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Valdivia: el año del estirón

Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)

 

Siempre se habla de la importancia cultural de los festivales de cine, pero muchas veces es más ruido que nueces. La nueva edición del certamen fílmico sureño ayudará a despejar las dudas. Por Christián Ramírez.


Cuál es la utilidad de un festival de cine? Depende. A veces, son instancias para que los miembros de la industria se soben la espalda entre ellos; en otras ocasiones funcionan como “publicidad cultural”. Los más antiguos y prestigiosos se han transformado en verdaderos barómetros del estado del formato audiovisual en el mundo. Algunos se hacen a la medida de los cineastas; otros, siguiendo los gustos del público… Para sacar mejores conclusiones, habría que afinar la pregunta: ¿para qué sirven en Chile?

Aquí hemos pasado por casi todos los modelos: festivales que funcionan como resumen del año fílmico -el clásico Cine UC-; los dedicados a un género en particular, como el documental, en el caso del vital Fidocs; los de carácter regional (el ejemplo más reciente es el de Rapa Nui) y también los centrados en las relaciones públicas, como le ocurrió al Festival de Cine de Viña durante largos pasajes de los años 90.

Todos cumplen su papel, pero –salvo por el Fidocs- invariablemente funcionan como muestras y repasos de algo que ya fue. Sus secciones competitivas suelen ser muy débiles y para qué hablar del material nacional: siempre queda sepultado entre las novedades internacionales. Así le ocurrió a Navidad, de Sebastián Lelio, que pasó inadvertida entre las decenas de películas del Sanfic: su público se dispersó cuando más lo necesitaba y la cinta salió de cartelera a la semana siguiente.

El ideal, en nuestro caso, sería tener un festival capaz de ir un paso adelante, detectar tendencias y conseguir algo crucial: poder imaginar el porvenir de nuestro medio.

Desde hace un tiempo, el Festival de Cine de Valdivia (FICV) –que se extiende entre el 15 y el 20 de octubre- venía cumpliendo con creces los dos primeros objetivos pero, a juzgar por cómo viene su versión número 13 (tercera a cargo de la nueva dirección), su chance es buena para comenzar a pensar en términos de futuro audiovisual. Un futuro que funcione de acuerdo a nuestras propias necesidades y no al gusto de las políticas culturales de turno, la veleidad de las modas o la buena voluntad de las distribuidoras (que demasiadas veces han usado el adjetivo “cine arte” para vendernos lo que les sobra).

 

 


Independencia

Huacho

Ne change rien

 


Fortalezas sureñas

 

En ningún caso se trata de un modelo para un festival perfecto, pero hay varias pistas que apuntan a la buena salud de este Valdivia 2009:


Todas las películas de la competencia fueron producidas en 2009 y varias son premiere latinoamericanas (Independencia, de Raya Martin; La Pivellina, del dúo Covi y Brimmel, ambas lanzadas en Cannes) y algunas estrenadas mundialmente hace menos de un mes (como El vuelco del Cangrejo, del colombiano Oscar Ruiz Navia).

• La calidad de los visitantes: el animador y cineasta Bill Plympton (del que se ofrece una retrospectiva); la cineasta argentina Celina Murga (Ana y los otros); el crítico canadiense Mark Peranson.

• La actividad editorial: este año se presentan tres libros, incluyendo uno del crítico y colaborador de Scorsese, Kent Jones (quien viajará especialmente).

• Los encuentros para cineastas (como el Foro de inversiones de coproducción y la sección de Work in progress, para películas aun no estrenadas).

 


La Pavellina

Victor Erice


Ahora bien, todo esto no tendría mucho sentido sin una cualidad que sus programadores (los que seleccionan las películas) han demostrado tener en grado superlativo: la capacidad de conseguir que las películas dialoguen entre sí. Que la visión de una sea completada por las otras.

Y ojo, que eso es muy difícil. Eventos mucho más grandes y ambiciosos, como el Sanfic, todavía luchan por dejar de parecer una colección de estrenos de multicine, en circunstancias de que el pequeño FICV aún puede observarse como un todo. Así, la selección de clásicos que cerraron la Nueva Ola francesa podrá leerse a la luz de la vanguardia contenida en la siempre excelente sección Nuevos Caminos; y la invaluable muestra de Víctor Erice (el mejor cineasta español vivo) se podrá contrastar con los trabajos del mejor de los nuestros, Ignacio Agüero.

Si esto no es un paso más para pegar el estirón –como industria, como espectadores, como artistas-, la verdad no sé que podría ser.

 

 

10 esenciales del FICV 2009

1. Huacho (2009), de Alejandro Fernandez. El mejor filme chileno del año. Inexplicablemente ignorado por nuestros distribuidores.

2. Ne change rien (2009). La nueva película del extraordinario Pedro Costa. De visión obligatoria.

3. In comparison (2009). La última cinta de Harun Farocki, leyenda de la vanguardia alemana.

4. Independencia (2009), de Raya Martin. Parte de la selección oficial de Cannes 2009.

5. La Pivellina (2009), de Tiza Covi y Rainier Frimmel.
Debut narrativo de dos documentalistas de excepción. También presente en Cannes 2009 (Un certain regard).

6. La mama de mi abuela le contó a mi abuela (2005), de Ignacio Agüero. Obra maestra que merece mayor difusión.

7. El sol del membrillo (1992), de Victor Erice. Uno de los filmes más hermosos jamás realizados en español. Verla en copia de cine será un lujo.

8. El rojo esta en el aire (1977), de Chris Marker.
Reflexión mayor acerca de las revoluciones del siglo XX. Hasta Chile sale en el baile…

9. Mossafer (El viajero, 1974), el debut narrativo del iraní Abbas Kiarostami.

10. Mes petites amoreuses (1974), de Jean Eustache. El inolvidable clavo en el cajón de la Nouvelle Vague.

 

 

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