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Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)
La nueva encíclica de Benedicto XVI viene a remecer la conciencia de los agentes económicos. Porque la crisis está al centro de su análisis y el sistema, así como lo conocemos, no pasa la prueba. Por Hugo Tagle, Psch.
La tercera encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate (“El amor en la verdad”), tiene como objeto abordar las grandes cuestiones sociales de este tiempo, en particular por la crisis económica que embarga a la humanidad. En 2005 había escrito una sobre la caridad evangélica, Deus caritas est, y en 2007 la segunda sobre la esperanza cristiana, Spe salvi.
La publicación había sido anunciada hace ya varios meses, pero la gravedad de la crisis económica mundial llevó al Santo Padre a repensar el tema. En efecto, si bien la encíclica estaba pensada en el marco de las encíclicas sociales de sus antecesores, llegará en un momento especialmente delicado del acontecer mundial, lo cual teñirá buena parte de su contenido. El documento vuelve a los temas sociales contenidos en la Populorum progressio, de Pablo VI en 1967.
El Papa adelantó algunos aspectos del texto. Dice que “es necesario analizar la crisis económica en profundidad, como un síntoma grave que requiere intervenir sobre las causas”, pues “no basta, como diría Jesús, poner remiendos nuevos sobre un vestido viejo”. En tono de urgencia, Benedicto XVI pide “una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante” pues “lo exige, todavía más que las dificultades financieras inmediatas, el estado de salud del planeta y, sobre todo, la crisis cultural y moral, cuyos síntomas son evidentes desde hace ya tiempo en todas las partes del mundo”.
La carta será una invitación a “intervenir sobre las causas de los problemas” en lugar de “poner remiendos”, dirigiendo las luces a la “crisis cultural y moral” que ha llevado por una parte a la podredumbre de las altas finanzas y, por otra, al predominio de la violencia y de los intereses armamentísticos en el comportamiento de los estados. En ese sentido fueron las palabras que Benedicto XVI dirigió al primer ministro británico Gordon Brown a fines de marzo pasado: “si un elemento clave de la crisis es un déficit de ética en las estructuras económicas, esta misma crisis nos enseña que la ética no es externa, sino interna, y que la economía no puede funcionar si no lleva en sí un componente ético”. En efecto: “a la luz de la actual crisis económica se descubre que, en su raíz, se encuentra la codicia”.
La presentación de la encíclica ocurre previa al encuentro internacional del G8, que se celebrará del 8 al 10 de julio bajo presidencia italiana en L’Aquila, la ciudad devastada por el terremoto del pasado 6 de abril. Los temas abordados en el documento afectan a la globalización, la preservación del medio ambiente, el desarrollo sostenible y la financiación sostenible.
El tema del hambre es uno de los tópicos abordados. Su aumento a nivel planetario no es consecuencia de cosechas poco satisfactorias, sino de la crisis financiera y económica mundial que ha reducido las rentas, ha aumentado la cesantía y ha disminuído ulteriormente las posibilidades de acceso a los alimentos de los pobres.
Benedicto XVI señaló en un mensaje de inicio de año: “la reciente crisis demuestra que la actividad financiera ha estado guiada a veces por criterios meramente autorrefenciales, sin consideración del bien común a largo plazo. La reducción de los objetivos de los operadores financieros globales a un brevísimo plazo de tiempo reduce la capacidad de las finanzas para desempeñar su función de puente entre el presente y el futuro, con vistas a sostener la creación de nuevas oportunidades de producción y de trabajo a largo plazo. Una finanza restringida al corto o cortísimo plazo llega a ser peligrosa para todos, incluso para quien logra beneficiarse de ella en lo inmediato, durante las fases de euforia financiera”.
La crisis financiera que ha afectado a los países industrializados, a los países emergentes y a los que están en desarrollo, muestra de manera evidente cómo hay que repensar ciertos paradigmas económico-financieros que han sido predominantes en los últimos años. “La economía de mercado, entendida como sistema económico que reconoce la función fundamental y positiva de la empresa, el mercado, la propiedad privada y la consiguiente responsabilidad de los medios de producción, así como la libre creatividad humana en el ámbito económico, sólo puede reconocerse como vía de progreso económico y civil si está orientada al bien común”, señaló en un encuentro con la fundación Centesimus Annus Pro Pontifice. En efecto, “la libertad en el sector económico debe encuadrarse en un sólido contexto jurídico que la disponga al servicio de la libertad humana en su totalidad”. Esto es, una libertad responsable, cuyo núcleo es “ético y religioso”. Agregó: “Así como la persona se realiza a sí misma plenamente en la entrega libre de sí misma, también la propiedad se justifica moralmente en la creación, en el momento y del modo adecuados, de oportunidades de trabajo y de crecimiento humano para todos”.
Las palabras de Benedicto XVI en su nueva encíclica darán material para una profunda reflexión y constituirán una invitación a revisar los modelos de comprensión de las políticas económicas.