos”

Santiago de Chile, quien alguna vez fuera el hombre más rico del planeta, desapareció del mundo seis meses antes de que el movimiento islámico Allah al-Maslūl dejara caer desde un viejo avión Hércules robado al Ejército del Aire de España, una bomba de combustión oxígeno sobre el Vaticano, y el mapa de Europa (y de la Tierra entera) cambiara para siempre. Diez años después regresó a la vida a través de un mensaje de voz enviado a sus colaboradores y amigos más cercanos. Exactamente el mismo día en que empezamos a tener noticias de que no éramos la única especie inteligente del universo; aunque para que eso se supiera tendrían que pasar varios (muchos) años y derrumbarse al menos dos de las tres religiones más importantes de Occidente. Sé que ese día Santiago de Chile volvió a dar señales de vida, porque mi padre fue uno de los veinte escogidos que recibió su grabación.

Papá conoció a Santiago de Chile en la universidad y fue él en persona quien nos trajo desde París cuando yo tenía seis años. Aunque lo vi un par de veces, lo cierto es que jamás lo conocí. En absoluto sabía que era importante para mi padre y a la larga para la familia entera. Madre y hermanos le estaban eternamente agradecidos, porque directa e indirectamente nos había salvado de todo lo que pasó después en la capital francesa, pero claro, ésa es otra historia y ya habrá tiempo de contarla.

¿Por qué me interesó tanto lo de Santiago de Chile? La verdad, no es que me interesara. Digamos que me tropecé con él cuando más lo necesitaba. Me habían contratado para realizar una serie de docurexperienciales acerca de grandes chilenos y aunque la lista era larga, para variar llegué atrasada a quienes realmente me importaban: Javiera Carrera, Gabriela Mistral, las presidentas Bachelet o Allende, la canciller Vallejo, el presidente Boric eran mi chart y también el de mis colegas. Y ahí, entre los que nadie había escogido, flotaba el nombre de Santiago Urbano, más conocido por su oportunista alias de Santiago de Chile, como lo bautizó la prensa argentina a inicios de la década del veinte. El artífice de la nueva economía chilena para unos; el hombre que había comprado Sudamérica para otros. No era que nadie quisiera trabajar con él, era simplemente que no había mucha información de su persona, apenas un par de registros que mostraban algo de su misteriosa personalidad, por lejos el compatriota más poderoso y misterioso en nuestra continuidad reciente. Meterse con él iba a ser un problema, me dijeron, y créanme que lo pensé mucho, hasta que papá recibió ese mensaje de voz y, bueno… soy superticiosa y creo en el destino, si el tal Santiago de Chile había vuelto ese día, era una señal. Llamé a mi jefe y le dije que lo tomaba.

–¿Estás segura? –me preguntó, como si en lugar de un perfil metavisual me estuviera embarcando a cazar monstruos marinos.

Por diez años Santiago de Chile había estado desaparecido, su imperio continuaba en buenas manos, sus iniciales en la punta del rascacielos más alto del continente, pero de él, nada. Un loco excéntrico se decía. Algunos se adelantaron al apuntar que se había retirado a Marte. Claro, entonces aún no pasaba lo de la base Perseo y todo el mundo suponía que los genopasivos podíamos sobrevivir en el planeta rojo. También se mencionó que vivía en una fortaleza en la Antártica, incluso que había optado por estar en perpetuo movimiento en algun avión convertido en mansión alada o en un submarino, comprado a excedentes rusos o gringos, para similares propósitos. En las sumas y restas, lo concreto era que no se había sabido nada de él en una década, hasta el mensaje que recibió papá y sus colegas. Un simple “buenos días” acompañado de la más clásica de sus frases: que estaban ahí “para construir el futuro”. Bonito, aunque yo aún me pregunto de qué futuro hablaba. Vivimos en el futuro, uno que se parece mucho al que la generación de mi padre y el propio Santiago de Chilo lo imaginaron.

–Mejor no entres en esta cancha –me respondió papá cuando le conté mi idea.

–¿Por qué no? Santiago de Chile es quizás el chileno más relevante para nuestra historia desde Salvador Allende.

–No exageres.

–No lo hago.

Bueno, sí lo había hecho, pero sólo un poco.

Esa noche me encerré en el nicho que arriendo en el piso veinte de una angosta y poco personalizada torre sobre lo que alguna vez fue el centro comercial Plaza Vespucio y conecté mi iHand a Panal, descargando todo lo que existiera acerca de Santiago Urbano, desde su nacimiento en Temuco en 1974 hasta su desaparición cincuenta y dos años después. No había mucho. Registros de colegio, nombres de profesores, la carrera de ingeniería en la ex Universidad de Chile, interrumpida en el tercer año, la fundación de Dobleverso hacia inicios del 2017; una entrevista suya ese mismo año en una edición de revista Capital; una foto para Brooks Brothers, marca de ropa para la cual fue embajador en una red social que ya no existe. Después todo se complicaba, mezclándose con la historia del país, del continente, del mundo. La bomba atómica rusa en Pakistán, la nueva teocracia gringa, el neoislam europeo, el viaje a Marte, la guerra de los cuatro días contra Venezuela y Colombia. Y en medio de todo, la particular historia del hombre llamado Santiago de Chile, que no imaginé acabaría convertida en parte de la mía propia.

Mi nombre es Miranda y soy producto de un embarazo por error. No, no es que mis padres no me hubiesen querido, es incluso más complicado que eso. Pasa que Padre quería un niño y así lo programó con ayuda del genostreta de Madre. El cromosoma XY del feto que se convirtió en mí fue modificado y resguardado durante toda mi gestación. Mi casa entera estaba preparada para mi nacimiento como Brando, pero de la cesárea abierta en el bajovientre de mamá aparecí yo, literalmente una anomalía genética. Lo aclaro porque en esta época de corrección hay que hacerlo: soy mujer, 100% mujer, aunque me manipularon genéticamente para ser hombre. Según un doctor, lo que pasó es que mi madre gestó gemelos y sólo nació la niña. Una mentira cómoda para una verdad incómoda. Mi vida por supuesto ha sido extraña. No es que me discriminaran, pero imaginarán que es raro crecer como mujer cuando se suponía que debía ser hombre. Mi abuela, que es cristiana evangélica, dice que soy prueba de la voluntad de Dios; yo sé que soy prueba de un error, un borrador de quien debía nacer. Tengo veinte años y vi la luz en París el 7 de agosto de 2016, aunque sólo viví allá hasta los seis años. Recuerdos de esa ciudad tengo poco y el idioma ya lo perdí, culpa de la distancia y de la comodidad ignorante de las aplicaciones de traducción instántanea del iHand.

Santiago de Chile,  quien alguna vez fuera el hombre más rico del planeta, desapareció del mundo seis meses antes de que el mapa de Europa (y de la Tierra entera) se desdibujara por completo. Diez años después regresó a través de un mensaje de voz enviado a sus cercanos, exactamente el mismo día en que lo escogí como excusa para un programa metanarrativo y mi vida cambió para siempre. Dicen que el inicio es el más importante de todos los tiempos. Pues éste es el mío... (continuará) •••

Capítulo 2: “Área Metropolitana”

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