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Artículo correspondiente al número 267 (11 al 24 de diciembre de 2009)
Lo tiene difícil, James Cameron. Avatar, su primera película en más de una década, tiene que evitar algo más que un iceberg si quiere sobrevivir en la jungla mediática de hoy. Por Christian Ramírez.
No sé qué será más interesante a estas alturas: si la espera minuto-a-minuto por la “película evento” del mes o el anticlímax que viene después de su estreno. En 2009, ambas sensaciones se repitieron una y otra vez, independientemente de la calidad del material. Watchmen, Star Trek, Harry Potter 6, Angeles y demonios, 2012, Luna nueva… Todas se hicieron esperar, llegaron, se fueron y… bueno, poco más. La mayoría ahora alarga su vida en DVD y se apresta a pasar al cable, a la espera de que parte del público que las vio en el cine se dé la molestia de verlas otra vez, en una pantalla más chica.
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Eso, de hecho, es uno de los asuntos que debe rondar por la cabeza de James Cameron, ahora que se apresta a exhibir Avatar, mega blockbuster en tres dimensiones y su primer largometraje desde Titanic (1997). “¿Cuántas veces verán mi película”. Porque para capitalizar una inversión de ese calibre –se habla de 300 y hasta 400 millones de dólares, sólo en producción- varios de los interesados tendrán que verla más de una vez. Tal como pasó con Titanic, pero hace 12 años.
Y ese es justo el problema: la industria ya no es la misma. Ni Cameron tampoco. El marketing de los estrenos, más que nunca, impulsa a satisfacer de inmediato las ganas de ver “lo último”; ya casi no se reserva tiempo para el efecto boca a boca y la construcción de audiencia básicamente, porque la gente ha dejado de repetirse las películas en las multisalas. Ahora espera por el DVD.
Cameron, en cambio, hizo el viaje inverso. Se desconectó del día a día, se guardó: se dedicó a sacarle jugo a los últimos secretos del Titanic, explorar la posibilidad de filmar en el espacio, batir records de submarinismo y, claro, a la pasión de su vida: desarrollar nueva tecnología audiovisual. Y puede que esa obsesión sea la que le asegure la posteridad, ya que mientras muchos de sus compañeros de aventuras – John McTiernan (Duro de matar), Martin Campbell (Casino Royale), Tony Scott (Déja Vu), Jonathan Mostow (Terminator 3)- continúan pegados en la lógica de producir un filme de acción tras otro, Jim se luce sacando credenciales de adelantado, concibiendo un producto que, en vez de ser comercializado como una película, podría haberse vendido como un nuevo software.
El asunto partió hace una década, cuando el creador de Terminator anunció que las secuencias de acción de su siguiente película serían demasiado intensas como para ser protagonizadas sólo por humanos por lo que, en adelante, combinaría actores con animación. Hasta ahí, todo bien, salvo por un detalle: a mitad de camino, Cameron decidió que para llevar a cabo el proyecto necesitaría una revolución, un nuevo tipo de 3D, uno que anulase a las películas de los clásicos lentes plásticos rojo y verde (donde los objetos “se lanzaban” sobre el espectador), reemplazándolas por un cine de texturas, volúmenes, en el que las distancias no se midieran de un lado de la pantalla al otro sino también hacia su interior.
El resultado se ve increíble y el arriesgado juego de Cameron quizás dictará la pauta para muchos megaeventos en el futuro, pero no lo deja exento de riesgos. De partida, porque se demoró mucho: en diez años varios competidores de peso le salieron al camino con sus propias fantasías en tres dimensiones, como Robert Zemeckis (Beowulf, Los fantasmas de Scrooge) y Disney/Pixar (Bolt, UP). Tampoco calculó que el mercado de 3D sería incapaz de crecer a la medida de su ambición, por lo que para recuperar sus costos Avatar dependerá también de lo que se recaude a través del “viejo” formato en 35mm, el mismo que había llegado –en teoría- a reemplazar. Vaya ironía.
Por si fuera poco, todo eso tiene que lograrlo en poco más de un mes. Porque las ventanas entre cine y DVD se han achicado al máximo. Porque a mediados de enero los medios ya van a estar inmersos en las nominaciones del Oscar. Porque hoy el interés del público se desvanece con la velocidad de un posteo.
| De armas tomar En cuanto a tecnica, Jim Cameron sabe perfecto lo que hace. En Avatar las escenas con humanos son de una nitidez desquiciada y las acrobacias animadas, increíbles. Hasta de los subtítulos se preocupó el tipo (las letras literalmente “flotan” en la pantalla). Pero, más allá de toda la maravilla digital, ¿de qué se trata? El director ha explicado que su película es sólo otra versión de la historia de Pocahontas y John Smith: usando un cuerpo sustituto, un soldado se sumerge en un mundo inexplorado. Su misión es abrir caminos; pero no pasa mucho antes de que se identifique más de la cuenta con los nativos, en especial con una, en particular. La chica -interpretada por Zoe Saldana- responde al nombre de Neytiri y, con toda seguridad, pasará a integrar la lista de las diversas mujeres fuertes en torno a las cuales Cameron construye sus ficciones: la teniente Ripley en Aliens, Sarah Connor en Terminator, Rose DeWitt en Titanic. Así que ya saben: ojo con Neytiri. |