Cultura

Personas como yo

Desde El Mundo según Garp que John Irving no publicaba una novela tan jugada y tan personal.

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Personas como yo

En la obra que le dio fama mundial, Jenny Fields, madre de Garp, era una mujer feminista y voluntariosa que sacó adelante a su hijo pese a los prejuicios de la sociedad norteamericana de los setenta. Esa novela es, a mi juicio, fundamental para entender muchos de los cambios que ha experimentado nuestra sociedad en los últimos cincuenta años y, en lo personal, me hizo descubrir a un notable escritor, que narra con una fluidez y frescura poco vistas, tiene una imaginación desbordante y construye personajes queribles, muchas veces extravagantes, que se introducen en nuestras vidas a medida que nos vamos adentrando en el mundo de su novela.
Después he seguido la obra de Irving y en los más de diez libros que he leído de él (recomiendo especialmente Hotel New Hampshire, una gran novela de iniciación) aparecen una y otra vez sus obsesiones, que curiosamente y con gran talento, él transforma en un recurso literario que le da gran valor a su escritura.

Entre esas obsesiones están: el padre que abandona a la madre; el padre guapo; la madre promiscua; la familia disfuncional; el teatro y la interpretación de roles femeninos por parte de actores varones (como en Shakespeare, según esta última novela se encarga de recordarnos); el protagonista escritor; la lucha libre; y los transgéneros o travestis. Todos estos elementos están presentes en varias de las narraciones de Irving, al punto que algunos críticos han dicho que su obra es una gran autobiografía, o que sus diferentes novelas, especialmente las últimas, son autobiografías alternativas del ya setentón escritor de Maine.

En Personas como yo, el protagonista es Bill, un chico que estudia en la escuela de un pequeño pueblo de First Sister, en Vermont, y que a lo largo de la historia, que recorre desde sus diez años hasta los setenta, nos va revelando su naturaleza bisexual. Y en ese descubrimiento, que se hace a veces con delicadeza, con misterio y con dolor; pero en otras ocasiones también con morbo y sin omitir detalles escabrosos y explícitos, los lectores vamos acompañando al protagonista en su ardua tarea de enfrentar al mundo.

Hay personajes notables en la novela, como el abuelo Harry que gusta de representar roles femeninos en las obras de teatro; o como la señorita Frost, la atractiva bibliotecaria del pueblo que ocupa las fantasías adolescentes de Bill. También personajes irreverentes hasta el extremo, como su íntima amiga Elaine; otros algo patéticos, como Atkins; y otros míticos, como el atractivo Kittredge, capitán del equipo de lucha libre. También es digno de destacar su padrastro Richard Abbott, una suerte de tutor y padre sustituto.

El resultado de la suma de todos estos elementos es conmovedor, y hacia el final de la novela un Bill ya viejo se ve enfrentando la terrible realidad del SIDA, que viven muchos de sus amigos (él no contrae la enfermedad). Recordemos que en sus inicios, por los años ochenta, este mal significaba una condena a muerte segura.

Es inevitable al leer este título y conocer el resto de la obra de Irving preguntarse acerca de la identidad sexual del autor. La prensa ya lo ha hecho y la respuesta es digna de él. Nos ha dicho: “Yo no soy Bill, él surge de imaginarme cómo habría sido yo de haber obedecido a todos mis impulsos de joven adolescente”.

Ha dicho también Irving que la gran presencia del sexo dentro de su obra se explica en parte porque para su generación era mucho más fácil conseguir el sexo en la literatura que en la realidad, una respuesta que, me sospecho, le encantaría a Mario Vargas Llosa.
Personas como yo es una muy buena novela, de impactante humanidad, sin dejar de lado el hilarante sentido del humor de John Irving, ese viejo baluarte de la narrativa norteamericana. •••

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