Cultura

Bowie, su estrella no se apaga

David Bowie abandonó la faz de la Tierra dejando una estrella negra como recuerdo. Su vida y su muerte fueron una inigualable obra de arte.

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Por: Juan Venegas

bowie

Su muerte tomó al mundo por sorpresa. Un twitter escrito por su hijo Duncan en la mañana del 11 de enero anunció el fin de la vida de David Bowie, discretamente, como habían sido los últimos años del cantante y compositor inglés. Sólo su círculo íntimo estaba al tanto de su enfermedad, un cáncer de hígado, al que dio dura batalla por 18 meses.

Lo que nunca imaginamos fue que Bowie había anticipado su deceso cuando el 6 de enero estrenó el enigmático video de Lazarus, uno de los singles de su último disco Blackstar. En el clip aparece tendido en una vieja cama de hospital, enfermo y con los ojos vendados, como una puesta en escena de su propio final. “Mírenme, estoy en el cielo. Tengo cicatrices que no pueden ser vistas, drama que no puede ser robado. Mírenme, estoy en peligro, no tengo nada que perder, estoy tan drogado que mi cerebro da vueltas y vueltas. Pero de un modo u otro ustedes saben que seré libre como un pájaro azul”, entonaba.

Quién más que Bowie podría haber orquestado tan sublime final, como si la muerte fuera tan sólo uno más de sus actos, el último de tantos. Pero nadie estaba preparado, menos con un hombre que parecía venir de otro planeta, quien engendró incluso la leyenda de que no pertenecía al género humano. Con su rostro anguloso, el talle siempre perfecto, muchos lo emparentaron con Dorian Gray –el mítico personaje de Wilde– haciéndonos creer que el tiempo se negaba a pasar por su cuerpo. Pero la muerte no hace distinciones y hemos debido aceptar que Ziggy era tan humano como cualquiera de nosotros.

Sin embargo, su vida fue el prototipo de lo inusual y la transgresión. Por eso la noticia de su muerte invadió las portadas del mundo entero, honrando su legado, en especial su aporte a la transformación de una cultura miope y conservadora, hacia una sociedad donde los prejuicios atávicos dejaron de tener cabida.

En los últimos años sobrevivió a seis infartos que fracturaron su cuerpo, pero su creatividad se mantuvo intacta, adquiriendo incluso un nuevo ímpetu, que plasmó en sus dos últimos trabajos discográficos. Incansable, laboró hasta en su lecho de muerte, como el personaje de su video Lazarus, que entre delirios y sollozos, escribe con dificultad en una ajada libreta de notas.

Incansable, laboró hasta en su lecho de muerte, como el personaje de su video Lazarus, que entre delirios y sollozos, escribe con dificultad en una ajada libreta de notas.

A diferencia de los primeros años de su carrera, cuando provocaba a la prensa con declaraciones como “soy gay, siempre lo he sido”, “éste es mi último show” o “habría sido un buen dictador”, en el último tiempo Bowie prefirió el misterio como su mejor aliado a la hora de presentar sus obras. Así es como en 2013, luego de un silencio de diez años, reapareció sorpresivamente con The Next Day, su vigésimo quinto álbum de estudio. Ni siquiera los ejecutivos de su sello discográfico sabían del proyecto. Luego supimos que el cantante había exigido la firma de cláusulas de confidencialidad a quienes colaboraron en el larga duración, incluido Tony Visconti, productor de la placa y de 13 álbumes del artista británico.

En The Next Day retomó su oficio de compositor, en un ejercicio más bien nostálgico, una tibia reconciliación con sus distintas encarnaciones musicales. Con la perspectiva que ofrece su fallecimiento, nos damos cuenta de que Bowie, a sabiendas de su grave estado de salud, programó su despedida con una obra en dos actos, uno que mira al pasado y el último en el que se prepara para abandonar la faz de la Tierra. Un número perfecto de ilusionismo, que termina con la eterna desaparición del mago, dejando mensajes suspendidos en el aire que hoy adquieren nuevos significados.

Sólo American IV: The Man Comes Around (2002) de Johnny Cash, editado dos meses después de su muerte, y BrainWashed (2002) de George Harrison, grabado cuando el ex Beatle luchaba contra un cáncer de garganta, aparecen como lo más cercano a discos planeados como obras póstumas. Pero ninguno se acerca al sincronismo con que Bowie ejecutó su último acto. Tony Visconti, en su cuenta de Facebook señaló que “siempre hizo las cosas a su modo. Su muerte no fue diferente a su vida, una obra de arte”.

Bowie produjo Blackstar como un regalo de despedida para sus fanáticos y amigos. Brian Eno, uno de sus grandes compañeros de vida, recibió con igual sorpresa su muerte. En el último tiempo intercambiaban correos firmados con nombres inventados como Mr. Showbiz, Milton Keynes, Rhoda Borrocks y The Duke of Ear. Siete días antes de su fallecimiento, el productor recibió un último correo. “Siempre divertido y surrealista, recorriendo juegos de palabras, con alusiones a las cosas que hacíamos habitualmente y que terminaba con un gracias por nuestros buenos tiempos, Brian, nunca se pudrirán. Ahora me doy cuenta de que era una despedida”, señaló Eno.

Trabajó silenciosamente los dos últimos años. Sabía que necesitaba una nueva energía para conseguir un sonido fresco, alejado de los cánones del rock and roll. Blackstar comenzó a tomar forma en mayo de 2014, cuando Bowie, por recomendación de su amiga María Schneider, asistió a la presentación de un novel cuarteto de jazz liderado por el saxofonista Donny McCaslin en un garito del West Village de Nueva York llamado Bar 55.
Bowie, encantado con el virtuosismo de la banda, envió un correo a McCaslin invitándolo a él y a su conjunto a colaborar en la grabación de Blackstar. Les entregó seis o siete demos antes de comenzar a trabajar en el estudio. Según el saxofonista, los demos eran bastante buenos y las versiones finales siguieron fieles al espíritu de esas primeras grabaciones.

En más de una ocasión, a lo largo de su carrera, Bowie manifestó su deseo de producir un álbum de jazz. De hecho, en su banda, por dos décadas, tuvo un destacado rol el pianista Mike Gerson, quien contribuyó con toques jazzísticos en diversos trabajos del británico.

Sólo Tony Visconti, productor de discos como Space Oddity (1969) y The Man Who Sold The World (1970), sabía que desde hace un año el artista padecía de cáncer. El resto de los músicos ignoraba su grave estado de salud.

En Blackstar convergen conceptos líricos intrigantes y una atmósfera musical articulada con maestría por el cuarteto de McCaslin en las siete canciones que conforman el disco.

Junto a McCaslin en saxo, participaron Ben Monder (guitarra), Tim Lefebvre (bajo), Jason Lindner (teclados) y el increíble baterista Mark Guiliana, quien con sus finas y certeras ejecuciones se transforma en uno de los protagonistas. Según Visconti, trabajar con músicos de jazz brindó un aire refrescante, que permitió a Bowie tomar cierta distancia de su sonido clásico.

En el clip de Blackstar aparece un astronauta muerto con su calavera adornada con joyas. Muchos se apresuraron a decir que era la muerte de Major Tom, el astronauta ficticio creado por Bowie.

A mediados de noviembre, cuando ya sabía que su cáncer era terminal, presentó el video de Blackstar, como un adelanto del disco que sería publicado para su cumpleaños número 69. En el clip aparece un astronauta muerto con su calavera adornada con joyas. Muchos se apresuraron a decir que era la muerte de Major Tom, el astronauta ficticio creado por Bowie. El video se cruza con influencias del ocultismo de Aleister Crowley, la escritura de Philip K. Dick y la imaginería surrealista de Jodorowsky. El corto fue dirigido por Johan Reck, conocido por su trabajo en la serie Breaking Bad. Respecto de Bowie señaló: “Era el tipo menos pretencioso que he conocido. Pero al mismo tiempo sus ideas eran profundas e interesantes. No podría hacer un análisis, pero creo que cuando eres un artista tan prolífico como Bowie y te acercas a los setentas, obligadamente empiezas a pensar en la mortalidad y en tu propia relevancia histórica”.

En las imágenes que apoyan la canción surgen dos protagonistas. “Button Eyes” (Ojos de Botones), introvertido, ciego y atormentado, y el otro, un sujeto embaucador que vende mensajes mesiánicos, un tema recurrente en sus canciones. La atmósfera es fría como un glaciar y macilenta como un planeta sumergido en la eterna oscuridad. El single, que se extiende por diez minutos, es una obra críptica, donde un sonido trágico, jazzístico y fantasmal, deja en evidencia su afán por aproximarse hacia paisajes lúgubres y retorcidos.

Blackstar conduce al oyente por territorios musicales diversos. Aparecen elementos del krautwork, hip hop y jazz, produciendo una fusión difícil de etiquetar. El uso de equipos vintage procesados a la vieja usanza (con pedales de guitarra), sin recurrir de manera intensiva al tratamiento digital, conceden a la placa un sonido orgánico y severo, que evita con éxito, someterse al régimen clásico del rock.

Según Visconti, una influencia importante fue Kendrick Lamar, quien con su álbum To Pimp A Butterfly se convirtió en uno de los artistas más elogiados de 2015. Bowie admiraba su eclecticismo y la capacidad para mezclar géneros y tópicos.

Su erudición literaria y constante curiosidad artística queda plasmada también en las líricas de las canciones. Tis a Pity She Was a Whore (Es una pena que sea una prostituta), una tonada con percusiones de hip hop y singulares solos de saxo, toma su título de una obra del siglo XVII escrita por el dramaturgo John Ford. Mientras que Girls Love Me proviene del Polari, un dialecto gay usado a mediados del siglo pasado y es también un homenaje a La naranja mecánica de Kubrick.

Los detalles de sus últimos días poco a poco se irán conociendo. Sabremos si efectivamente tuvo la capacidad de sostener su vida hasta ver publicado el álbum o si sólo fue una coincidencia del destino. Tony Visconti, su gran aliado en este proceso, será probablemente el encargado de develar dichos misterios.

David Bowie se ha despedido con una estrella negra en su rostro, pero lo cierto es que su genio iluminó como nadie el firmamento artístico de los últimos cincuenta años. Su música seguirá inspirando a las nuevas generaciones. Su extensa carrera, cruzada con las diferentes expresiones del arte, continuará siendo una notable matriz de innovación y atrevimiento. •••

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Los hitos discográficos de Bowie

Una producción tan extensa como la de Bowie hace difícil la tarea de elegir sus mejores álbumes. Pero entre la crítica y el público existen ciertas coincidencias. Ésta es una lista con algunos de sus trabajos más apreciados.

1. The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972). Considerado uno de los mejores discos de rock de todos los tiempos. Un disco conceptual, en el que Bowie encarna al extraño personaje de Ziggy Stardust y del que salió su primer hit Starman.

2. Hunky Dory (1971). En este álbum surgen las influencias de Andy Warhol y la troupe que trabajaba junto a él en su factoría de arte en Nueva York, incluyendo a la banda seminal The Velvet Underground. También escribe un tema inspirado en Bob Dylan, Song for Bob Dylan.

3. Low (1977). Parte de la llamada Trilogía de Berlín, Low representa una etapa más experimental de Bowie. Se sumerge en los nuevos sonidos de la electrónica alemana para crear un disco rico en atmósferas e innovadoras capas sonoras.

4. Station to Station (1976). Su décimo álbum de estudio. Para esta placa Bowie decide encarnar a un nuevo alter ego The Thin White Duke, un personaje frío, elegante y claramente europeo, como buscando distanciarse del look norteamericano de su anterior trabajo Young Americans. Con controversiales guiños al fascismo en sus líricas, Station to Station marca una transición en la carrera de Bowie. Un álbum oscuro, pero que representa un estado de madurez artística.

5. Aladdin Sane (1973). Otro alter ego bowiano. Se ha considerado a Aladdin Sane una especie de gemelo de Ziggy Stardust. La mayor parte de las canciones fueron compuestas en 1972 durante su gira por EE.UU. Es la mixtura entre el Ziggy inglés con el imaginario social norteamericano. El disco en términos musicales es más agresivo que sus anteriores trabajos, con un sonido más potente y severo.

6. The man who sold the world (1970). Es su primer gran álbum. Tras la edición de Space Oddity, Bowie se empapa de la música que estaban desarrollando grupos como The Who y Led Zeppelin. Bowie aparece en la portada vestido de mujer, lo que provocó grandes polémicas y consiguió la notoriedad que buscaba. El disco está lleno de excelentes canciones y durante los años 90, el grupo Nirvana convertiría en éxito la canción que da el título al disco.

7. Diamond Dogs (1974). Es el disco tras la incineración de su alter ego Ziggy Stardust y su separación de los Spiders from Mars. También corresponde a la época de su mayor adicción a las drogas. Nuevamente trabaja en solitario y resulta en un disco sensible y que demuestra su ductibilidad como autor. Es un álbum plagado de primorosas melodías y arreglos teatrales. Las letras hablan del deterioro humano como un presagio de la era punk que pronto llegaría. Producido por el propio Bowie, Diamond Dogs es una de las cumbres creativas del duque blanco.

8. Heroes (1977). Al cumplir 30 años, Bowie necesita un disco que lo reubique en la nueva escena dominada por los jóvenes del punk rock. Y Berlín, una ciudad sombría, negativa y esquizofrénica es el lugar perfecto para generar un disco intenso como el que Bowie requería. Es su segunda colaboración con Brian Eno, pero a diferencia de Low, Heroes resulta en un disco más directo y en cierto modo optimista, que proclama que cada uno puede llegar a ser un héroe.

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