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Setecientos megas

Artículo correspondiente al número 259 (21 de agosto al 3 de septiembre de 2009)

 

Eso es lo que suele pesar una película en el computador. Es extraño, pero nos vamos acostumbrando a pensar en ellas como un conjunto de carpetas dentro de nuestro disco duro. ¿Adiós a la gran pantalla? Por Christian Ramírez.


Hace varios meses me inscribí en theauters.com, una suerte de videoteca online que contiene varias docenas de películas -que podríamos calificar de cine arte- digitalizadas en alta definición. Ver cada una cuesta tres dólares.

No hay comparación entre la cartelera de The Auters y la nuestra. Es más cómodo que ir al videoclub. Es más rápido que los torrents. Es legal. Las películas siempre están disponibles, no se rayan, incluso hay títulos que se pueden mirar gratis. Y, diablos, no acabo de acostumbrarme.

¿Estaré pasado de moda? ¿Tan luego? Son los costos de la transición: después de todo, ya hay mucha gente de acuerdo en que el futuro –próximo y lejano- del audiovisual pertenece a las pantallitas y a los formatos digitales. Es así como veremos las obras de los grandes cineastas… perdón, es así como ya las estamos viendo. De hecho, ¿cuándo fue la última vez que vieron una gran película dentro de una sala de cine, proyectada a la pantalla en una copia de 35 milímetros? Me refiero a algo realmente bueno, no a las típicas candidatas al Oscar o a esas falacias que nos venden etiquetadas como cine arte.

Hagan memoria: a lo mejor fue una función de UP, Gran Torino, Che o Las horas del verano (los estrenos que se salvan en 2009), o tal vez fue en un festival de cine (saludos al Sanfic), pero lo más probable es que si se toparon recientemente con una obra maestra lo hicieron frente al televisor o al notebook.

¿Por qué iba a ser de otro modo? Salvo por la simultaneidad asociada a los estrenos mundiales, nuestras distribuidoras no tienen ni dinero ni muñeca para traer a tiempo los mejores estrenos de la temporada y, aparentemente, tampoco la poseen los festivales: por segundo año consecutivo, algunas de las mejores cintas programadas por el Sanfic podían encargarse antes en las tiendas de Providencia, como Wendy & Lucy, Goodbye solo, Of time and the city, y Entre les murs, entre otras.

Puede que el hábito de ir al cine disfrute de buena salud –las salas recaudan más que nunca- pero lo que está llegando a la pantalla grande es esencialmente espectáculo masivo, y bien por quienes mueven el show, pero no se puede negar que desde la divertida Era de Hielo 3 para abajo todo eso tiene un desagradable aspecto de comida rápida.

Si para todo el resto del espectro solían bastar el cable y los videoclubes, parece que ahora se nos viene el reinado de los archivos comprimidos, las pantallas de LED, los computadores sin lector de DVD y el disco duro externo convertido en consola/videoteca.
Vaya contradicción: hace medio siglo los grandes estudios buscaban pantallas cada vez más gigantes para combatir a la televisión y ahora todos especulan sobre cuán pequeñas y portátiles éstas deberían ser. Guardándome la nostalgia en el bolsillo, yo diría que entre 7 y 10 pulgadas. ¿Y usted?

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