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Artículo correspondiente al número 271 (12 al 25 de marzo de 2010)
Tras la tormenta viene la calma. Al menos, en apariencia. No hay alternativa. Paredes, puentes y calles no se construyen al precio de lágrimas y reclamos. La relativa tranquilidad en que ahora nos adentramos permite una mirada algo más objetiva y calculadora de los hechos, sin acaloramientos ni parcialidades. A punta de palabras de ocasión y emociones fuertes no levantamos casas ni alimentamos a nuestros hijos. Por Hugo Tagle, psch
El terremoto nos aterrizó bruscamente en nuestra realidad. A pesar de los esfuerzos de modernidad, el sábado 27 nos reventaron en la cara las casas de adobe, las construcciones brujas a la orilla de la playa, la falta de seguridad en los puertos, las alarmas que no funcionan. El solo dato de que una inmensa mayoría de las casas que se cayeron era de adobe da cuenta de esquemas de construcción que deberíamos haber jubilado hace tiempo. Los aires de seguridad están más en nuestra cabeza que en la realidad. Como a tantos, lo único que me comunicó con el mundo luego de los temblores y por una buena cantidad de horas fue una vieja radio a pilas. Esas que funcionan con una fidelidad sobrecogedora. Ni los modernos celulares, que pestañeaban sordos y mudos, completamente inoperantes en esos minutos de angustia; ni televisión, ni Internet dieron cuenta de lo que luego se develaría como una hecatombe de contornos épicos. Aislado, en medio de la capital de esta frágil geografía, muchos caímos en la cuenta de que no basta darse aires de ciudad primer mundista o ufanarse de grandes adelantos urbanísticos para sortear situaciones de peligro.
Se requiere más. En la urgencia se notan las fortalezas. O las debilidades. Y, en ese minuto de absoluta incomunicabilidad, sentimos en carne propia cuán lejos estamos de lo que pensamos que somos.
Los sofisticados equipos que nos saturan se hicieron nada en la crisis. A la hora de la verdad, lo básico se transforma en el gran socorro, ayuda y seguro. Ante la adversidad extrema recurrimos a lo primitivo, lo simple, casi señales de humo. La vieja y noble radio a pilas, que muchos relegaron a un rincón polvoriento, fue medio de comunicación en el comienzo del siglo XXI. Un ícono anticipado de lo que serían los próximos días de desconcierto e incertidumbre. Sólo lo esencial nos haría sentir seguros.
Lecturas para un anticipo de sociedad
La fecha fatídica abre un camino nuevo. “A secar las lágrimas”, invitó don Francisco en la improvisada Teletón de hace unas semanas. No se llora sobre la leche derramada, sino que se construye en y a pesar de la adversidad. Más seguros, más confiados, más precisos. La cultura de “las cosas bien hechas” pareciera terminar por imponerse. Lección tardía, pero aprendida.
Vivimos lustros en que fuimos cayendo en una soporífera y peligrosa conformidad, una suerte de autocomplacencia con lo construído a prisas de éxito de cartulina, de conquistas aparentes y engañosas. Miramos demasiado a Nueva York, Madrid o Tokio y poco a Curepto, Pelluhue o Cobquecura, por no nombrar a Concepción o Talca. Sentimos que ya habíamos conquistado cuotas de progreso que no requerían mayores revisiones ni cuestionamientos. Ese “estamos en el umbral del primer mundo” requiere más que luces de neón. El clásico dicho chileno “en la marcha se arregla la carga”, de éxitos a como dé lugar, ha sido una constante de nuestro desarrollo social. Lo importante es que calcen los números, que se vea bien. Esta mentalidad ha dado lugar a chapuzas, improvisaciones, trazados a la ligera, franca irresponsabilidad inmobiliaria: errores que ahora nos pasan la cuenta. Pensamos que estábamos preparados, queríamos creer que, como parte de ser primer mundistas, el ítem “peligros naturales” estaba, al igual que la extrema pobreza o analfabetismo, superado. Casi nos creímos el cuento de que Chile es asísmico, que las catástrofes son de países exóticos. “Chile, país seguro” se creía marca registrada, como serían las empanadas o el pastel de choclo. Pero la seguridad no son “bellezas naturales”. Es producto del tesón constante de revisión y cuidado ante los imponderables. La desmemoria se ha transformado en escudo, seguro y excusa a la vez.
Los dos terremotos
Ya se han comentado hasta la saciedad los pillajes y robos posteriores al terremoto. Como si el dolor de la tragedia no hubiese sido suficiente. Algunos de los efectos robados se han devuelto. A la señora que se rehusó a robar en un Líder se la quiere declarar héroe nacional. Ya lleva más de 50 mil amigos en el grupo que le crearon en Facebook. Ambos fenómenos son dignos de estudio. Por un lado, pillaje sin justificación alguna y, por otro, exaltación de lo más elemental, como es la honradez. Como si esto fuese la excepción y no la regla. Triste corroboración de la ausencia de íconos sociales que muestren virtudes vividas. O, al menos, la falta de medios de comunicación que presenten más y mejor que la virtud, bien vivida, es lo propio humano.
Las confianzas se han herido. Los pillajes son más que simples cosas robadas al azar. Son personas, vecinos, gente que se cruza en la calle, que ha agredido a sus iguales. El recelo se puede transformar en norma y estilo de vida si no se hace un giro brusco hacia un cambio de vida en el que el otro sea valorado, querido y cuidado. Nos acercamos al otro con distancia, medidos, saltones, temerosos. Nos auto-infligimos heridas que requerirán tiempo para sanar. La mirada al otro como parte de mí, como sustento, apoyo y compañero de ruta, está aún lejos de ser realidad en Chile. El vecino no es amigo. A lo más, conocido. Tolerado, pero no necesariamente querido.
Pero hay una sensibilidad que no se ha perdido. La actitud de la misma señora a la que en Facebook quieren hacer héroe, reveló que no está todo perdido. “De esa manera, no. Me dijeron que iban a repartir comida. Pero esto, no”. Partió con las manos vacías pero el alma entera. La misma que a nivel nacional es necesario reconstruir.
Se han hecho muchos diagnósticos sobre este fenómeno desconcertante. El debilitamiento de la autoridad en todo orden, comenzando por el familiar; el desaprecio del orden y la idea subdesarrollada de bien común han horadado la conciencia cívica. Urge recomponer confianzas sin agredir, haciendo ver que el daño a otros perjudica a cada uno de los integrantes de la sociedad.
Pero en estos pillajes se reveló también cuán atomizada se encuentra nuestra sociedad. Demasiado resentimiento, que obliga a revisar críticamente nuestras relaciones laborales, sociales, cívicas. Nos hemos vuelto extraños en una tierra de por sí aislada. “Conocí a mis vecinos”, señaló un santiaguino aún asustado por lo que le tocó vivir. Hemos entendido a la sociedad como a un utensilio, herramienta para progreso personal y no como ente colectivo, de la cual soy integrante y donante. La primera actitud, atemorizada y algo enfermiza, de compras compulsivas en supermercados de Santiago revela los grados de inseguridad y extrañeza ante el otro. No brota primero el animal solidario. Salta el que acumula y se olvida del resto.
“Estamos vivos”
Un grupo de voluntarios que partió a Constitución me comentaba que les llamó la atención cómo los recibieron. “Estamos vivos”, fue lo primero que escucharon. Ni la casa, ni un auto comprado con mucho sacrificio, ni los modestos muebles. La vida. Simplemente por la vida, por estar vivos, agradecían.
El terremoto nos ha vuelto la vista a lo primario e importante. Vivimos quizá una cultura excesivamente epidérmica, de gustos instantáneos, de un individualismo que nos hace vivir en los contornos de los acontecimientos, girando en torno a nuestros propios intereses. Este kafkiano remezón ha sido un “detente” para recomenzar desde perspectivas más hondas, seguras, humanas. Volver a reencantar el encuentro con el otro, sentir que “somos” en la medida en que nos conocemos, queremos y apreciamos es el imperativo de este nuevo tiempo. No basta con una mera tolerancia. El trato con el otro debe ser de aprecio y valoración. Si no, no sirve. El saludo final de la presidenta Bachelet y el presidente electo Piñera debe volverse más que un saludo de ocasión: es requisito impostergable de un trato nacional. Sin concordia, unidad, integración, no hay progreso posible.
¡Pucha que son aperrados estos cabros!
“Comenzamos ayer mismo”, me comenta Cristián, alumno de 3º de Derecho UC. Era el martes y ya tenían un camión lleno de comida y remedios para mandarlo al sur. A pesar de las carreteras congestionadas y de que el camión tardó en llegar, partieron.
Otro tanto hizo la FEUC. Una organización notable, polifacética, de una agilidad asombrosa. En horas, tenían a cientos de estudiantes acarreando cajas, remedios y ropa. Estoy por proponer que le traspasen la Onemi a los centros de alumnos o federaciones de estudiantes. Los jóvenes, anticipo de un Chile que emerge con fuerza, han dado lección de agilidad, desburocratización, ingenio y desprejuicio. Esto último es de lo más importante. No se está exigiendo el carné de militancia para pedir ayuda. Bastan la buena voluntad y las ganas de ayudar. La utilidad de redes sociales como Factbook y Twitter revelaron que la capacidad de autogestión de muchos colectivos sociales, aparentemente descoordinados, se muestran como futuros caminos de encuentro y entendimiento. La Teletón –hito solidario e ícono de encuentro nacional– fue un ejemplo de unidad que no se puede perder ni dejar pasar.
Cuando todo resulta irrelevante, vivimos de lo esencial. La fragilidad de nuestro entorno es evidente. Jugar con un halo de soberbia ha sido irresponsable. Las nuevas generaciones han aprendido dolorosamente esta lección: que el verdadero progreso se cuece a fuego lento, con muchas inversiones y esfuerzo, trabajo sudado de revisiones y autocontroles. Toda construcción social requiere, desde ahora, mayor cuidado, agudeza, precisión.
Contrastan con esto la cierta indolencia, pasividad, escasa iniciativa inmediata para salir de un atolladero que se observó en varias partes. Los ejemplos sobran. Es materia pendiente la educación de los chilenos para una autogestión de su propia vida, para asumir iniciativas sin preguntar tanto a “papá Estado”. Le ha hecho un enorme daño a las personas su preocupante dependencia de los organismos fiscales, la expectativa de una solución inmediata a sus problemas, de que la ubre estatal está siempre ahí para salir del paso en todo. Hemos jibarizado peligrosamente la iniciativa personal, incluso en lo más elemental como es la de superar las adversidades. Para mover escombros se necesita primero la voluntad de los vecinos, amigos. Luego vendrá el resto. Desconcierta la falta de organización elemental, adormecida por tanta burocracia. Basta escuchar varios testimonios para darse cuenta de que se han cortado muchas alas.
Aves de paso
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Estoy por proponer que le traspasen la ONEMI a los centros de alumnos o federaciones de estudiantes. Los jóvenes, anticipo de un Chile que emerge con fuerza, han dado lección de agilidad, desburocratización, ingenio y desprejuicio.
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| Decálogo para la reconstrucción |
| Los expertos del Banco Mundial han recogido las experiencias de otros desastres naturales y la respuesta de los países afectados: 1. No hay período de emergencia en el cual todo valga. Cada respuesta ayuda al desarrollo o lo contrarresta. 2. Es mucho más difícil detener el uso de la fuerza, los saqueos, los disturbios y el disparo de armas de fuego que prevenirlos desde un principio. 3. Los refugios temporales tienen que preservar las relaciones sociales existentes antes del desastre. 4. La provisión temprana de empleos a los sobrevivientes y de transferencias de efectivo han dado buenos resultados. 5. Una manera de garantizar que los pobres puedan afrontar el costo de la reconstrucción es dedicar tiempo a la recuperación y reciclaje de todos los materiales de construcción utilizables. 6. La reasignación de recursos de fondos provenientes de programas en curso hacia la rehabilitación es menos eficaz que el financiamiento específico para la reconstrucción. 7. El diseño de los proyectos debería ser simple, contar con la participación de los lugareños y tener en cuenta la capacidad local. 8.La restauración in situ debe ser recomendada después de los terremotos. Cuando se traslada a personas de las zonas costeras, la tendencia de las mismas a volver es casi irresistible. 9. Los beneficiarios con derecho a nueva vivienda deben realizar una contribución limitada. 10. La construcción de viviendas por los propietarios puede resultar más eficaz que el uso de contratistas. |