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Los crimenes de Stalin

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A 80 años del inicio de la colectivizacion y el Gulag en la Union Sovietica, libros recientes abordan la figura del dictador, quien no hizo sino seguir el modelo de represion brutal iniciado por Lenin, que terminaria costando la vida de 10 a 20 millones de personas. Por Alejandro San Francisco.


A mediados de 1929 el gobierno soviético decidió reformar su sistema de cárceles, para adaptarlo a las nuevas circunstancias emanadas de la revolución de 1917 y también del aumento de la población penal, producto de la represión iniciada contra un vasto conjunto de opositores y hombres calificados de peligrosos por diversas razones. Se crearon así los campos de concentración, campos correctivos de trabajo, también destinados a tener fuerza laboral no voluntaria en la industria o el agro (esclavos, les llamaron algunos), así como personas útiles para poblar algunas de las zonas más deshabitadas del país.

Como sostiene el historiador Oleg V. Khleviniuk, esa reforma no habría pasado de ser una medida administrativa si no se hubiera iniciado, el mismo año 1929, el proceso de colectivización forzada del campo, una de las medidas más radicales y dramáticas de la dictadura comunista (The history of the Gulag). Lo que pretendía el sistema era acabar con las pequeñas propiedades privadas que habían sido parte de las transacciones de 1917 para obtener el apoyo de los campesinos al movimiento bolchevique, así como para terminar definitivamente con pequeños productores privados que lucraban con la agricultura. Así resumió la situación Stalin, quien gobernó con mano de hierro la URSS entre 1924 y 1953: “ahora tenemos la oportunidad de llevar a cabo una decidida ofensiva contra los kulaks (terratenientes), quebrantar su resistencia, eliminarlos como clase y reemplazar su producción con la producción de los koljoses (cooperativas) y sovjozes (explotaciones agrícolas estatales)... Cuando se corta la cabeza, nadie se lamenta por el pelo”. En efecto, la colectivización estaba asociada a los arrestos masivos, ejecuciones y deportación de campesinos.

Las consecuencias de la colectivización fueron impresionantes en números y en circunstancias. En el momento más dramático de la crisis agraria murieron ¡de hambre! entre seis y siete millones de personas, según estiman algunos estudios. Algunas obras literarias rusas hablan de las prácticas de canibalismo derivadas de la locura que había producido la hambruna generalizada. Stalin siguió firme hasta el final, convencido de que era necesario apartarse de la debilidad de los grupos más tibios dentro del partido, así como también superar la incapacidad de Lenin para resolver el asunto de los campesinos de acuerdo a los principios comunistas.


El Gulag

Gulag es un acrónimo ruso de la Dirección General de Campos de Trabajo que existió en la Unión Soviética y cuyas dimensiones eran casi similares al territorio total de la URSS. La palabra fue popularizada por el escritor Alexander Solzhenitsyn en su ensayo de investigación literaria titulado precisamente Archipiélago Gulag, obra publicada tras muchas dificultades y que cuenta con casi tres mil páginas. El autor, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 1970, fue uno de los millones de visitantes de los campos de concentración y de las cárceles soviéticas, como narra de manera a la vez literaria y autobiográfica en obras como El Primer Círculo o Un día en la vida de Iván Denisovich.

Recientemente, Anne Applebaum ha publicado un excelente estudio sobre el tema, que trabaja de manera profunda, sencilla y llena de información lo que fueron los años de la larga represión post revolucionaria. Se trata de revisar cárceles, procesos, condenas, la vida cotidiana en los campos, con la presencia tanto de los presos como de sus cuidadores, la situación de las mujeres y niños, así como los momentos más duros de la dictadura de Stalin y luego, las etapas de deshielo. La autora hace un gran esfuerzo estadístico, busca precisar números de presos y las situaciones más repetidas, pero concluye con un reconocimiento de la propia imposibilidad de responder a la pregunta que más se le hacía: “¿cuántas personas murieron innecesariamente como resultado de la revolución bolchevique?” Es decir, de guerra civil, hambrunas y ejecuciones en masa. Las cifras bordean los 10 millones por abajo y sumas que se empinan sobre los veinte millones por arriba, aunque probablemente nunca se sabrá con exactitud (Gulag, p. 582).
En cualquier caso, el Gulag parece superar la capacidad de comprensión de los humanos y sus resultados se extendieron por mucho tiempo.


De Lenin a Stalin

Tres años después de la muerte de Stalin, el nuevo jerarca bolchevique Nikita Kruschev denunció los crímenes de Stalin en el famoso Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la URSS. En el discurso secreto denunció el “culto a la personalidad” que habría producido muchos males, así como también condenó las muertes provocadas por Stalin no solamente contra sus enemigos tradicionales sino también contra los propios comunistas, cuyas purgas significaron la desaparición de figuras emblemáticas que incluso habían sido parte importante de la revolución en 1917. Kruschev estimaba que había que volver a los principios leninistas y al ejemplo dejado precisamente por Lenin.

El líder de la revolución de octubre era un personaje complejo, sin embargo. Quizá su moral podía resumirse de la siguiente manera: si las cosas sirven a la revolución, se hacen; de lo contrario, se evitan. Era un genio político, gran pensador revolucionario y actor protagónico en los éxitos que condujeron al primer gobierno comunista de la historia. Pero era un hombre resuelto, duro, sin contemplaciones. Así escribía Lenin en 1918, sobre la “última batalla decisiva contra los kulaks” en una carta a los bolcheviques:

“Es necesario dar un ejemplo:

1. Ahorcar (y asegurarse de que se haga a plena vista de todos) a un mínimo de cien kulaks ricos y explotadores conocidos.

2. Publicar sus nombres.

3. Requisarles todo el grano que tengan.

4. Designar rehenes de acuerdo al telegrama de ayer.

Hacerlo de tal modo que en cien kilómetros a la redonda la gente pueda ver, temblar, saber, gritar: están ahorcando y ahorcarán a los kulaks explotadores.

A la recepción del telegrama, puesta en práctica. Vuestro, Lenin.


Buscad gente dura de verdad”.

Sin comentarios.

Si bien Stalin se caracterizó por su brutalidad y extremismo en la aplicación de las medidas, lo cierto es que no inventó nada sino que, por el contrario, resultó un discípulo aventajado de Lenin. Como ha sostenido Robert Service, biógrafo de ambos, “no debe olvidarse lo mucho que Stalin había aprendido y heredado de Lenin. Las ideas de Lenin sobre la violencia, la dictadura, el terror, el centralismo, la jerarquía y el liderazgo formaban parte integral del pensamiento de Stalin, y además Lenin había legado los medios para el despliegue del terror a su sucesor. Stalin no era el que había inventado la Checa (policía secreta soviética), los campos de trabajos forzados, el estado de partido único, los medios de comunicación controlados, la arbitrariedad administrativa legalizada, la prohibición de las elecciones libres y populares y la prohibición de la disidencia en el seno del partido. Lenin había puesto en práctica el terror de masas durante la guerra civil. Por algo Stalin se llamaba a sí mismo el discípulo de Lenin” (Historia de Rusia en el siglo XX, pp. 219-220).

El problema era muy claro, pero también complejo y dramático: el siglo del totalitarismo había comenzado, y la sangre y la muerte serían parte insustituible del desarrollo de la primera revolución comunista que había triunfado en la historia.


Gulag. Historia de los campos de concentracion sovieticos. Anne Applebaum (Barcelona, Debate, 2004).

Libro muy bien documentado, con una investigación rigurosa que se propone desentrañar la historia de los campos de concentración soviéticos, su legado y también la vida al interior de ellos. La autora confiesa que una de sus motivaciones para escribir la obra era la falta de sensibilidad que había percibido sobre el terror estalinista y, en general, la historia del comunismo en el siglo XX. La autora compara en alguna medida el sistema soviético con la Alemania de Hitler, enfatizando que los enemigos del comunismo eran mucho más amplios e imprecisos que los de los nazis (fundamentalmente, los judíos). Agrega que el principal propósito del Gulag era económico.


Un dia en la vida de Ivan Denisovich. Alexandr Solzhenitsyn (Barcelona, Tusquets, 2008).

Este libro, recientemente reeditado, es de evidente contenido autobiográfico. Como su nombre lo indica, narra exactamente un día cualquiera en la vida de un preso común de los campos de concentración soviéticos, desde el amanecer hasta la noche. Se pueden apreciar la “economía” que desarrollan al interior del presidio, las relaciones entre los condenados y las de éstos con los guardias, la lista de trabajos y castigos, las razones y recuerdos. Un libro sencillo y notable, que se relaciona por su estilo y significado con ese gran monumento que es El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.


Stalin. Una biografia. Robert Service (Madrid, Siglo XXI Editores, 2006).

Quizá el gran “sovietólogo” del mundo, Service – profesor de la Universidad de Oxford – es también uno de los biógrafos fundamentales de las grandes figuras del comunismo ruso, como fueron Lenin, Trotsky y Stalin. A este último lo intenta desentrañar en más de setecientas páginas, en las que la vida del dictador se va confundiendo con la historia del comunismo antes de la revolución de 1917; luego aparecen los difíciles años y sus complejas relaciones con Lenin, hasta la consagración como su sucesor después de 1924, debido a su decisión y capacidad de ir superando a sus adversarios más poderosos. Una biografía extraordinaria, por su nivel de detalle combinado con una narración fácil y contextualizada con la dramática primera mitad del siglo XX en Rusia y en todo el mundo.
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