Cultura

Edmundo Paz Soldán: “La ciencia ficción es un modo de percibir el presente”

La última novela del escritor boliviano radicado en Estados Unidos es un relato post-apocalíptico que se ubica en el futuro. El libro permite reflexionar sobre el panorama del género fantástico en el continente.

Por Francisco Ortega

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"Después de que Nietzsche descubrió la máquina de escribir, escribió un aforismo revelador: Nuestros instrumentos de trabajo están en nuestras ideas”, responde Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) desde Lima, donde se encuentra participando de la Bienal Vargas Llosa de novela, cuando la primera pregunta apunta a cómo fue que llegó a Iris (Alfaguara, 2013), su última publicación, con la cual ha “descuadrado” a la academia tradicional al plantarse como un autor serio que decide entrar a un género tradicionalmente mirado en menos como es la ciencia ficción y el fantástico en general .

“Programamos las máquinas, y al usarlas, ellas nos programan”, continúa el autor. “Me interesaba en Iris ahondar en la forma en cómo la tecnología impacta en nuestra psiquis y nos va convirtiendo a todos en cyborgs. Ya hay muchísimas cosas que no podemos hacer sin ellas”.

-¿Es cierto que llegaste a Iris por accidente?

-Muy cierto. Me fascinó un reportaje de Rolling Stone sobre soldados psicópatas en Afganistán. Pensé que había una novela ahí, pero, a la vez, no quería trabajarla en clave realista. Quería algo más delirante, en el que pudiera imaginar libremente. Sentía que el código del aquí y ahora no era suficiente esta vez para narrar lo que quería narrar. Así que me puse a buscar nombres para una región, se me ocurrió Iris, y luego comenzó lo más difícil: tratar de imaginarme la gente que vivía ahí, cuáles eran sus dioses, sus mitos de origen, su lenguaje.

La historia de la novela de Paz Soldán nos sitúa en un futuro que puede ser inmediato, en los alrededores de una zona tóxica llamada Iris. La geografía alrededor es denominada El Perímetro y en ella viven los tres personajes principales de la trama: Xavier, un soldado herido en combate; Reynolds, un oficial obsesionado con crear una guerra personal para él y su unidad y Yaz, una enfermera que busca una planta sagrada con el poder de provocar mutaciones psíquicas y evolutivas en quienes la consumen. El conflicto alcanzará ribetes económicos, políticos, ecológicos y mineros, pero sobre todo religiosos ante la aparición de una ambigua deidad que se comporta como un dios y como un demonio.

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Iris es una novela de guerra sobre una aventura imperial, entendiendo lo imperial como una época similar a los virreinatos españoles sobre nuestro continente”, prosigue Paz Soldán. “Se la puede leer en plan escapista, de entretenimiento, pero espero que el lector también encuentre ecos de la historia de nuestras naciones en el período colonial. Es un relato sobre la explotación de una región, sobre las formas que puede tomar esa explotación hoy, en el encuentro entre el Estado y las grandes corporaciones. Es una novela minera, que toma como punto de partida muchos mitos de las minas en Bolivia, los de las crónicas del siglo XVII y los producidos por la literatura del siglo pasado o los relatos de antropólogos contemporáneos. Me pareció que podía ser un desafío interesante escribir un relato minero en un tiempo en que mi país ya no se define como país minero. En ese sentido la literatura trabaja a destiempo con los géneros, puede ser a la vez de avanzada y anacrónica”.

-En Iris el futuro se vislumbra a modo de un “Nuevo Desorden Mundial”. ¿Cómo apareció esa idea e imagen?

-William Gibson (Neuromante) tiene una frase que me encanta: “El futuro ya ha llegado, sólo que no está distribuido de manera pareja”. El avance de la globalización ha producido el resurgir de tribalismos, nacionalismos, fundamentalismos de todo tipo. Yo quería narrar ese paisaje desordenado, en el que el futuro no se muestra como un avance continuado, como un progreso, sino que puede producir el resurgir de atavismos que creíamos haber dejado atrás. Quería un paisaje en el que coexistiera el progreso con lo primitivo, como una exacerbación de nuestro presente.

-¿Por eso el futuro de Iris es un futuro tan actual?

-Sí, porque tenemos ansiedades relacionadas con nuestra relación con las máquinas, con las drogas, con el resurgir de dogmas en un mundo cada vez más globalizado. Más que nada, la ciencia ficción es un modo de percibir el presente, de asumir las ansiedades, los miedos, los deseos del hoy. Nos ha dado un lenguaje para narrar lo inmediato; de allá derivan conceptos como simulacro, post-humano, cyborg, etc. Para componer este futuro me ayudaron mucho obras del género como La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi, para captar la atmósfera, describir el paisaje, y las novelas de Dan Simmons con el Alcaudón como personaje central, influencia para el monstruo de mi novela. También películas como Stalker, de Tarkovsky, que hablaba de la metáfora de la zona tóxica (todo Iris es una zona tóxica) y The Hurt Locker, de Kathryn Bigelow, que narra la historia de un soldado experto en desarmar bombas que sólo encuentra el sentido de la vida en el riesgo, en el peligro (mi novela es más bien de lo opuesto, del miedo de algunos soldados).

-¿Te quedas en Iris o seguirás viajando a los límites de la ciencia ficción en tus futuros libros?

-Estoy escribiendo un volumen de cuentos que se llama Las visiones y está ambientado en Iris. Y, algo tímidamente, he comenzado a redactar otra novela que transcurre también en ese lugar y que contará la adolescencia temprana de Reynolds, uno de los personajes centrales de la historia.

-¿Cuál es el rol del mito en la ciencia ficción y lo fantástico latinoamericano?

-Pienso en la forma en que Donoso “retrabajó” lo del Imbunche en El obsceno pájaro de la noche, en Roa Bastos apropiándose de la leyenda guaraní del Kurupí y en tantos otros autores latinoamericanos que se han alimentado de creencias locales; mezclándolas, como ha ocurrido especialmente en Chile (con Álvaro Bisama, Mike Wilson y Jorge Baradit) con el weird y el pulp. Esta mixtura del folclore e incluso la política han originado un híbrido pop muy potente. Pienso también en lo desarrollado en México por Alberto Chimal en la espléndida novela La torre y el jardín.

-¿Dónde crees que hoy se está desarrollando la mejor ciencia ficción latinoamericana?

-En México y Chile.

-Si hubiese que hacer un canon de la ciencia ficción latinomericana, ¿cuáles serían las obras fundamentales?

-Me animo a mencionar cinco piezas claves de la tradición argentina, que es la que más conozco: Plop, de Rafael Pinedo; Horacio Kalibang y los autómatas, de Federico Holmberg; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; Tlön, Uqbar, Otbis Tertius, de Jorge Luis Borges y El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld. A ellos cabría agregar Ygdrasil de Jorge Baradit y El Pujil de Mike Wilson, ambos chilenos, y La torre y el jardín del mexicano Alberto Chimal. •••

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Andrew Brown y el canon fantástico latinoamericano

Casi diez años antes que Iris, fue el chileno Jorge Baradit (Valparaíso, 1969) quien sacudió bastante la continuidad de la literatura latinoamericana con la publicación de Ygdrasil, una ultraviolenta mezcla entre cyberpunk y chamanismo que impactó a lectores y académicos al refundar la ciencia ficción en nuestro idioma y nuestro continente, un género que en apariencia parecía bastante lejano a la tradición narrativa latinoamericana. Se habló de un realismo mágico 2.0 y también del nacimiento del cyberchamanismo. Lo de Baradit fue uno de los antecedentes usados por Andrew Brown, académico de la Washington University de St. Louis, Missouri, quien en colaboración con la profesora de literatura Elizabeth Ginway publicó, a fines de 2012, el ensayo Latin American Science Fiction: Theory and Practice, hasta ahora el más acabado estudio acerca del desarrollo de este tipo de literatura en el subcontinente que se extiende bajo la frontera sur de los Estados Unidos.

“Hay un problema con la historia literaria oficial”, contesta Brown a través de una cadena de correo electrónico. “En un nivel superficial, la academia literaria oficial en muchos países latinoamericanos ignora la ciencia ficción, incluso dentro de su propia tradición. Pero a otro nivel, hay historias literarias que enfatizan o por lo menos reconocen el género. Citaría lo que ocurre en Argentina, donde algunos de sus escritores más canónicos se han dedicado a lo fantástico como Lugones, Quiroga y Borges”.

“Creo que si hay un elemento que ha complicado mucho el estudio de la ciencia ficción y lo fantástico latinoamericana es el realismo mágico, ya que proveyó un espacio en que elementos del fantasy podían leerse como parte de una tradición ‘latinoamericana’ a la vez que eliminó un espacio para otros textos de un género fantástico más clásico”.

-¿Entonces caben Borges y García Márquez en la categoría fantástica; o El obsceno pájaro de Donoso en el horror?

-Sí, pero debemos apuntar que tal reconocimiento produce dos clases de texto fantástico. Hay los escritores de género que suelen trabajar en el casi anonimato y los grandes que, de vez en cuando, descienden a trabajar en éste. Eso dicho, es ya una tradición de evocar a los grandes como justificación del género en que trabajan los de la clase menos conocida. Hubo una exposición en el British Library hace poco que resaltó el papel central de Tlön, Uqbar, Otbis Tertius, de Borges en la historia mundial de la ciencia ficción. Y ahí entramos en otro problema, si acaso existe un fantástico con identidad latinoamericana. Personalmente no creo que lo haya.

Cada país, cada época desarrolla su propia identidad. Uno podría notar (y varios han notado) que la ciencia ficción dura nunca agarró en los países latinoamericanos, pero además de eso, vemos mucha, mucha mixtura.Por ahí, uno podría pensar en la misma hibridez como elemento latinoamericano, y dada la importancia de la hibridez en la historia de identidades del subcontinente, eso sería probablemente lo más convincente.

-¿Lo que se ve y se lee en El Eternauta?

-Que es otro de los hitos fundacionales de la ciencia ficción latinoamericana, muy producto de una época, además. El mundo dividido en los dos polos de la Guerra Fría y Latinoamérica en medio de un choque de ideologías. No es casual que El Eternauta sea un relato urbano, muy de Buenos Aires. Al leerse con atención no es difícil percatarse que la verdadera invasión no es la extraterrestre, sino el mundo que cambia. Juan Salvo, el héroe creado por el guionista Héctor German Oesterheld en 1957, es básicamente un espejo del Che Guevara.

Brown coincide con Paz Soldán en que México y Chile están produciendo la mejor ciencia ficción en español. Y agrega algunos títulos al canon propuesto por el boliviano: “Las fuerzas extrañas, de Leopoldo Lugones; Trafalgar, de Angélica Gorodischer; La ciudad ausente, de Ricardo Piglia; El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán; e Iris, de Edmundo Paz Soldán, aunque venga de cerca”.

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