Cultura

La banda del fin del mundo

El nuevo disco de Arcade Fire es una apuesta mayor dentro de su discografía. Su célebre estilo hiper emocional cede espacio a un enfoque más rítmico y bailable.

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Arcade Fire

Pocas bandas indies pueden exhibir una historia tan explosiva y exitosa como la de Arcade Fire. Desde su debut en 2004 con Funeral, el grupo liderado por Win Butler y Régine Chassagne fue aclamado por la crítica y atrajo de inmediato la atención de David Bowie, quien se convirtió en el padrino del colectivo musical canadiense. Con su segunda placa Neon Light (2007), confirman la calidad enunciada en su anterior trabajo y en 2011, contra todo vaticinio, obtienen el Grammy como mejor álbum del año con Suburb, un disco que resume de manera magnífica el discurso creativo de esos primeros años.

Luego de un ascenso tan vertiginoso, muchos se preguntaron qué nueva dirección artística podría tomar Arcade Fire. Para una banda común y corriente, lo más lógico habría sido explotar la misma veta que los llevó a la cima. Sin embargo, Butler y cía. optaron por sondear nuevos territorios, dispuestos a elaborar un disco más ambicioso y con mayores espacios para la experimentación.

Se podría decir que Reflektor es para Arcade Fire lo que Achtung Baby representó para U2 en 1991. Un disco expansionista, en el que voluntariamente dejan atrás la férrea disciplina estilística, para sumergirse en un universo sonoro más variado y disperso, pero no por ello menos atractivo.

Si antes las influencias de Neil Young y Bruce Springsteen eran evidentes, ahora la gama de referencias tonales se torna más compleja. Esta vez, la voz de Butler abandona el oeste norteamericano para emparentarse de la musicalidad mundana de Robert Smith, David Byrne y Joe Strummer. Los ritmos dejan de ser rurales para dar un giro hacia un Caribe enfermo y electrónico, con alegres toques de música disco. Si bien las guitarras siguen siendo el pulso dominante de su sonido, dejan a un lado la melancolía y la oscuridad de los acordes abiertos para revivir el ceñido punk de The Clash en Sandinista! (1980) o la aguda verticalidad de Talking Heads en Fear of Music (1979).

El carácter épico de sus composiciones se mantiene, quizás con menor teatralidad y drama, pero con la misma capacidad para generar temas que iluminan y exorcizan casi religiosamente al oyente. Las percusiones tribales, la hipnótica repetición de las líneas de bajo y el ataque siempre gracioso y lírico de los violines, conforman una atmósfera de alta densidad que en un principio agobia, pero que con el correr de los minutos se hace más familiar y amigable.

Uno de los aspectos más destacados es la positiva evolución de los arreglos vocales del grupo. Y en esa ecuación, Régine tiene un rol principal. En cada giro de su voz, ella es capaz de proveer armonías llenas de misterio y sensualidad. Ya no es el grupo entero cantando al unísono como en sus discos anteriores; ahora, el contrapunto melódico y el juego de voces entre Butler y Chassagne adquieren un nivel más sofisticado.

Reflektor tiene ambición, pero no resulta tan acabado como sus trabajos anteriores. Tal vez su mayor debilidad radica en ciertos momentos, cuando pierden el foco musical y se diluyen en una mera experimentación estética. Dos o tres temas del álbum podrían haber sido editados o simplemente omitidos, consiguiendo un producto más coherente.

Arcade Fire cautiva y trasciende, con un sonido y un estilo que todavía ofrecen espacio para futuras evoluciones. En ese sentido, su más reciente grabación representa quizá un primer paso hacia nuevas posibilidades creativas, desmarcándose de su propia sombra. Próximamente, tendremos la oportunidad de presenciar en vivo estos cambios: Arcade Fire será uno de los números principales del Festival Lollapalooza que se llevará a cabo en marzo de 2014. •••

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