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Artículo correspondiente al número 285 (24 de septiembre al 7 de octubre)
El menos prolífico de los grandes directores de EEUU ahora se menciona en tres proyectos simultáneos. ¿Significa esto que el llamado Salinger del cine sale de su cascarón? Crucemos los dedos. Por Christian Ramírez

En un ambiente como el fílmico, donde la productividad se premia con millones de dólares, siempre llamarán la atención quienes reman en sentido contrario. Los que se toman tiempo -el suyo y el ajeno- para moldear a su gusto lo que gota a gota va dictando su imaginación.
Pero ojo: varios de estos “sabios ermitaños” en su momento declararon lo felices que serían de poder trabajar más cómodos y más rápido. Kubrick se lamentaba con Spielberg por ser incapaz de estrenar una película año por medio; Tarkovski mantenía inundada a la productora soviética Mosfilm con guiones que nunca se realizaron y David Lynch aprovechó al máximo el breve momento en que la televisión le “compraba” sus delirios, antes de volver a revestirse de su aura de cineasta-pintor.
Lo anterior explica la sorpresa que ha causado el que Terrence Malick, quizás el más misterioso de los cineastas vivos, después de sumar apenas cuatro largometrajes en cuarenta años de trabajo, ahora tiene tres proyectos entre manos. Y simultáneos. ¿Qué le pasó?
A sus 66 años, Malick sigue siendo el retraído tipo del medio oeste americano que vive en París y recibe guiones para consultoría. Todavía se niega a dar entrevistas, rechaza las fotos y las apariciones públicas, y -por lo mismo- aún se lo considera como una suerte de Salinger cinematográfico (aunque un mejor símil sería el del también esquivo Thomas Pynchon).
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| Belleza y violencia |
Si la carrera de Malick se hubiera detenido en 1978, después del estreno de Días de cielo, el realizador habría quedado convertido en una curiosidad cultural, uno más entre muchos talentos prometedores con carreras truncas. Y habría sido lamentable. Aunque la mayoría de sus compañeros de generación –desde Scorsese a Brian de Palma- poseían notables dotes visuales, sólo Malick tenía un ojo comparable al de los mejores cineastas de la era muda. Una intensidad que se avizoraba en Badlands (1973), su relato acerca de la nihilista saga de dos criminales juveniles, y que más tarde explotó en Días de cielo, alucinada crónica sobre la vida agraria de comienzos del siglo XX, que puso de manifiesto la atención con que el realizador registraba los vaivenes de la naturaleza. Para sorpresa de muchos, dicha relación permanecería inalterada (y reforzada) cuando el cineasta regresó dos décadas más tarde con La delgada línea roja (1998), su libre adaptación de la novela de James Jones sobre la batalla de Guadalcanal. Vuelta a ver a más de una década de distancia –en una edición Blu-ray revisada por el propio director- cuesta entender por qué se la comparó en su momento con Rescatando al soldado Ryan, su competidora en la taquilla y en los premios Oscar. Mientras la ficción de Spielberg y Tom Hanks acabó por generar toda una serie de subproductos de la segunda guerra (de los que la serie The Pacific es un nuevo eslabón), el filme, que hoy Malick recomienda escuchar a pleno volumen y ojalá en sistema Dolby 5.1, aún transmite la sensación de descubrimiento de mundo, de arribo a un continente visual y auditivo que se experimenta por vez primera, en el que la belleza y violencia son resultado directo de ese proceso. El tema debe haber quedado dando vueltas en la cabeza del director, porque volvió a ponerlo sobre la mesa con motivo de El nuevo mundo (2005), apelando a sus recursos favoritos: la narración en off, el uso de elencos estelares y un transparente estilo que a estas alturas ya resulta inconfundible. Cómo se reflejará esto en El árbol de la vida y en Voyage of time es un misterio, pero considerando de quien se trata, deberíamos esperar un acontecimiento. |