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Artículo correspondiente al número 267 (11 al 24 de diciembre de 2009)
La respuesta chilena a la protesta peruana por el supuesto caso de espionaje fue suficiente como para calmar los ánimos y recuperar el diálogo diplomático. Pero no se deje engañar: el escenario más probable incluye nuevos conflictos, al menos hasta que La Haya complete su proceso. Mientras tanto, el empresariado sigue su marcha. Por G. Turner y C. Rivas.
Las sutilezas del lenguaje diplomático quedan a la vista: Chile rechaza el contenido de la carta, pero se abre a la posibilidad de estudiar los antecedentes enviados por Lima (las más de 500 páginas que componen el anexo). Perú, por su parte, valora la disposición de Santiago a investigar (aunque, evidentemente, estudiar no es lo mismo que investigar).
Relaciones en expansión
Lo que más llama la atención al conversar con ejecutivos de empresas chilenas en Perú es la tranquilidad con que se refieren a las constantes diferencias entre Lima y Santiago. De hecho, varios cuentan que recibieron llamadas de sus jefes en Chile cuando comenzó el bombardeo de críticas ante el supuesto espionaje chileno, pero la respuesta fue la misma: transmitir tranquilidad y calma, porque en suelo peruano todos los negocios continuaban desarrollándose igual que siempre.
No hubo hasta ahora llamados a no comprar tales o cuales productos o en determinados establecimientos comerciales por ser de origen chileno. Eso ha pasado a formar parte del pasado. Claro, hoy no es lo mismo decir que no se compre en algún supermercado chileno, porque precisamente los nacionales son dueños de más de dos tercios de la oferta en este segmento, contando a Tottus (Falabella) y la cadena Wong (Cencosud). Eso, sin mencionar las alianzas entre las tarjetas de multitiendas que tienen convenios con el comercio en general, donde se suma otro actor chileno importante, Ripley, la tienda de la familia Calderón.
El mismo Raffo dice que están acostumbrados a estas diferencias geopolíticas –que se dan por lo menos una vez al mes–, por lo que no se les da mucha importancia. “Acá, para algunos periódicos el titular es sexo, crimen o Chile. Si no hay sexo, ni crimen, porque no todos los días hay, el titular obligado es Chile. Y los políticos son los que a veces le agregan cuento, sin distingo”, defiende.
Ruidos ad portas
Conscientes de esta tensión, las empresas y los ejecutivos chilenos actúan con cuidado, al punto que hoy es frecuente que organicen cursos y talleres para entender el origen de las diferencias y empatizar con la historia peruana.
Son tres años los que quedan por delante, sólo en lo que al juicio en La Haya se refiere, y no restan más de tres meses para que Chile deba enviar su contra memoria frente a la demanda peruana, lo que –de paso– supondrá un hito en esta relación y la primera acción en esta materia por parte del sucesor de Bachelet en La Moneda.
Mientras tanto, las Fuerzas Armadas de ambos países se miran con recelo. Perú reclama contra lo que llama carrera armamentista chilena y propugna por el mundo un pacto de no agresión, pero sin descuidar un plan de inversiones por 650 millones de dólares en cinco años para, como dijo su ministro de Defensa, “recuperar su capacidad operativa”, mediante un “sistema defensivo, básicamente antitanque y antiaéreo, de sistemas misilísticos”. Era que no.