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Alemania y el muro

Artículo correspondiente al número 266 (27 de noviembre al 10 de diciembre 2009)


Los festejos por el vigésimo aniversario de la caída del muro no abundan en las calles germanas, pero sí la conciencia de que quizá viven el mejor momento de su historia. Por Axel Kaiser, desde Alemania.


Para cualquier extranjero en busca de acción fuera de Berlín, el escaso ambiente de festividad en otros rincones de Alemania podría resultar algo decepcionante. A veinte años de la caída del muro, los alemanes, a excepción de los berlineses, no salen por miles a celebrar en las calles, no hay júbilo en el ambiente ni grandes discusiones sobre el tema en las plazas públicas o en los bares. Nada de ello significa, sin embargo, que la mayoría del pueblo alemán no experimente una genuina sensación de orgullo por estos días. Acá en Alemania, los ciudadanos comunes y corrientes, los políticos y los medios de prensa, no dejan de enfatizar que no fue la clase política, ni los militares, ni ninguna forma de poder convencional, lo que derribó al muro, sino el inquebrantable deseo de libertad de millones de personas que, arriesgando sus vidas, salieron a las calles para exigir el fin de la opresión.

Hoy, en Alemania, defender al régimen de la RDA es socialmente tan repudiable como defender al régimen nazi. Los alemanes no hacen mayor diferencia entre el totalitarismo marxista y el nacionalsocialista. El carácter criminógeno está en la esencia de ambos sistemas políticos e ideológicos y los alemanes lo saben mejor que todos. Por eso, tanto el partido nazi como el partido comunista están proscritos en este país. Como el nazi, el comunista fue prohibido en los 50 a instancias del entonces canciller Konrad Adenauer, máximo referente de la democracia cristiana mundial. No es menor el contraste con el rol histórico de nuestra DC que, encabezada por Frei Montalva, heredó el poder a los comunistas tras entregarle la presidencia de la República a Salvador Allende. Y hoy, mientras la DC alemana festeja el fin del comunismo, la chilena, liderada por Frei Ruiz-Tagle, se declara sucesora del gobierno marxista de Allende y abraza como socio al mismo partido que levantó el muro y la dictadura cuya caída celebran los alemanes.

Pero si bien el fin del comunismo es algo universalmente celebrado en la tierra de Hugo Boss y Karl Benz, el proceso de reunificación no se encuentra exento de críticas. Un estudiante de Medicina de la universidad de Heidelberg me recuerda que en estos 20 años Alemania Occidental ha transferido más de 1 billón de euros –1,4 billones, para ser exactos– a su contraparte del este para sacarla adelante. En facebook, me cuenta entre risas este futuro médico, existe un grupo que propone cambiarles a los franceses la ex Alemania del Este por Alsacia. Aunque de humor negro, la broma no deja de tener asidero en cierto sentimiento que recorre las prósperas regiones del oeste alemán. Pues aun cuando entre oriente y occidente ya no existe la diferencia de 4 veces en el ingreso per cápita que existía en 1990, todavía es posible advertir una desigualdad notoria en los niveles de riqueza entre ambas regiones. Pero más allá de los contrastes y las cicatrices de un pasado cuya carga emotiva aún se palpa en el ambiente, los alemanes, orientales y occidentales, en su mayoría creen que hoy están mejor que nunca. Y tienen buenas razones para ello, pues jamás la sociedad alemana ha sido más abierta ni ha gozado de mayor libertad y riqueza que en estos tiempos. La democracia y el capitalismo, siempre de la mano, llegaron para quedarse desterrando a las utopías. Hoy se habla de esfuerzo personal, trabajo y disciplina fiscal. Las ideologías, que prometiendo hacer del Estado un paraíso sobre la tierra sólo consiguieron convertirlo en un
infierno, parecen haber muerto definitivamente.

Instituto Democracia y Mercado.

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