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Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)
La campaña está desatada y las aspirantes a primera dama, también. Se acusan de histéricas, escarban el pasado de sus contendoras en busca de hechos que las perjudiquen y defienden a sus candidatos con verdadera pasión. El asunto es que llevamos varios años sin esta figura en La Moneda y no faltan los que cuestionan su verdadera función. Por Guillermo Turner.
Si el intercambio de declaraciones entre los aspirantes a La Moneda ha subido de tono, qué decir del fuego cruzado desatado por las eventuales primeras damas. Quizá sea la presión de alcanzar la relevancia de una Michelle Obama o el glamour que irradia una Carla Bruni, pero lo cierto es que el protagonismo de los candidatos presidenciales aparece cada cierto tiempo opacado por la intensa guerra de declaraciones entre las aspirantes a primera dama.
El asunto tiene a los electores algo desconcertados... y es comprensible. Después de cuatro años sin este personaje rondando por La Moneda (y otros seis anteriores durante los cuales Luisa Durán exigía que la trataran sólo como “señora del presidente”), la pregunta surge inevitable: ¿estamos preparados para volver a contar con la figura de una primera dama? De hecho, algunas de las postulantes ya han comentado su intención de imprimirle un nuevo cariz al puesto, como intuyendo que las cosas no pueden volver a lo mismo. Karen dice que quiere reformular el rol y hace poco optó por asumir un papel protagónico en la exposición de su marido ante los empresarios convocados en el Centro de Estudios Públicos. Educación fue su temática y es muy probable que, haciendo gala de su formación universitaria, demostrara más dedos para el piano de lo que cualquiera supondría. Cecilia Morel hace lo suyo desde los grupos Tantauco, donde coordina la comisión de Familia, Mujer e Infancia. Todas opciones válidas e, incluso, loables. Porque no se trata de minimizar el aporte de la mujer en materia de políticas públicas ni desconocer esa unidad indisoluble que supone el matrimonio. No, en lo netamente electoral el problema es otro: ¿estamos eligiendo presidente o una dupla?
A comienzos de los 90, este sí que era tema de preocupación. El entonces candidato de la centroderecha debió soportar los rumores y presiones de un segmento de sus adherentes que no admitía la posibilidad de apoyar a un aspirante sin un matrimonio estable. Aparte de la cuestión moral, todo indicaba que la ausencia de primera dama era una desventaja frente al electorado.
Pero el tiempo pasó y las costumbres cambiaron. El cargo o la función de primera dama fue reemplazado cuando asumió la presidenta Michelle Bachelet por la denominada Dirección Sociocultural de la Presidencia de la República, encabezada en un comienzo por Adriana del Piano y, a partir de 2007, por la esposa del ministro Sergio Bitar, María Eugenia Hirmas.
Instalada en las mismas dependencias de La Moneda que en el pasado correspondieron a la primera dama y sus asesores, esta dirección preside siete fundaciones (creadas y encabezadas en su momento por primeras damas) y una corporación cultural; todas, instituciones de derecho privado, sin fines de lucro, que ejecutan políticas de impacto social y colaboran en el cumplimiento de metas del gobierno, como reza su página web (www.reddefundaciones.cl). A saber: Integra, Prodemu, Fundación de la Familia, Chilenter, Museo Interactivo Mirador, Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles, Artesanías de Chile y Matucana 100.
En lo relacionado con la compañía de la presidenta y el apoyo en aspectos personales, conocido es el papel que cumplen su madre y María Angélica Alvarez, la directora de Programación de la Presidencia, más conocida como la Jupi. Bajo perfil es la tónica.
Festival de acusaciones
Por eso es que el protagonismo y las recriminaciones mutuas ahora resultan más difíciles de digerir. Porque incluso sentarlas unos minutos, codo a codo, para presenciar las performances de sus maridos en pleno debate presidencial, puede convertirse en un verdadero calvario.
“A esta señora (Doggenweiler) le bajó una especie de ataque nervioso y se puso a gritar como loca para el otro lado y se fue a los medios al día siguiente”, dijo Martita Larraechea para explicar el incidente. “Como vio que nadie la pescaba sale al otro día a contarle a la prensa… eso de armar cosas artificiales a mí me duele mucho, como lo hizo el marido después con el tema de las famosas joyas”, continuó.
¿Y qué respondió Karen? “Son las herramientas de la desesperación, yo creo en las herramientas de la inteligencia”, mientras que Morel se encargaba de calificar de “amargo” a Frei por su advertencia de riesgo social en caso de que la derecha acceda al poder ejecutivo. Tecnología de por medio (las redes sociales han sido un gran descubrimiento), las declaraciones abundan.
Como si no fuera suficiente, por los palos asoman las hijas: una comienza el día navegando por Internet hasta descubrir informes que afectan al contrincante de su padre; la otra. se encarga de twittear antiguas declaraciones de otro aspirante a La Moneda. Todo un aporte al debate que a la ciudadanía no le queda más remedio que soportar.
Quizás el modelo de inspiración debiera ser otro. Más que la fórmula kirchneriana del “poder en las sombras”, seguir los pasos de Joachim Sauer, el muy poco conocido químico casado con Angela Merkel. Y si el bajo perfil no resulta atractivo, al menos comprometerse a no enturbiar más un debate que, a dos meses de las elecciones, amenaza con crisparnos a todos.