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Mirada Capital: Ser y parecer

Artículo correspondiente al número 281 (29 de julio al 15 de agosto de 2010)


Casi como una de esas series dramáticas que se estiran en el tiempo, el tema de los conflictos de interés, lamentablemente, ha logrado permanecer en la agenda del país. Por Roberto Sapag.

Según el historiador Plutarco, fue Julio César quien, en medio de un incómodo episodio de acoso a su mujer Pompeya, finalmente decidió emprender el divorcio a sabiendas de que ella era inocente. Soberbio, el emperador encaró a quienes criticaban su severa determinación esgrimiendo que “la mujer de César no sólo debe ser honrada, sino que además debe parecerlo”.

Si bien los hechos que traemos a colación no tienen nada que ver con los que pasaremos a comentar, por ahí por el denominador sí hay algo que tienen en común y que hace pertinente sacar a colación la tan manida frase imperial.

En efecto, si bien pocos dudan (salvo quienes tienen paños por cortar en el asunto) de los impecables atributos profesionales y éticos de personas como el subsecretario de Deportes, Gabriel Ruiz-Tagle, su nombre ha estado instalado por semanas y meses en medio de una polémica cargada de alcances éticos.

Empresario de éxito, hombre de fortuna y probadas dotes de gestión, Ruiz-Tagle aceptó ingresar al servicio público no precisamente por los honorarios, sino que con seguridad lo hizo convencido de que su trabajo podría ser un aporte al desarrollo del deporte en el país. Y en eso probablemente no se equivocan ni él ni quienes lo apoyaron. Salvo por un detalle que reiteradamente ha amenazado contaminar su gestión y que al cierre de esta edición lo llevó a tomar una decisión de altos costos económicos y emocionales, como dijo el propio subsecretario. Hablamos de la venta (en principio, a un precio menor que el de compra) del porcentaje de control que Ruiz-Tagle mantiene en uno de los principales clubes de fútbol del país: Colo Colo.

Bien por el subsecretario, pero mal por su portafolio y sus aficiones. Mal también para el clima político, porque si bien desde el principio Ruiz-Tagle había advertido que mantendría sus acciones y que nada le obligaba a vender, finalmente los hechos progresaron de una manera, lamentablemente, muy previsible. Y es que en la cosa pública el sólo hecho de que haya espacio para la sospecha es un flanco abierto, una abertura que los rivales (era que no, si su afán es volver al poder) iban a cruzar y aprovechar en forma despiadada.

Una pena, también, porque este episodio y otros que han abarcado al propio presidente y también a la administración pasada han dejado la agenda con un gustillo amargo y han cargado la atmósfera con el enrarecido aire de la desconfianza. Cuidado con aquello, porque la esgrima de las acusaciones y el juego de las sospechas no le hace bien a la propia clase política. El país ha construido una democracia que desde fuera muchos miran con envidia, por lo que sería lamentable que por omisión y acción se termine ensuciando esa muy bien ganada reputación.


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