Bienvenido, te encuentras en Inicio arrow Panoramasarrow Un filme enorme

Herramientas

Imprimir este artículo

Comentar esta nota

Enviar a un amigo

Suscribir Sección vía RSS

Compartir Link Facebook Link Twitter

Califica este artículo


0 Votaciones

Otros artículos de la sección:

Panoramas
Un filme enorme

Artículo correspondiente al número 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)

¿Para qué ir al pasado en busca de obras maestras? El cine todavía es capaz de conseguir unas cuantas, y pocas como La cinta blanca, de Michael Haneke. Por Christian Ramírez

 

 

¿Para qué ir al pasado en busca de obras maestras? El cine todavía es capaz de conseguir unas cuantas, y pocas como La cinta blanca, de Michael Haneke. Por Christian Ramírez

 

 

Hubo un tiempo (qué lejos parece) en que la discusión sobre quién era el mejor director del mundo valía de algo. En esa época –fines de los años 60, principios de los 80- uno podía elegir entre Antonioni, Bergman, Coppola, Truffaut, Kurosawa o algún otro, y al tomar partido no se pasaba vergüenza. De verdad que hacía sentido. No por nada esos nombres todavía continúan siendo referentes válidos a la hora de hablar de séptimo arte. Pero, ¿quieren que sea franco? A mí, ellos y todo ese asunto me huelen a puro siglo XX.

Si tuviera que jugarme por la validez de sus respectivas obras en el contexto actual, no hay problema; pero lo haría como apostando por un libro de Borges, una sinfonía de Bruckner o una canción de Elvis. Mirando hacia atrás. Porque si se tuerce la vista hacia adelante, la perspectiva cambia: lo que hay es el predominio absoluto del audiovisual –como nunca en la historia-, pero ninguna cabeza capaz de llevar la antorcha, de entregar perspectiva al mundo digital donde Avatar y la cinta indie bajada de Internet conviven, perplejas, una al lado de la otra.

Quizás por ahora sea mejor no ir por ahí, anhelante, buscando dentro de este nuevo mundo a los próximos Orson Welles. Sin embargo, la tentación de hacerlo vuelve cada vez que una obra de respetable tamaño se asoma en el horizonte. Lo discutía en estas mismas páginas el año pasado a raíz de la formidable Un hombre serio (2009), de los hermanos Coen. Basta verla para darse cuenta de que se está delante de algo especial. Algo parecido ocurre con La cinta blanca (2009), el enorme filme del austríaco Michael Haneke.

Sea prestada, comprada en DVD o Blu Ray–porque su fecha de estreno en Chile, como ya nos hemos ido acostumbrando, aún es incierta-, Das weisse band o The white ribbon, como reza su título en inglés, casi parece un filme a la antigua, conducido por la misma ambición que alguna vez motivó el Novecento, de Bertolucci; Las reglas del juego, de Renoir; Alemania año cero, de Rossellini. ¿Todavía se hacen películas así? Claro, y en muchas partes. Sólo que hace mucho tiempo que una película no aspiraba a generar un eco tan grande y que, de algún modo, lo consiguiera.

Filmes de similar tamaño y belleza se habían desgranado en los últimos años –Yi Yi (2000), de Edward Yang; 10 (2002), de Abbas Kiarostami; Inland empire (2006), de David Lynch-, pero ninguno como La cinta blanca consiguió hacerse con la Palma de Oro en Cannes (en 2009) o ser celebrada por los Globos de Oro, estrenada en cines comerciales de EEUU e incluso estar a punto de ganarse el Oscar 2010 a mejor película extranjera (si no hubiera sido por la emotiva y “preenvasada” El secreto de sus ojos).

Ambientada en torno a unos extraños crímenes que asolan un pueblo austríaco a principios de 1910, la cinta explora con controlada pasión el tema que Haneke no se cansa de exponer en sus películas: los límites de la tolerancia. Las estrategias que discurrimos para conseguir soportarnos como sociedad, la violencia que aflora cuando ya no es posible tolerar nuestro desequilibrio o cuando intentamos volver a recuperarlo.

En Código desconocido (2000) y Caché (2005) –las secciones iniciales de una suerte de trilogía paneuropea que ahora se completa con La cinta blanca-, el realizador se ofrecía gustoso a entregarnos señales vivientes de aquel permanente estado de inquietud, pero al estar ambientadas a fines de siglo, el espectador inconscientemente las asimilaba a sus propias certezas, preocupaciones y fragilidades, restándoles alcance.

Y ello es imposible de cara al mundo entre agrario y feudal que envuelve a los personajes de La cinta blanca, en vísperas de la primera guerra mundial. Todos los horrores que vendrán están contenidos y expresados con una parsimonia digna de un novelón de Thomas Mann, cocinándose como dentro de una olla a presión. La sensación de ser testigo de ese proceso se vuelve abrumadora, a medida que la trama va desenredándose; pero más sorprendente es la impresión de sentirse hijo y vehículo de esa ola imparable.

Es la marca de la obra de arte mayor. Que Haneke lo consiga en estos tiempos fragmentarios y antiautorales la vuelve más grande todavía.

Trilogía paneuropea

1. Código desconocido (2000)


2. Caché (2005)


3. La cinta blanca (2009)

Comenta este artículo

Nombre
:
Email
:
URL
:
  (Opcional)
Código Verificación Capital.cl

Comentarios

0 Comentarios

 
IAB ChileCertifica.com