Cultura

El espacio interior de Mike Wilson

¿Una novela de 520 páginas sobre el arte de talar árboles y el universo profundo de los bosques de Yukón en Canadá? Tal cosa y mucho más es Leñador, la obra revelación del último año que ha ganado los premios de la Crítica y del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Detrás de este inmenso relato hay un misterioso autor que dice que no cree que los libros necesiten lectores.

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Por Francisco Ortega
Foto: Sabrina Wilson

Mike-Wilson

"Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring. Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar. Veía cosas que me hacían mal, escuchaba voces, me estaba perdiendo, extraviando en mi cabeza.

Huí hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores. Hombres grandes, barbudos, cuya lengua tosca gravitaba entre el inglés y el francés. Usaban herramientas tradicionales para talar pinos. Eran hombres rudos.

Los leñadores me otorgaron un hacha, filo de acero. El cabo era de olmo liso, la madera oscurecida por años de uso. Pesaba más de lo que aparentaba.

Aprendí cosas”.

Así cierra el primer párrafo de Leñador (Orjikh, 2013), la novela de Mike Wilson (1974) que se acaba de adjudicar la dupleta de mejor novela publicada con el Premio de la Crítica 2014 y con el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Y claro, esas líneas iniciales remiten a un montón de novelas de “re-iniciación” o de “re-invención”. Obras situadas en las antípodas del relato de crecimiento, pero que siguen sus mismas reglas en una especie de “re-suma” de partes. Un personaje adulto, generalmente hombre, ya formado, pero quebrado por decepciones de todo tipo que opta por escapar y dar pie a una aventura interna y externa que finalmente lo va a transformar. El arquetipo clásico es Moby Dick, libro con el cual no pocos críticos han hecho un vínculo. No es casual tampoco que Leñador también sea una novela con subtítulo. Así como el nombre completo de la obra de Melville es Moby Dick, o la ballena, el de Wilson es Leñador, o ruinas continentales. Las ruinas son monumentos –incluso las que parecen no serlo– y esta novela se lee como un monumento.

-Se te ha comparado con Moby Dick, ¿qué te parece?
-Lo entiendo. Por las descripciones largas, la similitud de los narradores y la idea de la búsqueda. También, imagino, porque hay un capítulo dedicado a los balleneros, pero Moby Dick tiene un trasfondo más bien religioso… o teológico y Leñadores nihilista.

A propósito de nihilismo: después del “aprendí cosas” con el que termina el primer párrafo de Leñador, vienen cinco páginas de definiciones y conceptos relacionados con el objeto y el uso del hacha. No parece literatura, sino enciclopedia, o la enciclopedia como forma de literatura, la estética de la acumulación y la estética del dato, pero no del dato por el dato, sino del dato como objeto y forma narrativa. Leñador finalmente es inclasificable. ¿Ambiciosa? Sí y no. Wilson la escribió en medio de un proceso personal muy intenso: se ríe cuando le consulto si fue como ir a terapia, pero finalmente reconoce que así fue, que hubo mucho de eso.

Leñador

La dimensión conocida

Mike Wilson, que nació en EE.UU, vivió en Argentina y lleva casi una década radicado en Chile, confiesa que su 2014 ha estado marcado por dos obsesiones. Y ninguna de ellas tiene que ver con releer o revisar Leñador. O pensar mucho en las buenas críticas o los premios que el libro acaba de ganar. Tampoco con Wittgenstein y el sentido de las cosas (Orjikh, 2014) –un ensayo/lectura/poema en prosa/todas las anteriores que piensa y rpiensa las ideas del filósofo alemán– que presentó a fines de julio.

Sus fijaciones no tienen nada que ver con lo previo, sino con Diario de un solo, de Catalina Bu, novela gráfica de la cual (sincronía) se habló en estas mismas páginas hace quince días. La ha comprado y la ha regalado; la ha leído y la ha releído con fijación. “De fan”, confiesa. “Fui a firmas de la autora en librerías de Providencia y no puedo dejar de leer el libro”. Y debe ser verdad: Diario de un solo ocupa un desatacado lugar encima de uno de los dos sofás que hay en el living del departamento que Mike habita en el cuarto piso de un edificio art decó en Ismael Valdés Vergara, frente al Parque Forestal. Y claro, hay una distancia entre los libros de mesa de centro, de estantería y los que están desparramados en un sofá. Ésos son los que se leen, los reales y Mike lee mucho Diario de un solo.

-Esa página donde Solito (el personaje) despierta, está en su cama y hace planes para el día, pero cuando cae la noche se da cuenta de que no hizo nada, ni siquiera se levantó, es una maravilla.

-¿Te ha pasado?
-Muchas veces, a ti también, estoy seguro.

En la familiaridad del trato hay amistad. Mike es un amigo, uno de mis mejores amigos; de los pocos que han estado conmigo en momentos muy buenos y muy malos. Es necesario anotarlo para explicar instantes como la conversación sobre el libro de Catalina Bu.

La otra obsesión de Wilson es Stoner de John Williams. Una pequeña gran novela publicada en 1966, tremendamente bien escrita, muy intensa y con un personaje de esos que parecen reales o más que reales. Stoner nunca fue un bestseller ni un gran éxito literario, pero a lo largo de cinco décadas ha sido un boca a boca entre escritores y talleristas, una suerte de novela perfecta que todo aquél que quiera jugar a escritor debiera leer. Rodrigo Fresán y Vilas Matas son sus dos grandes embajadores en nuestro idioma; Wilson sin duda el tercero.

-¿La leíste?
-No.

-Deberías. Yo la he leído muchas veces y creo se está transformando en mi novela favorita. Es un obligatorio para mis alumnos de Literatura Contemporánea este semestre… el otro es True Detective.

-Otra obsesión…
-Las convierto en obsesiones académicas. True Detective no sólo permite pasear por toda una tradición literaria desconocida gringa, permite también entender por qué los norteamericanos escriben como escriben y les interesan las cosas que les interesan. Básicamente la utopía americana, la búsqueda de la tierra prometida que nunca llega… True Detective es muy literaria, igual que La dimensión desconocida, que también analizamos en clases.

Mike ve series, le gustan mucho; habla de ellas, teoriza. Tiene muchas favoritas. Las ya mencionadas y también Fargo, que me recomienda. Yo hago lo mismo con Manhattan. Y por supuesto, como es habitual, terminamos en Twin Peaks.

-Hace poco, David Lynch confirmó una miniserie de 9 capítulos para el próximo año…
-Eso quiero verlo. Debo ser el único que le gustó la segunda y última temporada de Twin Peaks, con los militares y los extraterrestres… Y Fox Mulder, o sea David Duchovny… Los tres capítulos finales de Twin Peaks son los primeros capítulos de los X-Files. De hecho la última imagen de Twin Peaks, una chaqueta del FBI en un bosque, es la primera de los X-Files. Ese diálogo entre ambas es muy interesante. Como el que hay entre True Detective y Twin Peaks. Es como evidente que el éxito de la primera gatilló el regreso de la segunda.

 

Perderse en el Yukón, encontrarse en Santiago

En Leñador hay un narrador que de un momento a otro decide dar vuelta la página, dejar su día a día y retirarse a vivir con una comunidad de leñadores en el Yukón, norte de Canadá, en la frontera con Alaska. De eso se trata el libro, ésa es la anécdota que completa las 520 páginas del volumen. No hay más, tampoco hay menos. Poco antes de empezar a escribir el libro, Mike de alguna manera también se retiró de un mundo donde era un activo participante: las redes sociales.

-Me aburrí no más. Me cansé de esa ironía fácil y ligera que en el fondo es para escudar la ignorancia. Fue la mejor decisión que pude tomar. No me arrepiento. Y sí, tiene mucho que ver con Leñador. El libro nació como un trabajo muy personal, muy para mí, construido en la forma de la acumulación. Me hizo bien ir a ese lugar, donde se ambienta el libro.

-¿Fuiste?
-No (se ríe), quiero decir, ir mentalmente a ese lugar. He recorrido lugares parecidos en el medio-oeste norteamericano, pero nunca fui al Yukón. Ese mito tiene que ver con mis retiros.

Mike suele pasar los veranos en Estados Unidos, donde viven sus hermanos. A veces va con sus hijos, otras veces solo. Le gusta pedirle el auto a su hermana y salir. Manejar de Arizona a Montana, bajar de Wyoming a Nuevo México, viajar, viajar, viajar…

“Mi padre trabajó de leñador en el Yukón”, corrige. “Hay harto biográfico de él, de mi padre, en la novela. Los paisajes, la gente, la camaradería, el estar en un entorno salvaje. El libro tiene que ver mucho con temas que me han obsesionado desde chico, el encontrar un lugar en el mundo. El ensayo de Wittgenstein versa sobre el mismo tema, de hecho creo que pueden leerse como un solo libro… El de Wittgenstein explica muchas cosas que están implícitas en Leñador”.

En 2008, con la aparición de El púgil (Forja), una introvertida novela de ciencia ficción retrofuturista, Mike fue apuntado como uno de los nombres claves de un nuevo movimiento literario chileno, el que fue bautizado como freak power. Aparte de Wilson, lo integraban Álvaro Bisama, Jorge Baradit y quien escribe esta entrevista.

-Volviendo al diálogo entre tus libros, uno puede observar que todos tus libros se comunican entre sí. El púgil, Zombie (Alfaguara, 2009), Rockabilly (Alfaguara, 2011) y Leñador son piezas de un mismo puzle. Un personaje, o unos personajes, que se hacen idénticas preguntas.
-Sí, exacto. Son libros espejo. Las mismas preguntas, pero distintas respuestas. En El púgil las respuestas son escépticas, en Zombie cínicas, en Rockabilly a través de la parodia y en Leñador mediante el existencialismo... Eso creo, porque en verdad no pienso demasiado en los libros, no los vuelvo a leer, para qué.

-Ni siquiera revisar Leñador para la segunda edición que está pronta a salir.    
-No, y sé que tiene ene motes y está bien que los tenga. Los motes hacen que un libro esté vivo. Además, no existen los libros sin motes… Puede parecer egoísta, pero para mí el gran valor de un libro no es cuando éste encuentra a sus lectores, sino en el momento en que tú lo estás escribiendo, que estás en comunión con él.

-¿Por eso dijiste que ibas a dejar de publicar?
-Qué bueno que lo dices así. En una entrevista pusieron que iba a dejar de escribir y se desproporcionó todo. Lo pusieron como título, como si a la gente le interesara.

-A tus lectores les interesa, desde luego.
-No sé... Es que en verdad no creo que los libros necesiten lectores. Insisto, para mí los libros existen cuando los escribo y me estresa demasiado lo que viene después: prensa, crítica, expectativas. Desde lo personal, no quiero volver a pasar por eso.

-¿Nunca más?
-Por ahora y en el corto plazo, no. Al menos ficción, porque mi idea es seguir editando trabajos de no ficción y de investigación. Tiene que ver con lo académico, que es mi trabajo, algo que se me exige y que me exijo. En todo caso, no voy a publicar por publicar, tiene que ser algo que me inquiete, me importe.

-¿Cuánto te tardaste en escribir Leñador?
-Dos años.

-Y hoy, cuando el libro ya tiene más de un año y ha ganado los dos premios más importantes que se entregan en Chile, ¿qué te pasa?
-Me sorprende mucho. Leñador es un texto que tiene mucho sentido para mí, pero que jamás pensé podría tenerlo para los lectores. Por eso lo publiqué en una editorial pequeña, boutique, que edita libros de filosofía y con un tiraje pequeño. No buscaba que pasara lo que pasó. Ahora se reedita sólo por lo de los premios, si no no volvería a salir a librerías. Ni siquiera lo promocioné.

-Se promocionó solo.
-Sí, eso fue bien bonito. Pero insisto, es raro que tenga lectores. Y que algunos de esos lectores me envíen mails contándome de su experiencia al leerlo. Entiendo que ello pasara con Zombie o con El púgil incluso, pero con Leñador...

-¿Y qué te dicen los lectores?
-Cosas personales que no voy a revelar en una entrevista. Ni siquiera en una entrevista con un amigo (risas).

-Leñador, el ensayo de Wittgenstein, Zombie y Rockabilly están en librerías, no así El púgil, que es una novela que debiera ser reeditada.
-Recuperé los derechos y no he descartado revisarla y hacer algo con ella. No tengo el ánimo para hacerlo ahora, pero quién sabe, en un par de años.

-¿Y no piensas reeditar Nachtropolis (Ambrosía, 2003)?
-Ésa es una novela que escribí siendo muy joven. Y prefiero que se quedé ahí, en el recuerdo de los pocos que la leyeron. Se publicó en una editorial argentina muy chica que quebró para el corralito. Tenía que ser así.

-En ese libro describes un Buenos Aires plagado de zeppelines durante la época de Perón, con una internet a base de teletipos y la capital rioplatense transformada en una especie de Metrópolis de Lang. Te adelantaste años a la moda del steampunk. Estoy seguro de que tendrías hartos lectores hoy.
-Sí, pero no va a pasar. Espera que me muera y la editas tú. Esa novela se publicó porque quería ver zeppelines sobre Buenos Aires. No tiene mucho que ver conmigo ahora. •••

 

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  • Nicole L. Inostroza

    Al final de la respuesta a la primera pregunta, debería decir “Leñador es nihilista” (?)

  • Oscar Mancilla

    Wittgenstein tiene más de austriaco y britpop, que de alemán.