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Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)
En Teatinos 120 tienen material de sobra para montar un festival comunicacional cada vez que el INE o el Central publiquen una nueva cifra. Al menos, hasta que la presión inflacionaria diga otra cosa. Por Guillermo Turner.
En agosto de 1988, el entonces presidente George Bush enfrentaba una coyuntura política compleja. Las encuestas no eran sólidas a su favor y la economía cobraba cada vez más relevancia entre el electorado. Jim Baker, el secretario del Tesoro, había hecho lo imposible por convencer a la Fed de mantener la tasa de interés. Pero su amigo Alan Greenspan tenía una idea distinta. Para el entonces presidente de la Reserva Federal, la economía estaba entrando en un proceso de recalentamiento que era necesario detener lo antes posible.
-Estoy seguro que esto no te gustará –cuenta Bob Woodward que Greenspan le dijo a Baker– pero anunciaremos un alza en los tipos.
-¿Sabes? –respondió el personero– acabas de darme un puñetazo aquí –y se señaló el estómago.
Claro, la medida permitiría controlar una inflación que recién empezaba a escalar más allá de lo recomendable, pero a costa de una de las pocas armas a las que Bush podía echar mano para elevar su popularidad: la economía. Con las diferencias del caso –por lo pronto, el Banco Central chileno goza de plena autonomía y La Moneda no enfrenta una elección en el corto plazo– algo del trasfondo de esta historia debe rondar por la mente de algunas autoridades políticas locales.
Como decía hace unos días el vicepresidente del BC Manuel Marfán –entrevistado por Diario Financiero– el sobrecalentamiento “no es el escenario más probable” para la economía chilena, pero con “un horizonte de política en torno a dos años es algo que permite al Banco Central actuar a tiempo”. ¿Cómo le vendría a La Moneda un ajuste más agresivo de la tasa de interés, justo cuando las cifras de crecimiento se afirman como la mejor bandera a agitar por unas autoridades necesitadas de discurso optimista?
No hay que alarmarse, dirán algunos, y con razón: la tasa se mantiene en niveles expansivos (“ a una distancia apreciable de cualquier medida de tasa neutral”, como advirtió un consejero del Central en la reunión de política monetaria de julio) y la inflación, en rangos controlados. Pero igual fue la unanimidad de los consejeros la que votó por elevar los tipos en 50 puntos base, en medio de la advertencia de uno de ellos de que “en episodios similares del pasado reciente, la mayor inflación esperada por el mercado se transformó, a poco andar, en profecía autocumplida”. La demanda privada sigue creciendo y, como reconoció el mismo Marfán, “ni la autoridad fiscal ni la monetaria tienen demasiados instrumentos como para lidiar con un exceso de gasto privado”.
Pero sería demasiada mala suerte que la economía terminara jugando en contra de la estrategia gubernamental. Por el contrario, con un par de Imacec consecutivos bordeando el 7%, indicadores de IPC controlados y datos más que optimistas en cuanto a disminución de la cesantía y generación de empleo, en Teatinos 120 tienen material de sobra para montar un festival comunicacional cada vez que el INE o el Central publiquen una nueva cifra. Incluso la caída del dólar, algo inevitable bajo las actuales condiciones locales e internacionales, forma parte de las preocupaciones de Hacienda, y sus autoridades han emitido todas las señales posibles para demostrar su compromiso en esta materia con el sector exportador (como dejar en los fondos soberanos en el exterior los recursos del bono internacional).
Incluso, muchos extrañan que el expediente económico no haya cobrado aún más fuerza en el discurso oficialista y que –por el contrario– la percepción del manejo económico anotara una caída en las encuestas. Más que montar una estrategia con la que el gobierno siente las bases para que la actividad privada aproveche este impulso, La Moneda centra su mensaje en su inagotable capacidad de gestionar mejor el Estado. Destacable, por cierto; pero administrar bien es lo mínimo que se le puede pedir a un gobierno, mientras que el crecimiento y el emprendimiento debieran formar parte del ADN de la actual administración. De modo que la cuestión es aprovechar el momento, antes de que los consejeros del Central frenen la fiesta.