Revista Capital

En busca del rey de Twitter

¿Quién es la rubia popular de las redes sociales? Con esta pregunta, el decano de la Facultad de Comunicaciones de la UC, Eduardo Arriagada, puso en marcha un proyecto que pretende descubrir quiénes son aquellos tuiteros que tienen más fuerza en diferentes ámbitos: religiosos, empresariales, ambientales y políticos.

El pasado 1 de noviembre, un equipo interdisciplinario integrado además por los cientistas sociales Sebastián Valenzuela y Javier Vásquez, los comunicadores estratégicos Macarena Ortiz, David Osorio y Francisco Dagnino y los ingenieros Cristián Huepe, Jorge Gálvez y Diego Gómez, comenzó a analizar cinco temáticas: el financiamiento de la visita del Papa; la discusión de la despenalización del aborto en tres causales; la crisis de Enel tras la nevazón y el corte de electricidad; el viaje de los ejecutivos de AFP Capital, y el período post primera vuelta presidencial.

“La hipótesis es que con ciertas variaciones, todo estímulo comunicacional de redes funciona igual: un par de creadores, algunos amplificadores y muchos que reciben el mensaje. A partir de esto podemos determinar cuánto demora una información en llegar, por qué un caso tomó un día en fluir, otro horas y otro semanas”, explica el académico Sebastián Valenzuela.

Una vez que la universidad recopile todos los datos –para eso tiene una alianza con AnaliTIC–, el físico Cristián Huepe aplicará diferentes algoritmos para hacer un análisis estadístico a los datos recopilados.

En mayo presentarán los resultados del estudio que dará pie a la creación de un laboratorio de redes sociales que se dedicará a analizar distintas crisis tanto a nivel público como privado.
“Queremos conocer cómo funcionan los chilenos en las redes, los políticos, los periodistas, qué tipos de conductas tienen y tratar de asociar las que son parecidas”, dice Valenzuela.

¿Qué hace que un nodo (una persona de internet) sea más valioso? El número de seguidores, pero también cómo se relacionan con ellos. “Cuando ME-O era cool, tenía el mismo número de seguidores que Nelson Ávila. Los de ME-O eran fans y los de Ávila eran trolls”, explica Arriagada.

ADN

El proyecto tiene dos orígenes. El primero es de 2012, cuando el físico chileno Cristián Huepe decidió aplicar a la información falsa sus conocimientos en teoría de redes y sistemas complejos, que hasta entonces había usado para entender fenómenos de la naturaleza como el movimiento de las bandadas de pájaros. Utilizando una serie de algoritmos describió matemáticamente la posverdad en un paper con el físico Thiolo Gross, del Instituto Max Planck en Alemania.

Luego, en 2013, el investigador de la U. de California Martin Hilbert, con un equipo de académicos de la Facultad de Comunicaciones UC, analizaron nueve proyectos de inversión con efectos medioambientales que generaron conflicto: la hidroeléctrica Alto Maipo, Central Mediterráneo, HidroAysén, Santa Bárbara, Central Pangue, Pascua Lama, Dominga, Central Bocamina y potencia térmica Puerto Ventanas. En todos ellos, Hilbert reconoció la existencia de cuatro tipos de usuarios: las voces, cuentas de Twitter de ONG, instituciones o personas de a pie que hacen activismo puro y duro; los medios (de comunicación); los amplificadores, personas que no tienen que ver con el movimiento pero sí muchos seguidores (celebridades, políticos, etc.); y los participantes o seguidores que enviaron al menos un mensaje en la red social.

La investigación determinó que los nueve casos tenían algo en común: las voces y amplificadores fueron capaces de modificar la discusión en las redes sociales. Y también dejó en evidencia que el activismo medioambiental no está limitado por un tema geográfico, sino de interés.

“Nos dimos cuenta de que si bien existe esta dinámica, no siempre la cadena funcionaba unilateralmente. En algunos conflictos la labor de los medios era innecesaria, en otros, la información no llegaba a los seguidores aun cuando estos la hubiesen amplificado. Una de las cosas que vimos es que el momento del conflicto era clave: los casos desatados son distintos a los latentes”, asegura Valenzuela, y agrega: “Casos del mundo privado y público tienen dinámicas de red que no están estudiadas y cuyos conflictos se podrían reducir si tuvieran un monitoreo sistemático que entienda la lógica”.

Lo que viene

“Las empresas están bastante asustadas por caídas fuertes de reputación en las redes sociales porque una vez que la agarran contigo, no hay cómo convencerlos de que esos datos pueden ser falsos”, dice Cristián Huepe. Por eso, dice, el fin del proyecto es ayudar a la difusión justa de la información, que no es lo mismo que limpiar la imagen.

“Yo no soy ni creyente, pero me parece justo, por ejemplo, que en el caso de la visita del Papa, los mensajes no se basen solo en la pedofilia o el costo del viaje. A partir de Twitter se puede ver qué comunidades están tuiteando cosas negativas, cuáles podrían ser receptivas a mensajes y conversar con aquellas que revuelvan más la baraja”, explica.

El costo del nuevo laboratorio es de unos 30 millones de pesos, lo que incluye la compra de herramientas para recoger y procesar la información y la contratación de especialistas que analicen los datos. La idea es que se financie mediante consultoría a distintos organismos.