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Artículo correspondiente al número 286 (8 al 21 de octubre de 2010)
La integración económica que negocian ambas naciones podría cambiar el panorama regional y constituir una nueva fuente para el desarrollo latinoamericano y la relación entre norte y sur. Por Gabriel Sánchez-Zinny
México y Brasil son las economías más grandes de la región. Representan casi el 65% del PIB latinoamericano y captan –por buenas o malas razones– la mayor parte de la atención de Washington. Ninguna novedad, dirá usted. Pero ocurre que ambos países han iniciado un inédito proceso de asociación que, como señala Peter Hakim, presidente emérito del infl uyente InterAmerican Dialogue, “si las negociaciones son exitosas, el nuevo acuerdo tiene el potencial de alterar la realidad política y económica de América latina”.
Estados Unidos lo tiene claro. México se ha convertido en un desafío para su seguridad nacional, con más de 20.000 muertos en la guerra contra las drogas que se libra en los estados fronterizos, y en una incesante fuente de inmigración ilegal. Pero el dato positivo es que, además de mano de obra, ahora también está ingresando capital. Empresarios mexicanos lideran multinacionales de creciente éxito, que abren fábricas e invierten millones de dólares en el país del norte.
Este monto pasó los 8 mil millones en 2008, de acuerdo con el Departamento de Comercio estadounidense. Por ejemplo, el Grupo Bimbo, ya de hecho la mayor compañía de productos de harina de la región, invirtió 2.400 millones de dólares en 2009 en la compra de 22 plantas industriales y 4.000 puntos de distribución en Estados Unidos, con famosas marcas como Entenmann, Boboli pizza y Thomas English Muffi ns. Más del 43% de las ventas de Bimbo se encuentran en Estados Unidos. Cemex, la tercera compañía de cemento del mundo, adquirió Austria Rinker Group por 14 mil millones de dólares, incluyendo 415 plantas de cemento en Estados Unidos, con más de 18.000 empleados. Y por supuesto, el mexicano Carlos Slim, la persona más rica del planeta, que ha comprado el 6,9% del New York Times, expandido a 15 millones los subscriptores de America Móvil en Estados Unidos, invertido en el 18% de Sacks Fifth Avenue y, más recientemente, comprado 140 millones de dólares en inversiones inmobiliarias en Nueva York.
Brasil, con una población de 190 millones de personas, el 40% del producto bruto de la región y exitosas compañías, como Odebrecht, Petrobras y Camargo Correa, está a su vez tomando un rol geopolítico protagónico, que va desde la dirección de la misión de paz y desarrollo en Haití, la solución de la crisis del sistema democrático en Honduras, la creación del Unasur y la permanente tensión con Estados Unidos para mostrarse como el líder alternativo en la región. Brasil es el principal exportador del mundo de café, azúcar, etanol, tabaco, pollo y carne.
Como argumenta Hakim, “la relación entre México y Brasil ha sido bien fría durante muchas años”, y tal vez la necesidad de ambos países de tener un rol más independiente y protagónico en la región, y la ambiciosa inversión y expansión de sus empresarios, terminen generando un más estrecho acercamiento político y económico y, con eso, contribuir a mayor comercio y desarrollo en toda la región. El proceso de integración económica, iniciado en el marco de la Cumbre de Rio de comienzos de año, vendría a profundizar el acuerdo de complementación vigente entre las partes desde 2003. “No tengan miedo de Brasil. Brasil no es más peligroso que muchos socios que tiene México”, fue el mensaje de Lula a los aztecas.
En el caso específico de las relaciones con la Casa Blanca, un eventual acuerdo comercial entre las partes contribuirá a acercar al Mercosur con México, y a Estados Unidos con Brasil, convirtiéndose en una vía de integración mucho más práctica que el complejo ALCA, promovido alguna vez por la administración Bush.