Poco y nada - Revista Capital

Coffee Break

Poco y nada

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Todo lo que pudo haber de inspirado y personal en las dos primeras películas de Sofia Coppola, ha terminado disipándose en la tercera, “María Antonieta, la reina adolescente”.

La decepción con que ha sido recibida a todo nivel la última película de Sofia Coppola no tiene nada que ver con sus eventuales licencias o impunidades históricas. Tampoco con la airada reacción de los franceses, tradicionalmente acostumbrados a rechazar intromisiones foráneas en temas, situaciones y personajes sobre los cuales sienten tener derechos patrimoniales exclusivos. No, las debilidades de la película no van por ahí y, antes que nada, son de orden dramático y emocional.

Dramático, porque la cinta muestra mucho y cuenta poco. Aunque Sofia Coppola tuvo el enorme privilegio de filmar en Versalles –un decorado incomparable y espléndido– el guión de la película nunca se compromete con un eje coherente y poderoso en su aproximación al destino trágico de la protagonista. Es cierto que insiste una y otra vez en que se trataba de una niña que nunca tuvo plena conciencia del rol histórico que estaba llamado a cumplir –sellar la alianza de los Habsburgo con los Borbones, según las instrucciones de su madre, la emperatriz María Teresa de Austria– pero ya a los 30 minutos de proyección se hace evidente que el ángulo del puro infantilismo y la inmadurez es insuficiente para sostener la película. Los relatos necesitan conflicto. Tratándose de una realizadora que filmó una de las cintas más entrañables y tristes sobre las confusiones y los dolores propios de la adolescencia –Las vírgenes suicidas, de 1999– ese reduccionismo es doblemente lamentable. Las adolescentes pueden efectivamente ser, como la María Antonieta retratada aquí, taimadas, caprichosas, mimadas e incluso estúpidas, pero si lo son a menudo es por razones que no solo les conciernen a ellas sino también a los demás.

Más extraño todavía es que la directora no se la juegue por su protagonista en términos afectivos. La cinta de hecho nunca deja en claro si se trata de una víctima o una victimaria. Hay algo patéticamente detestable en su personaje, en los énfasis empalagosos de Kirsten Dunst, y ese algo –la frivolidad, la tontería, el fastidio o el derroche– por lo bajo exigiría un rosario de explicaciones. ¿Fue esa su manera de fugarse ante un entorno asfixiante? ¿Fue esa la vía que ella encontró para compensar la hostilidad de la corte y la indiferencia de su marido? La cinta no se pronuncia y, peor que eso, tampoco tiene una mirada adulta y compasiva al respecto.

Cuento aparte es que las percepciones de la cinta sobre el momento político y la crisis de la monarquía francesa de fines del siglo XVIII estén más próximas a la patanería de una teleserie que a la lucidez histórica que el proyecto requería. En eso los franceses tienen alguna razón. Alguna. La película en este ámbito es francamente ramplona y, además de no situarse nunca en el contexto de la época, pasa por alto la dimensión trágica y crepuscular tanto de la reina como del mundo que ella representaba.

El único ámbito donde Sofia Coppola asume riesgos importantes es en la banda sonora. Es también el único donde los saldos de la película no son en rojo. La secuencia del baile nocturno de disfraces en París –con el sonido de Siouxsie and The Banshees saturando los parlantes– es quizás uno de los pocos momentos que salva a la obra del lugar común, el sopor o el olvido. Se dirá que es poco, y ciertamente lo es. Pero es preferible al resto, que es nada.

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