Artículo correspondiente al número 281 (29 de julio al 15 de agosto de 2010)
Si la última cinta de Francis Ford Coppola termina estrellándose es porque le faltó justo lo que antes le sobraba al director: desborde, furia, reventón. Por Christian Ramírez
Empacados en una vitrina, el DVD y el blu-ray de Tetro –el último largometraje de Francis Coppola- lucen estupendos, tentadores. Y lo mismo se puede decir de las fotografías promocionales del filme: hermosas composiciones en aterciopelado blanco y negro, casi todas; totalmente dignas del sujeto que modeló El padrino y La ley de la calle. ¿Será que por fin el realizador está regresando del letargo? Mm. En realidad, no.
Basta poner play para darse cuenta de que algo no funciona, porque si bien la historia de Benjamin -un joven tripulante de cruceros que llega a Buenos Aires en busca de Tetro (Vincent Gallo), su hermano mayor y genio loco en una compleja familia de artistas- suena interesante y nos induce a creer que estamos frente a un drama familiar de proporciones al mejor estilo de su director, el filme gira hacia el terreno de la anécdota y el color local. Postales de un Buenos Aires “de película” que hasta cintas tan prefabricadas como El hijo de la novia han ilustrado mejor.
La culpa corre por cuenta de un Coppola que lo enredó todo viajando a Argentina para rodar un autobiográfico guión que bien podría haber funcionado entre las ruinas de su Detroit natal. Pero parte le corresponde también a una audiencia que sigue esperando que el director de Apocalipsis ahora resurja de sus cenizas con una cinta a su altura. El propio realizador dice que esas expectativas lo tienen sin cuidado, que en el fondo él quiere explorar otras cosas. ¿Cuáles? Crear un cine digital que semeje la intensidad y morbidez del clásico. Contar historias personales. Darse el permiso de hacer películas en blanco y negro. Rodar con bajos presupuestos, como los directores más jóvenes.
Tetro es todas esas cosas y, sin embargo, la mezcla no cuaja porque una historia con ese nivel de ambición (abundante en almas libres, conflictos con los padres, culpas almacenadas, recuerdos explosivos y obras maestras a la espera de ser descubiertas) necesita por fuerza energía, desborde, revulsión y locura. Elementos ausentes que Coppola intenta reemplazar con equilibrio, ironía, ternura y otras emociones que serían bienvenidas en cualquier lugar pero aquí no.
¿Acaso la cinta necesitaba de una mirada más juvenil? Lo dudo. Scorsese (67 años) canalizó emociones bastante similares, más bastardas incluso, en Shutter island y, si bien terminó reventado, por lo menos puede decirse que su sed de grandeza y pasión quedó más que saciada.
A sus venerables 71 años, puede que Coppola esté pecando del mismo mal que hoy aqueja a Woody Allen (74), Pedro Almodóvar (61) y Steven Spielberg (64), atrapados entre lo que se espera de ellos y sus respectivas búsquedas artísticas. Lo curioso es que, al contrario de los anteriores, Coppola lo está haciendo tal y como al inicio de su carrera: por su propia cuenta, de espaldas al mercado, gastando lo mínimo.
Ciertos momentos de su injustamente ignorada Youth without youth (2007) –lírica y descabellada fábula acerca de un anciano convertido en superhombre tras el impacto de un rayo- indicaban que el tipo se encontraba en la dirección correcta, aspirando a crear una suerte de épica privada. Bastante alejada del claustrofóbico anhelo de poder de los Corleone, esa cinta recordaba la pasional energía de los filmes del británico Michael Powell (Las zapatillas rojas). Evocada también en el nuevo filme a través de una extensa cita a Los cuentos de Hoffmann (1951), la fuerza maníaca que mueve las fantasías de Powell sólo puede encontrarse en uno que otro arranque del extremista Vincent Gallo y en los intensos claroscuros bonaerenses que luego se extienden hasta el cielo mismo una vez que la trama de Tetro se aventura por la Patagonia. En ellas , de hecho, hay contenido otro filme… ¡si Coppola solamente lo hubiera ido a buscar!