Coffee Break

Ya no es sorpresa

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La elección de un sauvignon blanc como el mejor vino del concurso Wines of Chile causó asombro, pero hace tiempo que la cepa está dando que hablar.

Los concursos de vinos son tan sospechosos como los premios literarios o los festivales de cine. Por una razón que es inherente a estas competencias, los ganadores de tales certámenes nunca convencen a todo el mundo. Quizá sea la típica mala onda ante el éxito, pero cuando Quentin Tarantino ganó la Palma de Oro en Cannes la mayoría del público pifió. Y sucede que se llevó el trofeo por una cinta que hoy pocos descalificarían: Pulp fiction.

En el mundo del vino, aunque las viñas pongan cuanta medalla ganen en la etiqueta, son pocos, por no decir ninguno, los concursos que se respetan. El 99 por ciento de los periodistas de vinos no los consideran, a menos, claro, que sean invitados como parte del jurado. Pero eso es otro cuento.

Uno de los pocos concursos en el país que aún se siguen con detención es Wines of Chile. Aunque lleva apenas cuatro versiones, eso le ha bastado para marcar tendencia. Por ejemplo, fue el primer certamen que premió a un syrah de valle fresco, el ahora famoso Falernia de Elqui. Y en su última versión dio un publicitado golpe a la cátedra al coronar como mejor vino de la competencia a un sauvignon blanc. Sí, un vino blanco en un país inevitablemente conocido por sus tintos.

La verdad, no es novedad que un blanco esté entre los mejores vinos de Chile. Hace tiempo que el sauvignon blanc de Casablanca y San Antonio viene demostrando una calidad de primera clase. En sus más logrados casos nada tiene que envidiarle a los a veces sobrevalorados exponentes neozelandeses. Por supuesto, una cosa es lo que piensen dos o tres periodistas chilenos y otra, lo que decide la industria. Por eso es importante el premio, porque consagra un hecho que era obvio para los expertos locales, pero que todavía debe dar un trecho para ser aceptado en el extranjero.

El ganador de Wines of Chile 2007, que contó con un jurado de lujo compuesto por periodistas especializados de Estados Unidos, fue el Reserva 2006 de Casas del Bosque, una viña que lleva una larga trayectoria haciendo sauvignon blanc de gran nivel en Casablanca. Pero este vino, que es un gran vino, es solo la punta del iceberg de una masa de buenos ejemplares de la cepa blanca que pueden encontrarse en el país. Podrían haber muchos más –y eso es probablemente lo que nos falta para dar el golpe final–, pero lo que hay, no es poco y en conjunto resulta bastante meritorio, si no excepcional. Terrunyo, de Concha y Toro, Medalla Real de Santa Rita, Cipreses de Casa Marín, Single Vineyard de De Martino, El Noble de Villard, Garuma de Leyda o 20 Barricas de Cono Sur son algunos de los nombres que me vienen a la cabeza.

La gracia es que hay mucho todavía por hacer y por descubrir. El potencial de la cepa en Casablanca y San Antonio da para soñar. Sin ir más lejos, hace poco tuve la oportunidad de probar dos vinazos de Casablanca de la viña Quintay, que recomiendo a ojos cerrados.

El primero es Quintay Clava 2006. De un color amarillo plateado, tiene una nariz equilibrada, con notas cítricas, fruta blanca y un toque tropical. Al mover la copa aparece un agradable matiz mineral, pedroso. Me recuerda a la cáscara de limón, la manzana verde y esos duraznos rojos, de los que llamaban hace una década “pelados”. En boca es fresco, vibrante y juvenil, sin ostentación. De verdad es un blanco muy agradable, que no se complica la vida. Festivo, honesto, vendría muy bien con comidas peruanas, una corvina a la chorrillana o una causa limeña, por ejemplo. O por la tarde, como aperitivo, no necesita nada más que un buen queso de cabra y unos amigos… y a disfrutar.

El otro es Sauvignon Blanc 2006 Quintay, menos pretencioso, pero igualmente satisfactorio. De color amarillo pajizo, limpio, con brillos plateados, en nariz tiene una exuberante nota herbácea, a puerro y cebollino, junto a un aroma irresistible a fruta blanca como pera y algo de lima. Si dejan el vino un rato en la copa comienzan a aparecer unas notas a piedra y tierra, que –a riesgo de sonar siúticos– recuerda al polvo de un pueblo de la zona central.

En boca es de acidez balanceada, más amable que crujiente, pero de todos modos refrescante. Tiene algo mineral que trae a la memoria el agua de vertiente. Por ese precio es de lo mejor que he probado últimamente de la variedad en Casablanca. Piensen en ostras frescas, centolla o locos con mayonesa.

Como sea, el sauvignon blanc chileno se puso pantalones largos hace rato, y es hora de celebrar.

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