Cultura

Detengámonos a apreciar la música de los videojuegos

Si no fuera por las melodías, nuestras épicas aventuras frente a la pantalla no serían lo mismo.

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Hay melodías de algunos juegos de video que son muy pegajosas y que inmediatamente relacionamos con dicho juego. Por ejemplo, si digo Mario Bros, se viene el típico turututurutut tu (si me oyeran, podrían entenderme, pero supongo que estamos pensando en la misma canción).

Sin embargo, poco nos preocupamos de las canciones, y es que cuando sale un nuevo juego investigamos qué tal los gráficos, la historia y la jugabilidad. Obvio que todo eso está muy bien, pero la música es en lo último que normalmente se piensa (si es que se piensa en ello). Pero creo que deberíamos dar más importancia a este aspecto porque, mal que mal, la música nos acompañará durante toda la historia y podrá hacer de nuestra aventura algo épico o no.

¿Y por qué estoy hablando de esto? Bueno, tuve la oportunidad de asistir a The Legend of Zelda: Symphony of the Goddesses que se realizó en el teatro Cariola el sábado 7 de mayo y quedé… sin palabras de lo emocionada que estaba.

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Debo confesar que solamente jugué poco más de una hora de Ocarina of Time, pero como era de un amigo y la partida ya la había empezado él, no me interesó mucho el juego. Para ser sincera, no entendía lo que tenía que hacer y al final no volví a adentrarme en la aventura de Link.

Pero ahora, junto a la melodía de violines, arpas, chelos, la percusión, los instrumentos de viento y un coro de hombres y mujeres la historia caló hondo en mi alma, por así decirlo. De verdad estaba emocionada y quería llegar a mi casa a jugar.

Además de la música archiconocida (y otras melodías que no tanto), pero ahora tocada con cientos de instrumentos, había una pantalla donde se proyectaban imágenes que iban acorde a la música, donde a veces estaba ese Link pequeño y cabezón de ojos grandes, luego el más estilizado pero con los bordes algo cuadrados y después el primero que salió de aventuras, ese que con unos pocos pixeles formaba el cuerpo entero.

Lo mejor es que las imágenes contaban la historia y la música iba sincronizada. Un golpe de Link, un golpe al timbal y así con todo. No sé cómo describirlo con palabras, era todo tan maravilloso. Contaron toda la historia (todas las historias) en poco más de una hora, mientras los asistentes aplaudían al final de cada canción y se emocionaban al comienzo de otra. A veces reían, a veces estaban en la punta del asiento, pero siempre atentos a lo que ocurría en la pantalla (que probablemente ellos mismo habían jugado antes) y a las melodías que los envolvía.

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Es que de verdad, con tantos instrumentos en vivo y la emoción del público, uno realmente aprecia el esfuerzo de Koji Kondo al crear esta música, y queda simplemente darle las gracias por hacer algo tan especial e inolvidable para un videojuego. Jóvenes, adultos, papás con sus hijos e hijas, estoy segura de que todos ellos comparten este pensamiento.

Antes de la última canción apareció Majora’s Mask en la pantalla y se escuchó un “ohhhh” general. Nadie quería que acabara, pero el concierto llegó al final, dejando a todos los asistentes (incluyéndome) llenos de deseos de aventura, tocar la Ocarina del Tiempo, derrotar a Ganondorf y salvar a la princesa.

Al salir tenía las melodías en mi cabeza e iba tarareando por la calle. Al subir al colectivo para llegar a mi casa, el chofer tenía puesto reggaeton.

Fotografías gentileza de Transistor.

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