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¿Por qué la lista de donantes voluntarios es mucho mayor en Austria que en Alemania? La economía tiene una respuesta.
¿Por qué la lista de donantes voluntarios es mucho mayor en Austria que en Alemania? La economía tiene una respuesta. Por Juan Foxley.
Se ha sabido de personas que ofrecen comprar o vender órganos en e-Bay y la idea repugna. Nadie quiere ver a los más ricos comprando su lugar en listas de espera. Menos, a pobres haciendo caja con trozos de su cuerpo.
En su lugar y con más decencia, son los arreglos altruistas formales los que hoy sirven al propósito de salvar y alargar vidas a quienes esperan un trasplante. El punto es cómo hacer que dichos arreglos funcionen bien, partiendo por no dejar fuera a ningún oferente de buen corazón.
La llamada Economía del Comportamiento (rama fundada por Kahneman, Tversky y Thaler, para nombrar tres eximios) ofrece una respuesta que debería interesar especialmente a los fabricantes de leyes. A saber, a la hora de enrolar donantes, los voluntarios enfrentan dos alternativas básicas:
(a) Pedir ser inscritos como tales, por ejemplo, al renovar el carné de identidad o de manejar;
(b) Ser inscrito “por defecto” y mantener la opción de des-listarse después.
Es este último criterio el que sigue un proyecto de ley hecho en Chile. Toda persona mayor de 14 años sería considerada donante una vez fallecida, a menos que en vida formalice su intención en contrario.
La respuesta tradicional en economía sería que (a) o (b) dan lo mismo. Si los costos de registrarse o borrarse son bajos y similares, la nómina de dadores potenciales tendría el mismo tamaño relativo. Pero ocurre que los experimentos en Economía del Comportamiento enseñan lo contrario.
Y es que la forma de pedir (el framing) condiciona la respuesta. Por ejemplo, la acogida a donar órganos en Europa ha resultado muy diferente entre países. ¿Por qué la lista de voluntarios es mucho mayor en Austria que en Alemania (ver gráfico)? Que se sepa, no habrían diferencias culturales o religiosas que expliquen la brecha.
En cambio, la interpretación de los estudiosos es que ante temas que envuelven una reflexión más profunda, el costo de “ir a firmar” no es lo más relevante. Lo costoso, en cambio, sería el proceso de discernimiento en sí. Así las cosas, el curso más “económico” para decisiones peliagudas sería hacerse pocas preguntas, mirar al techo y seguir el camino más fácil: la omisión.
En Chile, hasta hoy, hay que declarar expresamente (tal como todavía ocurre en Alemania y sus otros tres vecinos en el gráfico) la voluntad de donar órganos. Ninguna sorpresa: entonces, las probabilidades juegan en contra para quienes esperan en nuestros hospitales.
Felizmente, después de la conmoción originada por la agonía de Felipe Cruzat, se envió un proyecto (Ley de Donante Universal) que se basa en la omisión pro-donación. Contempla la inscripción automática y el des-listado voluntario. El que calla, dona. El compromiso es a firme, en vida y sin parientes con derecho a veto tras la muerte.
Un framing así diseñado respeta la libertad individual de decidir y, por supuesto, permite a cada ciudadano ayudar a los demás sin hacer nada. Ante un buen proyecto como éste, parece de perogrullo recordar a los honorables diputados en campaña que hacer nada significa para ellos hacer nada más que cumplir con su obligación: legislar. Pensar menos en campañas por salvar el pellejo y más en campañas por salvar vidas.