Cultura

Celebrando a Carreño

El artista cubano-chileno Mario Carreño, Premio Nacional de Arte, tenía 66 años cuando fue padre de Andrea. Su hija siguió su senda, con una obra de rasgos surrealistas que se conecta con períodos claves del pintor. Cuando se realiza el más importante homenaje al pintor en el Museo Nacional de Bellas Artes, su primogénita también se prepara para hacer su aporte a esta celebración en la galería Marlborough.

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Por Vivian Berdicheski
Fotos: Verónica Ortíz y gentileza Museo Nacional de Bellas Artes

Andrea-Carreño

Es mediodía en el Museo Nacional de Bellas Artes y en el lobby se observa un inusitado ajetreo. El staff se mueve rápido para tener listo hasta el último detalle para la tarde inaugural de la muestra más importante que se ha realizado en Chile en honor al pintor y Premio Nacional de Arte (1982) Mario Carreño, que lleva por nombre Universo Carreño. Cuerpo de Obra (1940-1992) que abarca toda su labor pictográfica. Una exposición que tiene a su hija mayor, Andrea Carreño, orgullosa y, a diferencia de otras ocasiones, con ganas de hablar largo y tendido acerca de su padre.

Andrea nos recibe en su taller, ubicado en un cité en el barrio Bellavista. Conversamos relajadamente, durante horas. El café se nos enfría y su mundo sensorial va quedando al descubierto no sólo a través de su trabajo, sino de algunas historias que relata y que llegan a poner los pelos de punta. Cuenta que desde el día que despegó del aeropuerto Charles de Gaulle hasta que llegó al aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez tuvo una conexión especial con su progenitor. “Unos días antes de partir a Chile, me llama mi hermana, Mariana, y me dice, con voz de urgencia, que los cuadros de mi papá provenientes de Cuba estaban varados en el aeropuerto de París y que necesita que fuera o que hablara con alguien para traerlos a Chile para la muestra. Hacer la gestión en París era muy difícil y tenía la intuición de que no debía hacer nada, y precisamente fue lo que hice: nada. Bueno, la cuestión es que apenas me senté en el avión me conecté con mi padre y tuve la certeza de que los cuadros venían conmigo. Viajamos juntos todo el trayecto, sentí su compañía y fue muy significativo, muy simbólico. Y, efectivamente, los cuadros venían en las bodegas del avión”, dice.

Pese a que reconoce que no le gusta estar siempre hablando de su padre, nos confiesa que esta vez quiere hacerlo y se lanza a contar qué los enlaza y también qué los separa, en el mundo de lo real y de los sueños.

Al día siguiente de nuestra conversación, Andrea volverá a tomar un avión: partirá de regreso a París, ciudad en la que reside hace 8 años, después de una estadía más extensa de lo habitual en Santiago. Sin embargo, esta vez el adiós será corto: en marzo nuevamente estará en Chile para inaugurar una exposición individual, en la galería Marlborough. Se trata del regreso de Andrea Carreño después de cuatro años alejada de las salas chilenas, con una exhibición que incorporará a sus lienzos por primera vez una tela en honor a su padre, uniéndose así a los homenajes que se le realizan. Y, si nada lo impide, en diciembre vuelve con camas y petacas junto a su marido, el escultor francés François Minaudie y su hijo Noha de 7 años, a radicarse a Chile definitivamente.

“El aporte de mi padre tiene que ver con el academicismo en el arte, tomar en cuenta al arte como algo valioso e importante y darle el lugar que merece en la vida de las personas. Su mensaje antibélico y de unión de los pueblos es otro gran aporte”.

-¿Te ha pesado como pintora el llevar el apellido Carreño?
-Sí y no, ciertamente es de doble filo, pero cuando decidí ser pintora sabía hacia dónde iba. Siempre lo he tomado por el lado positivo, el haber tenido a un maestro puertas adentro al que vi siempre pintar, es una bendición.

-Optaste por estudiar en la Facultad de Arte en la Universidad Católica, donde él fue uno de sus fundadores junto con Nemesio Antúnez.
-Sí, yo entré muchos años después. A veces era extraño, porque todos mis profesores me conocían desde chica. Y siempre sentí que ellos no sabían si exigirme más o menos, pero sinceramente yo quería hacer esto.

-¿Crees que él pensó que ibas a decidirte por la pintura?
-Cuando resolví entrar a la Escuela de Arte, él estaba muy sorprendido, puso unos ojos bien grandes. Por una parte, estaba muy emocionado y tengo la sensación de  que había muchas cosas que no me decía para que no me asustara. Él tenía casi 80 años y le resultaba difícil hablar conmigo por la diferencia de edad, me miraba con cara de ¿cómo lo va hacer? Pero cuando salí de la escuela (1993) y vio que realmente me iba a dedicar a pintar, se me acercó sólo una vez para conversar de papá pintor a hija pintora y decirme que el camino del arte es duro, pero muy bonito. Porque esto de ser pintor es una aventura.

-Cuando naciste, él ya era un hombre mayor. ¿Fue un papá presente, de salir a jugar?
-Fue súper cariñoso, de besos y abrazos, estaba muy presente físicamente, pero a la vez tenía su mundo paralelo. Algo que hoy puedo entender perfectamente. Él trabajaba en la casa en su taller y se notaba que andaba pensando en su proyecto del día, como con un pie en la tierra y el otro volando. A diferencia de mi mamá Ida González –también pintora que estudió en la Escuela de Bellas Artes y en el Taller 99, tercera esposa de Mario Carreño, y madre de sus dos únicas hijas, Mariana y Andrea– que es súper práctica con los pies en la tierra.

-¿Ellos eran así, el Ying y el Yang?
-Sí, eran bien diferentes, mi papá muy pausado, tranquilo y mi mamá, un torbellino dando vueltas. Los dos trabajaban en la casa, cada uno en su taller, pero cuando yo tenía como 15 años mi mamá compró un taller muy cerca de la casa, en la calle Antonio Varas, porque como hacía clases, las alumnas interrumpían la paz de mi papá para trabajar. Así que más adelante, el taller de mi mamá pasó a ser mío y cuando entré a la escuela era privilegiada, ya tenía mi tallercito para hacer mis cosas.

-¿Reconoces la influencia de ambos en tus cuadros?
-Lo de mi mamá está en algunos pasajes más sueltos de la pintura, el accidente, lo pasional; de mi papá es la pintura más dirigida, más pensada, más perfeccionada.

-¿Cuál crees que fue el mayor legado que te dejó como artista?
-Su tranquilidad, esa serenidad que tenía, la sensibilidad ante los conflictos del mundo. El rigor y el amor por la pintura, el tomar cada cuadro como algo sagrado, el amor por el surrealismo y la metafísica, eso lo capté de él.

-¿Cuál crees que fue el mayor aporte a la plástica de Mario Carreño que lo convierte en un artista tan querido?
-El academicismo en el arte, tomar en cuenta al arte como algo valioso e importante y darle el lugar que merece en la vida de las personas. Su mensaje antibélico y de unión de los pueblos es otro gran aporte. En las imágenes que proyecta en sus obras está siempre presente la parte humana –vivió varios conflictos bélicos, como la Guerra Mundial, guerra civil– lo que plasma en sus obras a través de la sensación de miedo. Su pincel es una alarma que dice que la vida del ser humano debe primar sobre todo. En la exposición en el MNBA hay un gran cuadro que llegó de Cuba, que se llama El Nacimiento de las Naciones Americanas, en el que se puede ver claramente la unión de todos los pueblos latinoamericanos. Ése es mi padre.

exposicion-Carreño

-Ya que estamos hablando de este cuadro, cuéntame de la exposición que se realiza en homenaje a Mario Carreño, en el MNBA.
-Hay que tener claro que parte de este homenaje es también una muestra de dibujos en el espacio de la Fundación Itaú. Lo cierto es que yo estoy bien atrás, porque vivo en París, es mi hermana Mariana Carreño y Juan Campos, que era el asistente de mi papá, a través de la Fundación Mario Carreño, entre otros, quienes fueron armando este buque que se llama Universo Mario Carreño. La historia es así: hace dos años, cuando recién Roberto Farriol asumió la dirección del MNBA, se reúne con Juan Campos para decirle que el museo cuenta con unos cuadros y que por los 100 años del nacimiento de mi padre querían hacer una muestra sólo de su período geométrico. A lo que Juan le responde que apostarán por una gran retrospectiva, y ahí partió todo. É hizo un par de viajes a Cuba para conseguir los cuadros que estaban en el Museo de Arte de La Habana y que son los que se trajeron. También se ganó un Fondart para la promoción y la Fundación Itaú ayudó con los seguros y el transporte. Denise Ratinoff nos ayudó muchísimo y mi hermana también, porque todos los cuadros que se muestran de la colección chilena son de particulares de Santiago, entonces hubo un arduo trabajo de recopilación.

-Ustedes anteriormente habían hecho una recopilación, ¿sabían dónde estaban sus obras para crear en 2013, la Fundación Mario Carreño?
-Bueno sí, pero también existe el mercado. Hay que empezar a investigar quién tiene esto y lo otro. Juan Campos hizo la curatoria porque son 52 años de trabajo, alrededor de 40 cuadros los que se exhiben y 8 muy importantes que vienen de Cuba.

-¿Cómo se plantea el trabajo de esta Fundación?
-La idea es que sea muy viva y activa. Además de promover y preservar la obra de Mario Carreño, se quiere apoyar otras manifestaciones artísticas que se relacionen con su trabajo, siempre y cuando a la Fundación le interese. Por otra parte, queremos empezar a reunir fondos para recuperar obras de mi papá. Nosotros vivíamos de su pintura y cuando él se enfermó (dejó de pintar en 1994 después de sufrir varios infartos cerebrales, murió en 1999) se empezaron a vender los que quedaban y, actualmente, la familia posee sólo dos. Y con eso no se hace mucho, entonces la idea es reunir fondos para poder comprar cuadros en diferentes ocasiones, además hacer un buen libro catálogo y el catálogo razonado, más proyectos de futuras exposiciones.

“Yo mezclo muchas realidades, lugares diferentes y logro meterlos dentro de la arquitectura y el paisaje imposible. Esa libertad es lo más importante para mí”.

Mosaicos

-¿Desde cuándo se viene gestionando la muestra en la galería Marlborough?
-Estábamos hablando hace más de un año con su directora, Ana María Stagno, pero la muestra de mi papá es un mega proyecto, entonces nos resultaba difícil coordinar. Hasta que acordamos hacerla durante la exposición de mi papá, pero al final, en marzo, una especie de homenaje, por esta razón estoy pintando un cuadro especial que ahora está en París.

-¿Es primera vez que haces un cuadro en homenaje a él?
-No, pero sí en una exposición mía. Llamé a esta muestra Mosaicos, tengo un cuadro que se titula así y como significa la unión de muchos pedacitos, va acorde con lo que es mi pintura. La reunión de diferentes lugares y tiempos en un universo. Esta vez incluyo arquitectura de paisajes.

-Al ver la película El origen que protagoniza Leonardo Di Caprio, es imposible no referirla a tus trabajos. ¿Qué te pasó cuando la viste?
-Es increíble, la arquitectura imposible ahí está. Recuerdo que, sentada en el cine no entendí nada, sólo estaba atenta a lo visual. Se dan precisamente esas cosas que uno siente en los sueños que son uhhhh, como cuando el puente se empieza a mover.

-¿Cómo logras ese movimiento en la tela?
-La pintura te permite eso, lo imposible dentro de lo posible, es la magia que tiene la pintura de hacer la arquitectura imposible. Sobre todo cuando el surrealismo es tu vida.

-¿El vértigo es un elemento con el que juegas?
-Sí y mucho, es reunir ciertos escenarios que no van juntos y plasmarlos de igual forma y es ahí donde se da esa sensación. Yo mezclo muchas realidades, lugares diferentes y logro meterlos dentro de la arquitectura y el paisaje imposible. Esa libertad es lo más importante para mí. Me apasiona unir recuerdos con sueños porque, finalmente, son los recuerdos los que se vuelven sueños. Tengo sueños recurrentes, mezclo los lugares por los que camino y después puedo proyectarlos en los cuadros.

-¿El surrealismo es bien marcado en tu obra?
-Tanto así que a veces me programo para volver a un sueño que tuve antes. Tengo segundas partes de los sueños, lugares y recorridos recurrentes. Escenarios que van quedando en el pasado, lugares presentes, otros que provocan vértigo. Finalmente, mezclo diferentes recuerdos pasados por el sueño y que logran ser lugares fantásticos en la tela.

-¿Te has hecho sicoanálisis?
-Sí y me gusta mucho. Me acuerdo que una vez me dijeron que anotara los sueños y, finalmente, es una práctica que uno adquiere y me acordaba de todo. Hace tiempo que no lo hago, la cantidad de símbolos que aparecían era impresionante. Era muy entretenido y muy difícil también poder entenderte a través de ellos. Se trata mucho del inconsciente, los lugares y el mundo que visito.

-En tu obra da la sensación que dejas siempre algo sin terminar, sin pintar, para que el espectador o futuro comprador lo puede hacer suyo. ¿Es consciente?
-Sí, nunca lo visualizo como un sin terminar, lo veo como la pintura y la tela cruda. Es hacer evidente la pintura y genera tensión dentro de la obra. Además, da la libertad para que cada uno realice su propia lectura.

-¿Me imagino que no eres de las personas que deja cuadros sin terminar?
-Siempre pinto para exhibir, en su mayoría los empiezo y los dejo para hacerlos respirar, y antes de la muestra los saco en grupo para darles los últimos retoques. En este caso, lo más probable es que sea el homenaje a Mario Carreño.•••

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