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Y ahora ¿quién podrá ayudarnos?

Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)

 


Los ministros de Hacienda de la región están preocupados. No sólo tienen que superar la crisis financiera con sus escuálidos presupuestos, sino también recuperar el crecimiento de antaño. Para eso, necesitan recursos frescos, pero estos no parecen disponibles. Por Guillermo Turner.

 


No se trató de un paseo ni de un mero encuentro de camaradería ministerial. La segunda reunión de secretarios de Hacienda de América y el Caribe –un espacio de diálogo surgido hace un año a instancias del titular de México, Agustín Carstens– trató un asunto que tiene a sus participantes bastante más preocupados de lo que cualquiera podría suponer.

 



Porque, como reconoció el propio ministro Andrés Velasco al término del encuentro, la región necesita entre 300 mil y 500 mil millones de dólares para retomar el ritmo de crecimiento de los últimos seis años; o sea, recursos adicionales a los que pueda recibir para paliar las emergencias derivadas de la crisis financiera internacional (como los 19.000 millones ya aportados por el Banco Mundial). “Una cosa es financiar las brechas que se puedan producir, por ejemplo, en la balanza de pagos en algunos países de América latina en el año que viene. Eso es importante, pero igualmente importante es que haya fondos para financiar el desarrollo, la infraestructura y los programas sociales en los años que vienen en el mundo post crisis”, señaló.

La previsible disminución de flujos de capital privado hacia las economías emergentes, sumada a los propios problemas que experimentan las naciones desarrolladas, incrementa la incertidumbre en torno a la disponibilidad de esos recursos, por lo que las autoridades de Hacienda de los países latinoamericanos centran sus esperanzas en lo que puedan aportar las instituciones internacionales, como el mismo Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El problema es que dichos organismos tampoco están en la mejor de las condiciones como para enfrentar el desafío.

Los recientes encuentros de Santiago y Viña del Mar permitieron a los responsables de las arcas fiscales regionales plantear directamente su inquietud a los respectivos titulares de estas entidades, Robert Zoellick y Alberto Moreno, pero no es seguro que la positiva receptividad mostrada por ambos sea suficiente como para respirar tranquilos.

Porque los organismos multilaterales también son víctimas de la crisis. El BID requiere una recapitalización, pero sus socios no consiguieron un acuerdo al respecto en la reunión de marzo pasado efectuada en Medellín, Colombia (y eso que ahí se habló de elevar el capital hasta 175 mil millones de dólares). Los mismos actores se verán nuevamente las caras a comienzos de octubre en Madrid, en un encuentro clave para llegar con una propuesta concreta para la asamblea de marzo de 2010. La última vez que se aprobó una idea similar fue en 1995, por “sólo” 40 mil millones y supuso 18 meses de discusión. Ahora las urgencias requieren más premura.

Pero a ese déficit de recursos hay que sumar las voces que reclaman una reorganización en las estructuras de estas instituciones, criticadas por su incapacidad para prevenir la crisis y promover medidas efectivas para corregir las políticas económicas inadecuadas de sus asociados.

El principal accionista del BID es Estados Unidos, con el 30,01% de los votos, y convencer a los contribuyentes norteamericanos de aportar parte de su mermado presupuesto a los gobiernos de Evo Morales, Correa y hasta la propia Honduras, no será tarea simple.

 

 


El ejemplo chileno

 

En este marco, las repetidas alabanzas al manejo económico chileno resultaron mucho más que palabras de buena crianza. Porque la idea de popularizar el modelo de superávit fiscal (una herramienta que ha demostrado su utilidad en momentos de “vacas flacas”) hace sentido en la cabeza de los líderes de estas instituciones como requisito para los países que quieran postular a nuevos fondos. Y no es coincidencia que el Fondo Monetario Internacional (FMI) haya estado representado en el encuentro por el chileno Nicolás Eyzaguirre, el ideólogo de esta fórmula y firme partidario de su aplicación por parte de terceros.

De paso, la performance chilena servirá como carta de presentación ante las economías más industrializadas, porque será nuestro país el encargado de trasladar los planteamientos de los ministros de Hacienda al G20. No sólo el reclamo de mayores recursos para el BID, sino también el de evitar la implementación de toda medida proteccionista.

Bajo cuerda, esta fue la otra gran materia discutida en Viña del Mar. Políticas como “Buy America” o la capitalización de la banca en quiebra bajo la estricta condición de prestar exclusivamente a personas y empresas del país de origen (una norma incluida en casi todos los programas de ayuda del gobierno de Estados Unidos a sus entidades financieras), tiene a las economías emergentes más que preocupadas.

Nuevamente, la respuesta no es fácil. Como nunca, los países del Tercer Mundo pueden asomarse a la discusión internacional con la frente en alto. No son los culpables de la crisis ni acumulan muchas velas en el entierro. Pero dichos pergaminos no son suficientes como para hacerse escuchar.

 

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