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Artículo correspondiente al número 262 (2 al 15 de octubre de 2009)
La historia del CEO de Marvel Entertainment es tanto o mas apasionante que las aventuras de sus personajes.
Está obsesionado con el trabajo y odia perder dinero. Así describe a Isaac (Ike) Perlmutter uno de sus socios de negocios más antiguos. Perlmutter es menos conocido que Iron Man, el Hombre Araña o cualquiera de los personajes de Marvel Entertainment, la empresa que dirige. Pero su historia también parece salida de un libro de cuentos.
A fines de agosto, Disney anunció que compraría Marvel en 4.000 millones de dólares, lo que valoriza la participación de 37% de Perlmutter en unos 1.500 millones de dólares. La oferta, mezcla de efectivo y acciones, lo convertirá el segundo mayor accionista individual de Disney, detrás de Steve Jobs (sí, el de Apple), y probablemente en uno de los 400 hombres más ricos de Estados Unidos.
Un verdadero sueño americano para un israelí que, tras servir en la Guerra de los Seis Días en 1967, emigró a Estados Unidos con 250 dólares en el bolsillo. Pero Perlmutter desplegó rápidamente un espíritu emprendedor: se paraba fuera de los cementerios judíos en Brooklyn ofreciendo sus servicios a familias en duelo para oficiar responsos en hebreo. Luego vendió juguetes y cosméticos en la calle, hasta que entró al negocio más formal de ventas de excedentes y liquidación de inventarios.
Perlmutter no asistió a la universidad, pero aprendió a leer balances y se dice que tiene un don para detectar oportunidades en empresas con problemas. Y basta mirar su trayectoria para ver que no tiene miedo de una buena pelea. En 1984 vendió Odd Lots Trading, sus liquidadoras, a Revco, una cadena de farmacias, y como resultado de la operación se quedó con una participación importante en Revco. Algunos años después, invirtió en deuda preferente de Coleco, la quebrada empresa tras el fenómeno de las muñecas Cabbage Patch, y se enfrentó a los otros acreedores en los tribunales de quiebra.
A comienzos de los 90, compró el antecesor de una empresa llamada Toy Biz, que se dedicaba a la comercialización de figuras de acción, e incorporó a Avi Arad, también veterano de la Guerra de los Seis Días, diseñador de juguetes y fanático de los super héroes.
Ron Perelman, uno de los hombres más ricos de Estados Unidos (con 11.500 millones de dólares, ocupó el puesto 26 en la lista de los 400 estadounidenses más ricos de Forbes) compró Marvel a fines de los 80 en 82.500 millones de dólares. Las ganancias de la empresa se dispararon y adquirió una gran participación en Toy Biz como parte de un acuerdo de licenciamiento. Pero a fines de los 90 el boom especulativo que sostenía el negocio de las historietas (los coleccionistas compraban hasta 20 copias del mismo número con la esperanza de que su valor se multiplicara en el futuro) terminó y el panorama de Marvel se oscureció. Perlmutter trató, sin éxito, de convencer a Perelman de que entrara a la producción de películas para revivir el interés por sus personajes.
Perelman intentó un rescate que involucraba a Toy Biz, pero el inversionista activista Carl Icahn se alió con un grupo de acreedores y logró tomar control de las acciones de Perelman en Marvel, que se había declarado en quiebra en 1996.
Tras un prolongado enfrentamiento con Icahn y con respaldo de los bancos, Toy Biz terminó quedándose con Marvel y sacándola de la quiebra en 1998. Perlmutter, que cuando se asoció con Marvel nunca había leído sus historias pero tenía muy claro que podían vender juguetes, se convirtió en director ejecutivo de la firma en 2005.
Películas como El Hombre Araña y X-Men dieron la razón a Perlmutter: generaron millones en taquilla y ventas de juguetes. Iron Man, protagonizada por Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow, marcó un nuevo hito con su estreno el año pasado, ya que fue la primera película completamente producida por Marvel.
De 66 años, espigado y bronceado, Perlmutter juega tenis y reparte su tiempo entre sus casas en Palm Beach y Nueva York. Se enorgullece de nunca haber dado una entrevista en sus 40 años como empresario y hasta ha conseguido evitar haber sido fotografiado. El celo por su privacidad raya en lo excéntrico: asistió disfrazado al estreno de Iron Man, a tal punto que ni siquiera sus amigos más cercanos (que atribuyen en parte su timidez a un fuerte acento israelí) supieron que era él.