Ese oscuro demonio interior - Revista Capital

Cultura

Ese oscuro demonio interior

El mejor filme de horror de estos días no contiene grandes efectos, ni ríos de sangre, ni un asesino en serie. Tampoco es una secuela o una precuela. No es más que la (aterradora) historia de un hijo y su madre. Conozcan a The Babadook.

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Por Christian Ramírez

The-Babadook

Todo partió el 30 de noviembre pasado.

En su cuenta de Twitter, el director William Friedkin escribió: “Psicosis, Alien, Las diabólicas y ahora The Babadook. Nunca he visto un filme más terrorífico”. Considerando que lo dice el hombre que filmó El exorcista, es una recomendación difícil de superar. Pero lo interesante es que no iba dedicada a un filme de gran presupuesto, producido con un estudio y repleto de efectos especiales. Todo lo contrario. Para los efectos de la cartelera moderna, The Babadook –que acaba de llegar al DVD y blu ray– es casi una curiosidad: un pequeño filme australiano, producido con los mínimos trucos posibles, dirigido por una mujer y cuyo objeto más horroroso es un extraño y particular libro infantil.

Y, sin embargo, los fanáticos del género se volvieron locos: ni siquiera había salido de los cines y ya la estaban considerando un nuevo clásico. ¿Cuál era la gracia?

Bueno, de partida lo sencillo de la premisa: Amelia es una joven viuda que vive junto a Noah, su hijo de seis años, en una antigua casa, en un suburbio de Adelaida. Su marido murió en un accidente mientras la llevaba a dar a luz y desde entonces no ha vuelto a tener otra relación, repartiendo el tiempo entre la crianza del niño y un trabajo como enfermera en un hogar de ancianos. Pero el chico no se lo hace fácil. La única manera en que esta madre –que alguna vez se dedicó a escribir historias infantiles– logra hacerlo dormir es leyéndole un cuento y luego otro y otro más, hasta que una noche toma del estante un volumen rojo que no recuerda haber comprado. The Babadook. Por éste circula un amigable señor de capa y sombrero de copa que toca a tu puerta, pero que con el correr de las páginas se vuelve más y más amenazante, sacando sus garras y abriendo enormes fauces listas para devorarte, aprisionarte, liquidarte… Noah quiere seguir leyendo, pero una perturbada Amelia oculta el libro. Pero esto no es suficiente, así que lo rompe y lo bota a la basura. Y luego lo quema, después que el texto aparece misteriosamente recompuesto, corregido y aumentado frente a su puerta. El Babadook no se quiere ir y volverá noche a noche a atormentarla para obtener lo que desea. Cueste lo que cueste.

 

Largo camino

Hasta que por fin la rodó hace poco más de un año, la historia llevaba al menos una década en la cabeza de la realizadora Jennifer Kent, quien en 2005 la adaptó como un corto llamado Monster –lo pueden buscar en YouTube–, para después confeccionar cinco versiones de un guión con el que postuló y ganó diversos fondos. Kent había decidido convertirse en directora tras varios años de dedicarse a la actuación y su obsesión fue lo bastante poderosa como para escribir al afamado cineasta Lars Von Trier, ofrecerse como asistente en práctica y participar en el rodaje de Dogville (2003).

Ahora, decir que Von Trier aparece como el maestro en las sombras, detrás de su filme debut, sería exagerado. Es evidente que algo de la crueldad del director de Anticristo se cuela en la historia de Amanda y Noah, pero las pulsiones que la empujan resultan mucho menos intelectuales y quizás por eso es que Friedkin acierta medio a medio al compararla con Psicosis y Alien: no es que el filme se catapulte de inmediato a la altura de esas cumbres, pero a nivel de emociones primales está en busca de algo similar. Si el alimento en Psicosis es la súbita revelación de un inmenso trauma y en Alien, la amenaza de lo desconocido, el combustible que hace arder a The Babadook son los intrincados lazos de la maternidad. Rápido va quedando en evidencia que la relación entre Amelia y su hijo es mantenida por un conducto que tiene tanto amor como histeria. Noah crece cada día y, dejado al cuidado de vecinos y una tía, desafía cada vez más el control de una madre que comienza a observarlo en varias facetas a la vez: como una amenaza, como el nuevo hombre de la casa (el reemplazo del padre ausente), y como un sujeto que está aquí para exprimir tus energías, sacarte provecho y eventualmente reemplazarte. ¿Fue así como se gatilló la hitchcockiana locura de Norman Bates o la maternal ambivalencia de la teniente Ripley ante la criatura espacial? ¿Y por qué no?

De seguro que en alguna parte y en estos mismos momentos existe un pequeño ejército de académicos escribiendo papers en torno al torbellino sicológico de los protagonistas de The Babadook, pero más allá de las palabras, la película inquieta, asusta y aterra, sobre todo por su efectividad al poner en juego el código más antiguo del relato de horror: la infinita capacidad humana para corporeizar sus demonios internos, para otorgarles presencia y voluntad, al punto de volverlos totalmente independientes de quien, en primer término, los imaginó. Vista así, la negra bestia con garras que puebla los sueños de Amelia y que luego entra a su pieza, sube por sus paredes, para encarnarse en ella misma, se vuelve infinitamente más peligrosa, porque sugiere que la tregua y la paz sólo llegarán una vez que se borre del mapa la causa de su miseria: su hijo.

No todos los filmes de terror son capaces de abrir con tal grado de violencia una puerta hacia el mundo real, hacia un nivel donde el problema de fondo –que gatilla la trama y sus metáforas– se vuelve evidente. Ahí radica, de hecho, la brutal energía de una película que no se complica a la hora de referenciar a otros clásicos, con tal de fortalecer la idea de que antes hemos estado allí, que ya hemos pisado ese oscuro sendero y visitado con anterioridad esa vieja mansión (Psicosis), visto esa relación entre padre e hijo (El resplandor), misteriosas habitaciones en contraluz (David Lynch), mujeres ensangrentadas (Carrie), paredes que se rajan y camas que saltan (El exorcista). La figura misma del Babadook emerge cargada de significado y de pasado: puesta en el libro infantil recuerda los trazos de Maurice Sendak, la monocromía de Charles Addams y Edward Gorey, y también las alucinadas ilustraciones de Tim Burton (quien debería haber dirigido una película como ésta, pero probablemente nunca lo hará). Animado por técnicas de stop motion, nuestro monstruo evoca tanto al primer Nosferatu como a Freddy Krueger, con un negro gabán y capa que nos recuerda al Fantasma de la Ópera e incluso a Mr. Hyde.

¿De dónde emerge toda esa abominación? ¿De qué lugar escondido, de qué pieza cerrada? Jennifer Kent y su eficiente equipo de cineastas no ofrecen explicaciones obvias, pero la imagen más inquietante de la película, la más horrorosa a fin de cuentas, entrega una pista: Amelia en el living, sentada frente a la televisión en mitad de la noche, cambiando canales sin descanso con tal de no dormir. Su hijo único arrumbado en el sofá. Esperando con ansias el amanecer. •••

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