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Oh, el descalabro...

Artículo correspondiente al número 275 (07 al 21 de mayo de 2010)

De las cenizas de una película bien puede emerger otra. Es lo que le sucede a Werner Herzog al tratar de darle sentido a Un policía corrupto, su estrambótica cinta junto a Nicolas Cage. Por Christian Ramírez

La idea de que el proceso artístico puede ser conducido por la locura a veces resulta magnética. Y mejor ni ponerse a enumerar ejemplos al respecto; se llenaría un libro con obras maestras creadas bajo esas condiciones. Claro, el costo de desatar las furias suele ser alto: consume a quien lo hace y –si el fuego arde con la suficiente intensidaddevora a muchos de los involucrados, con frecuencia más para mal que para bien.

Es el tipo de cosas que se le vienen a uno a la cabeza en cada instante de Un policía corrupto o The bad lieutenant: port call of New Orleans, sardónica pesadilla diseñada por Werner Herzog y Nicolas Cage y que no tiene mucho (la verdad, casi nada) que ver con Bad lieutenant, la feroz cinta que Abel Ferrara y Harvey Keitel filmaron a principios de los 90.

Por una vez, de hecho, ni Herzog ni Cage –dos personajes en los que el desequilibrio ha jugado un papel crucial en sus vidas creativas- no tienen la culpa de haber desatado la cadena de barbaridades que originó el filme. La culpa –o el mérito- le corresponden a Edward Pressman, productor de la cinta original, quien tuvo la extraña idea de que podría hacer dinero con una nueva versión de la historia de un teniente de la policía que, cebado en drogas, partía en busca de algo que parecía redención pero que en el fondo era pura autoflagelación y castigo.

En su momento, Ferrara –otro más en la colección de desequilibrados- aprobó con honores filmando con ese argumento una película inolvidable, que sacaba cancha, tiro y lado a todas las cavilaciones que el mejor Scorsese podría haber dedicado al respecto (en Taxi driver, Buenos muchachos y muchas otras). Entonces, ¿para qué borrar con el codo lo que ya se había escrito con la mano, y muy bien, por lo demás?

Entra en escena Werner Herzog. Convertido en esta primera década del siglo en un realizador muy distinto al dictador que elevó un barco por la ladera de un cerro en la selva peruana durante la filmación de Fitzcarraldo, el realizador se había reinventado rodando documentales míticos -Lecciones en la oscuridad (1992), sobre los pozos de petróleo ardiente, de la primera guerra de Irak-, retratos insólitos -Grizzly man (2005), acerca de Tim Treadwell, un hombre devorado por los mismos osos con los que convivía- y obras brillantes como Encuentros en el fin del mundo (2007), una mirada tan generosa como implacable a la población flotante que vive y trabaja en la Antártica, y que le granjeó su primera nominación al Oscar. Digna madurez para el maestro.

Y entonces se saca del bolsillo esta película con Nicolas Cage. ¿Por qué?

La clave tal vez sea la ambientación. En vez de transcurrir en los decaídos barrios latinos de Nueva York, como en el filme de Ferrara, este Bad lieutenant está situado en un Nueva Orleans inmediatamente posterior al desastre urbano generado por el huracán Katrina. Herzog, un obseso de los lugares en caos, y su equipo ni siquiera tuvieron que “reconstruir” la destrucción. Estaba frente a ellos. La ciudad misma, fuera de su centro, enloquecida, marcando cada uno de los maniáticos movimientos de un Cage que entra, escapa, invade y alucina en un lugar tras otro: oficinas, tugurios, piezas, lugares del crimen, terrenos arrasados, loteos listos para demolición y posterior reconstrucción a precios millonarios. Si la primera película era sobre un desesperado intento por salvarse a sí mismo, en la nueva lo que se está yendo al infierno es la propia urbe. Tan evidente es lo anterior que sorprende ver cómo a Herzog le importa un bledo lo que le pase a su protagonista e, incluso, la idea de filmar una buena película. El retrato de ese enorme descalabro debería bastar y sobrar. Y, por momentos, uno le cree.

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