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¿Qué te pasó Martin?

Artículo correspondiente al número 272 (26 de marzo al 8 de abril de 2010)

Si alguien sospechaba que Scorsese -al igual que le sucedió a Hitchcock en su momento- había perdido el rumbo, su última cinta no hace sino confirmar los malos augurios. Por Christian Ramírez

 

La fantasía de que eres más grande que tu película puede ser peligrosa. A lo mejor eres más grande, pero eso pasa porque tu película simplemente es mala. Como le sucede a Scorsese.

Lo más grande –que no es lo mismo que grandioso– de La isla siniestra es la frase que aparece justo al fi nal, en letras blancas y bold: “Directed by Martin Scorsese”.

Los estudios suelen poner el Dirigido por como una suerte de sello de calidad. Y usualmente lo ponen al fi nal, para que no quede duda de quién la hizo. Aunque en este caso funciona a la inversa. Al fi nal de La isla siniestra queda muy claro quien la perpetró. Quién fue el culpable. Así de de fallido es este thriller ambientado a mediados de los años 50 y acerca de la obsesión de un marshall por Shutter, una isla prisión donde se encuentran recluidos sólo los peores casos siquiátricos. La versión ofi cial es que ahí dentro se les da un trato humano, pero nuestro héroe, Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), está convencido de que se está experimentando con los criminales, casi del mismo modo que los nazis hicieron alguna vez con las víctimas de los campos de concentración. Daniels es un veterano de guerra y las memorias sobre esos horrores están muy frescas en su cabeza.

¿Qué estaba pensando Scorsese a la hora de enredarse con la adaptación de este best seller de Dennis Lehane (el mismo escritor de Río místico)? Quién sabe. Lo más probable es que se haya dejado tentar otra vez por su actividad favorita en el último tiempo: rendir homenaje.

Demonios de segunda

Desde su ambientación hasta su argumento, la cinta recuerda muchas películas de género, en las que crimen, demonios privados y demencia se daban la mano. No es una combinación bastarda, en ningún sentido: en los 40, la mezcla dio origen al cine negro y en los 50 alimentó a directores como Sam Fuller y Robert Aldrich. Durante años fue la mejor válvula de escape de los deseos reprimidos de una sociedad confi gurada como olla a presión. Pero hoy la verdad, como casi todo el cine de esa era, sólo puede evocarse bajo el imperio del pastiche y la imitación.

Scorsese parece consciente de ello, pero la verdad es que en el esfuerzo se le va la mano. Las viejas películas con Robert Mitchum y John Ireland que dice estar imitando eran puro cine B: producto barato en blanco y negro, de no más de hora y media, diseñado explícitamente para programas dobles y cuyo mensaje contracultural siempre iba de contrabando. La isla siniestra es justo lo contrario: una construcción barroca, repleta de exuberantes detalles, fi lmada con toda la suntuosidad de las mejores películas de Michael Powell -el ídolo de Scorsese que creó Las zapatillas rojas, Narciso Negro y otras maravillas del technicolor-, pero que fi nalmente está al servicio de nada. Pura futilidad.

Tan engolosinado está el cineasta con sus jueguitos que incluso se le pasa la mano con las pistas que va entregando la trama: cualquier espectador atento podrá adivinar el fi nal en la mitad de la película, si no antes. No los estoy desafi ando a que lo hagan, pero pillar el truco rápido será la mejor entretención que tengan mientras el fi lme languidece frente a ustedes. El resto es distraerse mirando paisajes de agreste belleza, hermosos planos y algunos alardes de romanticismo que recuerdan la pasión que el Scorsese de antaño usaba para expresar sus propios demonios.

Aquí hace lo que puede por hacerse cargo de fantasmas ajenos. Debería ocuparse de los suyos. Y a la brevedad.

 
La isla siniestra
Es una construcción barroca, repleta de exuberantes detalles, fi lmada con toda la suntuosidad de las mejores películas de Michael Powell -el ídolo de Scorsese-, pero que fi nalmente está al servicio de nada. Pura futilidad.

 

 

 
Enormes documentales, películas fallidas
Rankeada entre las grandes tragedias artísticas de la década pasada, la caída de Martin Scorsese del Olimpo de los maestros del cine es muy curiosa porque sólo afecta a su obra de fi cción. Mientras el cineasta tropezaba con Bringing out the dead, Pandillas de Nueva York, El aviador, Los infiltrados y ahora con La isla siniestra, no hizo más que brillar con los documentales Il mio viaggio in Italia, The Blues: feel like goin’ home, Bob Dylan: No direction home y Shine a light.

Como la noche y el día. En los documentales, Scorsese se prodiga en su interés por la historia, por los procesos, por las personas. En las ficciones todo es oropel, barroquismo, desborde y personajes de cartón piedra. La última vez que ambos extremos estuvieron de la mano fue en 1995, con Casino -una clase maestra en esto de combinar información a raudales y un dominio absoluto de la narrativa.

El punto es: ¿qué pasa con el cineasta que resulta incapaz de volver a conciliar esos mundos? (que, a todas luces, siguen muy vivos en su obra). Una posibilidad es que la mochila le pese demasiado. Que el valor de poner un producto “de Martin Scorsese” en el mercado equivalga en su cabeza a una marca de fábrica a la que hay que ser fi el, incluso a costa de nuevos intereses.

Triste sería. Le pasó en su momento a Hitchcock. Hoy le pasa a Almodóvar. Lo de Hitch fi nalmente no tuvo solución. Lo de “Pedro” esta por verse. ¿Y lo de Martin?

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