Cultura

Gastronomía: rivales íntimos

Casi nada en común tienen Cumarú y la Esquina de Dioses. Salvo las altas expectativas que se tienen de ambos restaurantes liderados por dos jóvenes y prestigiados cocineros. Que además son amigos. Por Paola Doberti

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Alexander Dioses y Mathieu Michel se abrazan en el interior de la Esquina de Dioses, una tarde de sábado de junio. Son amigos estos dos chefs extranjeros, peruano y belga respectivamente. Ese abrazo tiene una carga que llama la atención. Contiene la emoción del momento personal y profesional que ambos están viviendo: el primero con la apertura de su emprendimiento personal, la Esquina de Dioses; el segundo con el estreno de Cumarú, el estilizado y esperado restaurante de Nueva Costanera, del cual es socio y rostro.

Alex y Mathieu fueron vecinos un buen rato en Vitacura, mientras el peruano estuvo a cargo de las cocinas del incombustible La Mar, y el belga trabajaba en la apertura del Cumarú, largo proceso que se extendió más de la cuenta por ese tema de los permisos municipales.

Ambos son “estrellas” del firmamento gastronómico local. Dioses lo hizo como representante del imperio Acurio en Santiago en la primera cebichería vip de Santiago, y Michel como chef del Opera, en mi opinión el más chic (no el mejor) de los restaurantes de Santiago, por su emplazamiento a los pies del Santa Lucía, su carta europea recatada y su diseño interior.
Conocí Cumarú y la Equina de Dioses con una semana de diferencia.

Cumarú ocupa la estructura del desaparecido Mercat (otro con expectativas que duró poco), transformado por la talentosa mano del arquitecto Gonzalo Mardones. El lugar es estilizado e informal. Su diseño interior es magnífico. Domina la madera de Cumarú (árbol amazónico), la cava a la vista, los distintos niveles y ambientes, la buena iluminación y en estos días se está estrenando la terraza del segundo piso con dj y demases.

La Esquina de Dioses, por su parte, no está en una esquina propiamente tal pero qué importa si el nombre suena estupendo. Sobre la calle Constitución, le dieron una mano de gato al boliche antecesor, resultando un espacio de aire sencillo y con personalidad, con sillas tapizadas en plateado y barra iluminada. El lugar funciona, porque el concepto del emprendimiento de Dioses no pretende más de lo que es: una picada de cocina popular peruana (o huarique), de carta escueta, preparaciones tradicionales e ingredientes del día. En la carta mandan platos como el ceviche de pejesapo, el anticucho de corazón, el seco de carne, el arroz con mariscos, el tacutacu o el lomo salteado… Quien piense encontrar en la mesa de Dioses el glamour del tiradito afrodisíaco de La Mar, pues que lo olvide (Oscar Gómez sí lo hizo cuando dejó la cocina del Astrid&Gastón para abrir su sobre exigido Astoria).

Con la mesa del Cumarú –en relación a la del Opera– puede pasar algo parecido. La carta de Cumarú propone una cocina que combina libremente la “escuela” del cocinero europeo con productos locales. En esta mandan los huevos pochados, una trilogía de chupes, filete con salsa bernesa, cordero con tarta de berenjena; un congrio con pistacho y brócoli... También sandwiches, algunas preparaciones tradicionales belgas, etc. La atención está encargada a una armada de entusiastas garzones dispuestos literalmente con sus mangas de camisa arremangadas.

El Cumarú es un lugar para quienes disfrutan de los espacios espléndidos, un sitio para ir y ser visto, para juntarse con amigos y probar preparaciones diferentes de un buen chef, y que cuenta con una muy buena carta de vinos. La Esquina de Dioses, por su parte, es un local para que algunos comensales, sin dudarlo, lo conviertan en un destino habitual. Con el reparo, sí, de la algo desganada atención.

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