El color de la sangre - Revista Capital

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El color de la sangre

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"Me llamo Rojo", de Orhan Pamuk, es una novela formidable. Uno de esos libros que tiene altas probabilidades de convertirse en clásico.

Una de las tentaciones que acecha al comentarista es apostar por la perdurabilidad de una obra. Muchas novelas que hace cinco décadas eran consideradas cumbres universales, hoy con suerte acumulan polvo en librerías de viejo. Sin embargo hay libros que valen el riesgo. A menos que suceda una calamidad, Me llamo rojo es uno de aquellos títulos que seguramente serán citados en 50 años o más.

La novela de Orhan Pamuk fue publicada en su idioma original en 1998 y se edita ahora en español a propósito del Nobel que ganó el autor turco en 2006. Es un novelón de casi 600 páginas y tiene tantos narradores como protagonistas. Son 59 capítulos escritos en primera persona, a la manera de los relatos orales, por una veintena de personajes distintos, incluyendo muertos y vivos, un caballo, un perro, un árbol y hasta un color.

Ambientada en Estambul en el siglo XVI, posee una estructura que puede descolocar, porque si bien formalmente se lee como una narración moderna, también está enraizada en costumbres y modos de Oriente, como la milenaria tradición de contar cuentos. El Islam es una presencia avasalladora y no hay actividad pública o privada donde la religión no ponga su ojo. Sin embargo, la vida que pinta Pamuk de la metrópolis turca de hace cinco siglos está lejos de la imagen que suele asociarse a las sociedades teocráticas. En sus casas, los ciudadanos musulmanes disfrutan el sexo, trabajan y crían a sus hijos como en cualquier suburbio cristiano. Tratan de ser felices, sin ofender a Dios ni a sus vecinos. Los que crean que el Islam es una amenaza a las libertades individuales, como planteaba Oriana Fallaci, deberían leer este libro.

Antes de optar por las letras, Pamuk deseaba ser pintor y en este relato el autor esboza la terrible contradicción que finalmente originó el declive de la pintura islámica. La tradición musulmana consideraba que la representación realista era un pecado, pues podía inducir a pensar que el artista era un creador, cuando solo Dios lo es.

El estilo, que los occidentales siempre han valorado, para los seguidores estrictos de Mahoma revelaba un error del ego. La ceguera significaba el ideal máximo de un pintor, obligado así a pintar de memoria, sin modelos. Me llamo rojo se ubica en el período de auge de los ilustradores o miniaturistas, cuyos dibujos servían para adornar los libros, un arte excepcional originario de Persia. La perspectiva estaba prohibida, al igual que el retrato. Ambas cosas eran consideradas diabólicas, pero así y todo lograron obras de una belleza imperecedera, muchas de las cuales sucumbieron en las recientes guerras de Afganistán e Irak.

En la novela el sultán, impulsado por un editor que admira la escuela veneciana, decide encargar secretamente un libro a los mejores ilustradores de Estambul, con imágenes nunca vistas. Surgen rumores de que la obra es blasfema y uno de los artistas es asesinado. Comienza entonces un relato de suspenso, digno de la mejor tradición detectivesca, a la vez que una reflexión sobre el arte y la religión y una sufrida historia de amor con episodios de erotismo desatado.

Se ha comparado esta novela irrepetible con García Márquez, pero está mucho más cerca de la imaginación de Borges –hay una cita al Aleph– que de los artificios del realismo mágico.

A partir de un hecho de crónica roja, Pamuk aborda la paradoja del arte turco –y en cierta forma del mundo islámico- que hoy posee una urgencia dramática: aceptar la modernidad y perder parte de su esencia o encerrarse en la tradición y optar por decaer.

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