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Todo cambia, nada cambia

Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)

 

¿Cómo es que Huacho, la mejor película chilena del año, todavía no tiene sala para estrenarse? ¿Tan mal estamos? Por Chistián Ramírez.


Así de mal.

Huacho, el primer largo de Alejandro Fernández, es una película tremenda. De las más hermosas en la historia del cine chileno. Y ahí está: sin poder llegar a los cines ni al público. La razón: aunque parezca increíble, no tiene distribuidores interesados, lo que -comercial y mediáticamente- la deja en el limbo.

Hasta ahora, Fernández ha exhibido la cinta en universidades y en diversas muestras a lo largo del país -la última fue en el Festival de Valdivia, en dos funciones a sala repleta- y eventualmente la estrenará en Chile, aunque tenga que distribuirla él solo; pero la sensación de que Huacho fue pasada por alto en su propia patria ya se instaló. Peor: la impresión es que, al menos económicamente, la película fue mandada al exilio; a batirse por las suyas allá afuera. Y no la ha ido mal. En noviembre se estrena en Francia, y luego en Alemania, Austria y Bélgica.

¿Y en Chile?

No deja de ser patético que esto le ocurra a un filme que contiene dentro de sí preocupaciones que por años han rondado por la cabeza de nuestros mejores cineastas: el contraste campo-ciudad, la dinámica de las familias, la obsesión por el paisaje, nuestra histérica asimilación de la modernidad, la escasa movilidad social, la sensación de que todo cambia a nuestro alrededor y, claro, la certeza de que -después tantas vueltas- todo sigue igual.

Huacho relata lo que ocurre en un día cualquiera en la vida de una familia rural en las cercanías de Chillán. La abuela hace sus quesos, que luego vende durante la tarde en la carretera. La mamá trabaja como cocinera en un restaurante típico y pide permiso para ir a devolver un vestido a una multitienda de la ciudad. El hijo va al colegio y luego hace hora gastándose sus monedas en los video-juegos. El abuelo recorre un largo terreno a su cuidado, reparando las cercas en mal estado. Padre no hay por ningún lado.
Lo que sí hay es la visión de una tierra en permanente tránsito, donde las carretas coexisten con las 4x4, la TV abierta con las películas pirateadas, el rumor de clases con el de los celulares, los mp3 con la radio a pilas y los sonidos del bosque con el permanente recuento del último reality y los datos de la farándula que emanan de televisores permanentemente encendidos.

Su pulso es imparable: lo van dando los autos que pasan por el camino, las horas que faltan para el recreo, la gente que vitrinea por el mall, la siesta del abuelo a medio día, las “onces comida” frente al televisor...

El círculo no parece tener fin, pero sí estar contenido en un espacio físico que es imposible no reconocer como propio.

Por lo mismo, la película es capaz de resolver, sin esforzarse demasiado, todo lo que desgastaba sin remedio la mirada de Andrés Wood en La buena vida, lo que ocupaba a Orlando Lübbert en Taxi para tres y lo que entrampó a Ricardo Larraín en la interesante El entusiasmo. Donde éstas intentaban con mayor o menor éxito dar cuenta de un retrato de país, Huacho se hace cargo del devenir. De lo que sucederá en los próximos 15 minutos en cualquier parte de Chile, pero también de aquello que parece que no cambiará nunca.

Vaya logro. Más todavía, si se consigue en un año en que la asistencia al cine aumentará cerca de un 20%, porcentaje monumental en comparación con el de las temporadas anteriores, pero casi todo obtenido sobre la base de estrenar mucha “comida rápida”, puro desecho audiovisual.

El que Huacho exista en medio de toda esa mugre ya es gracia. Pero no basta, ahora tiene que verla la gente.

Señores distribuidores, de ustedes depende.

 

 

 

Viajar liviano

Una de las razones de por qué Huacho no ha conseguido entrar en el circuito comercial de estrenos (ver artículo principal) es que nuestro mercado –y casi todos los mercados cinematográficos- se ha ido a los extremos: o se estrenan productos con la mirada puesta en la taquilla (como Grado 3) o películas con aspiraciones derechamente artísticas (como Navidad). Y en el medio, donde deberían encontrarse los filmes de calidad dirigidos a un público general, no hay casi nada. Es el terreno natural de algo como Machuca, que creció hasta transformarse en un éxito comercial; de Dawson: Isla 10, que recaudó por debajo de lo que se esperaba, y también de La nana, que logró zafarse del nicho de cine arte en el que algunos –prematuramente- la habían encasillado.

El punto es que películas como estas no deberían tener problemas para sobrevivir en el circuito de multicines y, sin embargo, durante buena parte de 2008 y 2009 han luchado para que no las saquen de circulación. En su momento, Tony Manero sobrevivió al corte. La buena vida y Navidad no lo lograron.

Y ahora es el turno de Turistas, la segunda película de Alicia Scherson. La teoría dice que debería lograrlo (aunque en la práctica podría ocurrir otra cosa).

En esencia, se trata del viaje/fuga de una veraneante, que -tras una fuerte discusión- termina abandonada por su pareja en pleno paseo y que, en vez de regresar, opta por prolongar sus vacaciones entregada a lo que dicte el azar: encuentros con otros viajeros, amistades fortuitas -de esas que se deshacen tan rápido como se arman-, el paso de los días, la tiranía del celular. Lo que venga.

Los gringos suelen emplear esta estructura para que el viaje se convierta en un proceso de curación, pero los realizadores de Turistas no parecen estar muy interesados en curar a Carla Gutiérrez –ñuñoína de 37 años, encarnada por una estupenda Aline Küppenheim-, sino más bien en invitarla a sacar el mejor provecho posible de la situación en la que se metió.

De un modo mucho más preciso que en la irregular Play, Turistas parece indicar que el cine de Scherson tiene menos en común con las culpas, las deudas y el peso de las cosas que con el disfrute, la levedad y el deseo de bienestar. Va a ser interesante ver cómo se las arreglará algún día con material dramático de tonelaje (aunque lo que tiene por delante es la filmación de Una novelita lumpen, uno de los libros más festivos de Roberto Bolaño). Por ahora hay que ver hasta qué punto los espectadores que todavía asisten con ganas a los estrenos nacionales, sintonizan con esta visión de los inesperados placeres del verano.

Deberían hacerlo. Les haría bien.

 

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Comentarios

2 Comentarios

sammy madriaga :

Publicado Sabado 31 de Octubre, 2009 - 12:22 hrs

HUACHOS lejos sera la pelicula mejor criticada de chile se pelea el puesto por la mejor pelicula del año,lo que pasa es que en este pais si no tienen a un benjamin vicuña en cartelera no hay apoyo ....... 
esperamos el cambio... 
grande jorge fernandez

Edith Galleguillos T. :

Publicado Jueves 29 de Octubre, 2009 - 14:22 hrs

La pelicula puede estar falta de publicidad, la taquilla es manejada por el merchadising,que bien hecho puede hacer de peliculas que cumplen requisitos minimos para poder ser exhibidas, nacer la curiosidad que implique obligarse a ir a verlas y darles una oportunidad. De hecho no habia escuchado de ella, no asi como "super" que la fui a ver la semana pasada y me dejo con gusto a poco, en sentido de que muchos artistas de renombres no asegurarn un exito.

 
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