Cultura

El chileno ilustrado

En nuestro país el arte de la ilustración tiene una larga tradición. Desde los periódicos del siglo XIX a los Silabarios hispanoamericanos que enseñaron a leer a generaciones enteras. Sin embargo quedaba un pendiente: seleccionar y reunir lo más destacado de la ilustración contemporánea local, tarea que Claudio Aguilera, socio de Galería PLOP!, asumió con excelentes resultados.

Claudio Aguilera

El libro se llama Ilustración a la Chilena, tiene casi trescientas páginas, está cuidadosamente editado y su compaginación roza lo perfecto. La idea tras el volumen es simple: un catálogo que reúne a los 60 más destacados profesionales de la ilustración local de la última década y al mismo tiempo un objeto de arte que funciona como libro de mesa de café, texto de consulta y también de apreciación estética. A la vez, Ilustración a la Chilena es una declaración de principios.

Claudio Aguilera, su curador, sostiene que actualmente la ilustración chilena pasa por uno de sus mejores momentos, lo que se evidencia en la cantidad cada vez mayor de artistas, la mayoría jóvenes, que exponen su trabajo en piezas de publicidad, portadas de revistas, páginas de libros infantiles, prendas de ropa, carátulas de discos y la más universal y masiva de las vitrinas: internet. No es menor que las llamadas redes sociales fueran el gran vehículo para nombres como Alberto Montt, cuya firma ha saltado fronteras en tan sólo un par de años. La pregunta de cajón es si podemos hablar de una generación propiamente tal.

“Se juntaron en un mismo momento diversos actores relevantes, que han permitido conformar un movimiento que incluye a artistas de gran talento, editoriales que han visto en la ilustración un potencial de desarrollo para sus catálogos, espacios especializados de difusión, un público que proviene de lo visual y una revalorización del libro como objeto”, argumenta Aguilera. “A todo lo previo debe añadirse el creciente interés por parte de los medios de comunicación, las instituciones culturales y educativas, y las empresas por el fenómeno de la ilustración. Pero también hay que considerar que existe en Chile una tradición en materia de ilustración que se puede rastrear desde principios del siglo XX y que ha tenido varios grandes momentos. La gran diferencia es que hoy tenemos la oportunidad de que este no sea otro boom, sino que se transforme en una constante de nuestra cultura”.

-¿Una generación, sí o no?

-Puede ser prematuro decirlo, pero mi respuesta es sí.

-¿Y cómo fue que te convertiste en su “curador”?

-Desde chico fui buen lector, gracias a mi madre, y me gustaba mucho el cómic y el cine. Con el tiempo estas aficiones me llevaron a estudiar periodismo y escribir sobre literatura y arte en diversos medios. Además, el hecho de tener una hermana diseñadora me acercó mucho a este mundo. Me fui a Francia a cursar historia del arte, donde descubrí que lo selecto, la Capilla Sixtina por ejemplo, estaba emparentado con la ilustración ya que era el encargo de un cliente y debían transmitir una historia específica, pero que gracias a una voluntad creadora podían trascender. También me encontré con que existían espacios especializados en estas artes, y que había un desarrollo y una reflexión sobre el libro ilustrado que me permitía canalizar también mi interés por la curatoría de exposiciones. Otro aspecto relevante fue mi trabajo en la Biblioteca Nacional, donde fui jefe de extensión cultural y pude entrar en contacto directo con la obra y publicaciones de grandes dibujantes chilenos y entender que existe una tradición visual importante en Chile. En cuanto a motivaciones más de piel, admiro enormemente a esa gente que es capaz de tomar un lápiz y darle forma a una idea. Yo nunca tuve ese talento, pero sí me di cuenta de que era capaz de hacer que mis ideas se plasmaran en proyectos, exposiciones o libros. Por eso me pareció lógico dedicarme a crear un espacio en el que se diera valor al trabajo de aquellos artistas que admiro. En ese sentido, me parece que es tanto el talento que existe en Chile, que estoy convencido de que es posible que tengan un espacio fuera del país, y ese es el objetivo de este libro.

La historia en imágenes

Al revisar el libro uno constata la buena salud de la ilustración nacional contemporánea de la que habla Aguilera, pero por otro lado y no menos relevante es que no debe descuidarse el hecho de que esta “nueva ola” de artistas recoge una herencia exquisita de narradores gráficos que hicieron de Chile una verdadera potencia a nivel latinomaericano de la también llamada ilustración editorial.

Al amparo de la poderosa editorial Zig-Zag, entre 1920 y 1960 nuestro país fue, junto con Argentina, el gran polo gráfico de América del Sur. Por un lado estaba la industria de la historieta, con una rica producción local, con revistas como Rocket y Combate, además del manejo de licencias de habla inglesa para toda el mercado de habla hispana; caso de las colecciones de personajes de Disney y de James Bond. De hecho las revistas chilenas de cómics del agente 007 son hoy muy cotizadas entre los coleccionistas del legendario personaje creado por Ian Fleming en la década de los 50.

Y junto al cómic estaba la ilustración, un pilar fundamental de la educación chilena a través de libros de lectura y complementarios, destacando en obras tan fundamentales como el Silabario Hispanoamericano que enseñó a leer a generaciones de latinoamericanos gracias a las hermosas ilustraciones de Mario Silva Ossa, Coré, quizás el más emblemático de los cultores nacionales de esta disciplina. Y aquí ha de subrayarse esta última definición, ya que es en esta época, y gracias al trabajo de Coré y sus colegas, y a lo mostrado en publicaciones como El Peneca, cuando los ilustradores pasan de ser decoradores de páginas y se transforman en artistas mayúsculos.

“Se pueden distinguir algunos momentos significativos, partiendo desde mediados del siglo XIX con una ilustración muy vinculada a la idea de difusión del conocimiento a nivel masivo, y posteriormente con la construcción de una imagen de la naciente república”, describe Aguilera. “Ya a partir de los años 30 se desarrolla una ilustración más ligada al público infantil y entre los años 40 y 60 se vive una verdadera edad de oro, con decenas de revistas, cientos de libros que daban espacio a una enorme multitud de ilustradores. Todo eso comienza a decaer a inicios de 1970, con la excepción de los trabajos desarrollados en Quimantú, y se apaga definitivamente en dictadura. Recién a fines de los 90 se volverá a hablar de ilustración en Chile gracias al trabajo del colectivo Siete Rayas, integrado por los entonces muy jóvenes Carmen Cardemil, Francisco Olea, Bernardita Ojeda, Alberto Montt, Alex Pelayo, Raquel Echeñique, Paloma Valdivia y Loreto Corvalán, todos citados en el libro”.

-¿Cuáles serían los tres nombres históricos claves de la ilustración chilena?

-Pepo, creador de Condorito, gran maestro de varias generaciones, gestor y un enorme talento. Luis Fernando Rojas, tal vez el primer ilustrador chileno y Coré, el primer rock star de la disciplina. Y si puedo agregar a un cuarto: Claudio Gay, un personaje que a través de esta expresión gráfica ayudó a crear una imagen de Chile tanto para los chilenos como para el resto del mundo.

-¿Y tres nombres esenciales de nuestra ilustración contemporánea?

-No puedo limitarme a tres así que me la juego por cinco. Alberto Montt y Francisco Javier Olea por el espacio en los medios y entre el público que han abierto. Paloma Valdivia y Claudio Romo, cada uno en su estilo y por su capacidad de llevar la ilustración chilena fuera de nuestras fronteras. Gabriel Garvo, como representante de una novísima generación que ha desarrollado un enorme trabajo de autogestión y búsqueda de soportes novedosos.

-¿Cuál fue el criterio de la curatoría que usaste para el libro? Te lo pregunto porque evidentemente quedaron algunos autores fuera.

-La idea fue dar una visión amplia y diversa de lo que está sucediendo tanto a nivel de estilos, como de temáticas, soportes y edades. También fue importante que hubiera cierta constancia en el trabajo y una propuesta autoral. Por cierto quedó mucha gente fuera, no sólo porque es imposible realizar un libro que abarque a todos, también porque, aun cuando investigues exhaustivamente, siempre habrá alguno que desconozcas y porque, simplemente, se trata de una escena tan dinámica que día a día surgen nuevos exponentes”.

-¿Cómo se gestó el libro?

-Desde que nació PLOP! Galería (ver recuadro) nos propusimos que fuera un espacio de difusión y reflexión. Por eso hacemos conferencias, festivales y encuentros. En esa línea de trabajo, nos pareció necesario tomar una foto a lo que estaba pasando en la ilustración actual, dejar un documento, un registro, que también fuera una carta de presentación al mundo de la ilustración chilena, para lo cual no sólo se reunieron más de 400 imágenes, también se desarrollaron reseñas críticas de cada autor y le pedimos a dos reconocidos ilustradores internacionales que hicieran un prólogo, todo en español e inglés. Con una primera selección nos acercamos a Ocho Libros, quienes tienen una larga experiencia en libros de arte, y juntos postulamos a un Fondo del Libro, lo que nos permitió hacer una publicación de muy cuidada factura y gran riqueza visual.

-¿Tienes algún otro proyecto en esta misma línea?

-Estoy trabajando en un próximo volumen que será una antología de libro ilustrado en Chile, que publicará Quilombo Ediciones, donde se explorará una visión amplia de la ilustración, sus usos y vínculos con el libro. También tenemos la intención de hacer un texto que reúna el trabajo de historietistas contemporáneos chilenos. Además, junto a varios investigadores, comenzaremos a preparar una historia de la ilustración en Chile, que permita comprender que lo que sucede hoy es parte de un proceso amplio y muy arraigado en la cultura local. En agosto, como parte de Festilus, el festival de ilustración internacional, realizaremos una gran muestra en el Centro Cultural Palacio La Moneda con obras de los 60 ilustradores presentes en el libro. Será la mayor muestra que se haya realizado en nuestro país. Además, estaremos presentando Ilustración a la Chilena en diversas instancias internacionales (ya estuvimos en Bolonia, y en mayo viajaremos a Colombia, probablemente iremos a España y México), donde hay mucho interés por lo que sucede con la escena chilena y existe la posibilidad de abrir nuevos espacios para los creadores locales, que es sin duda uno de los grandes objetivos de este libro.

-¿Cómo ves la relación de la ilustración con el cómic?

-Me parece que vivimos un interesante momento en el que las fronteras entre los géneros se están desvaneciendo. Cada día es más complejo decir qué es ilustración, qué es arte o qué es cómic. Podemos establecer diferencias a partir de definiciones casi doctrinarias, pero cuando un ve el trabajo de Claudio Romo, Cristina Arancibia o de Sol Díaz, que se mueven en diversos registros, los límites pierden un poco sentido.

-Confesaste que te gusta el cómic.

-Me encanta.

-¿Cuál es tu personaje favorito?

-Corto Maltés, tanto así, que después de ir a Bolonia, hace unas semanas, fuimos con mi socia Isabel Molina a Venecia y recorrimos muchos de los lugares favoritos de Hugo Pratt y algunos sitios significativos en las historias de este marinero que no conoce fronteras ni límites. •••

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Viñetas de colección

PLOP! Galería (Merced 349, local 7) nació en agosto del 2010 por iniciativa de dos diseñadores e ilustradores, Pati Aguilera y Fito Holloway, y dos periodistas y gestores culturales, Isabel Molina y el propio Claudio Aguilera. “La moral fue combinar nuestro gusto personal por el diseño, la ilustración y la historieta, con un lugar de difusión, encuentro y reflexión abierto a todo público”, explica este último. “Desde entonces hemos realizado más de treinta muestras de artistas chilenos y extranjeros, dentro y fuera de la galería, además de organizar Festilus, un festival internacional de ilustración, hacer talleres y realizar proyectos editoriales”.

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