Sin hacer mucho ruido se estrena La vida de los peces, la cuarta película del director de En la cama. No podría ser de otra forma: el realizador cultiva el bajo perfil, pero sus cintas van consiguiendo un foco cada vez mayor. Por Christian Ramírez.
Aunque no es un dechado de expresividad, a Matías Bize se le nota satisfecho de su cuarta película, La vida de los peces. El director sonríe, tal vez pensando en el par de años de producción, las cinco semanas de rodaje –insólitas para alguien cuya filmación más extensa había sido de 15 días-, los 600 mil dólares de presupuesto, la coproducción del canal francés Arte (que se metió en el proyecto cuando estaba “en verde”) y también por la presencia de Santiago Cabrera, el chileno de la serie Héroes, en el papel protagónico.
Vista así, La vida de los peces debería tener poco y nada que ver con Sábado –que se armó casi en un fin de semana- o con la modestia y efectividad de En la cama o la aventura de viajar a España a realizar Lo bueno de llorar. “La experiencia fue de otro calibre y, por lo mismo, se siente como una primera película. Al menos, la primera que hago en igualdad de condiciones”, comenta. Y, sin embargo, el filme se siente como un regreso al territorio de siempre: intimidad, afectos cruzados, la aritmética de la pareja (ver comentario). Bize está volviendo sobre lo mismo, pero en el camino se agrandó, maduró.
-Me gusta hacer películas en condiciones parecidas. Historias que transcurren en un mismo lugar, en un tiempo limitado y concentradas en las relaciones personales. En este caso es la historia de Andrés (Cabrera), un tipo que regresa a Chile después de 10 años a reencontrarse con sus amigos y con el amor de su vida. De hecho, si restas todo lo que ocurre en la cinta, al final el cuento se arma entero con los encuentros que Santiago y Blanca Lewin tienen durante la fiesta que da marco al filme.

Tal cual. Bize explica que esa estructura puede ser un arma de doble filo y que, por lo mismo, la parte más dura del proceso es cortar, afi nar, limpiar a los personajes y al texto, deshacerse de los egos de director y del guionista (en este caso, Julio Rojas, el mismo de En la cama). “Pude darme el lujo de pasar casi seis meses en el proceso de montaje, quitando material sobrante. Sólo quedó lo necesario”. Poco más de 80 minutos. Breve para un fi lme de Hollywood, pero muy efectivo al momento de lucir a la materia prima; en especial, la interpretación de un Santiago Cabrera quien, aparte de dominar su acento santiaguino a la perfección, parece haber conseguido una especial afi nidad con el trabajo del director.
-Cabrera es un tipo brillante. Mantiene una tremenda concentración y eso se notaba mucho en las pausas de rodaje: cuando el resto se relajaba, Santiago seguía metido en la piel de Andrés y, sin molestar a nadie, se iba a leer por ahí y luego volvía a ponerse exactamente en el mismo lugar emocional en que habíamos interrumpido el trabajo. Se aprende mucho observándolo. Esa parece una de las cualidades de Bize. Observar. En un medio en que generalmente los interesados suelen explayarse a placer sobre lo que les interesa contar, mostrar y vender, llama la atención lo pragmático y quitado de bulla del director. No es que se guarde sus gustos para sí mismo –“
Tony Manero, de Pablo Larraín, es muy buena película; también
El cielo, la tierra y la lluvia, de José Luis Torres Leiva, y claro,
La nana”-, pero no deja de llamarle la atención lo solitaria que se ha vuelto su posición en una cinematografía como la chilena que rara vez apuesta por las historias de amor. “La verdad, no me siento muy acompañado en ese mundo”. ¿Y si volviera a repetir la experiencia de fi lmar fuera de Chile? “Daría lo mismo. Si algo me han enseñado mis rodajes es que hay gente con la que trabajo y ya no quiero transar. Me gusta armar el equipo y tal vez por eso La vida de los peces fue una experiencia tan buena. Tuve una relación muy fluida con los coproductores franceses y el respaldo de Adrián Solar, mi productor, fue clave en el proceso. Dirigí la película prácticamente sin intervenciones externas”.
El único incidente serio de estos años ni siquiera tuvo que ver con él: después de que productores norteamericanos comprasen los derechos de remake de En la cama, Bize y Solar descubrieron que la película había sido adaptada sin permiso en Colombia –con el título de Entre sábanas– y más aún, que esos productores habían vendido los derechos de “su” remake a Brasil. “Llegamos hasta donde pudimos, pero eso ahora es problema de los gringos, que compraron los derechos legalmente. El resto era hacerle publicidad gratis a una mala película”. Habitación en Roma, el remake ofi cial, acabó en manos del español Julio Medem, quien agregó pimienta al argumento original al convertir al dúo de En la cama en una pareja de mujeres.
Bize no ha visto el filme. No ha tenido el tiempo, en parte, porque sigue pendiente de lo que ocurrirá con el suyo: “es difícil adivinar lo que pasará después. Va a tomar un tiempo para que logre separarme de la película”. ¿Le preocupa la reducida audiencia para los fi lmes de ficción nacional?. “Es evidente que hice la película para la mayor cantidad de gente posible, pero la taquilla es una variable que escapa de mí”. ¿Y las críticas? “Una buena conversación sobre cine es más importante que una crítica. No busco gratificación personal leyéndolas”.
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Ver las películas de acuerdo al viejo criterio del cine de autor se ha vuelto cada vez más incómodo. Es cierto que la mirada del director es esencial a la hora de saber de qué va la película, determinar el horizonte al que aspira y para situarla en el aquí y ahora. Pero, por favor, díganme, ¿qué director contemporáneo es capaz de sostener esos niveles de interés dentro de “su obra”? ¿Tarantino? ¿Almodóvar?
¿Y si nos restringimos a Chile? A lo más podríamos rescatar cierta forma de hacer las cosas. Hubo un tiempo en que podía hablarse –estirando mucho la cuerda- del cine de Silvio Caiozzi, de las películas de Gonzalo Justiniano o de los temas de Miguel Littin; pero salvo Andrés Wood e Ignacio Agüero, por años no se han visto miradas capaces de sostener su propio peso a lo largo del tiempo.
Entra a escena Matías Bize. O más bien, las películas de Bize.
Todas, historias de amor (más bien, de desamor), escenifi cadas en tiempo real, narradas en presente y ancladas con porfía a la fatal trilogía del enamoramiento, separación y reencuentro. No se trata –ni de cerca– de obras maestras (el propio director es el primero en tenerlo claro), pero sí de un conjunto de películas que cubren territorios, sentimientos y estímulos similares, y que, de un tiempo a esta parte, casi se complementan entre sí.
Ello se vuelve evidente en La vida de los peces, cuarto filme del director y el primero que realiza con cierta holgura industrial. Basta ver unos minutos del material para entender hasta qué punto Bize se jugó por romper su patentado esquema de chico + chica + cámara presente en Sábado, En la cama y Lo bueno de llorar e intentar articular un mundo en torno al cual transcurra este ritual de pérdida, reconquista y derrota que parece obsesionarle. Respetable obsesión en todo caso, ilustrada con nocturnas imágenes que la directora de fotografía Bárbara Alvarez (Whisky, La mujer sin cabeza) usa para dar cuenta de una concurrida fiesta de cumpleaños en la que una ex pareja se encuentra una década después de terminar su relación. Los invitados lo pasan excelente, pero ello es un vago borrón en la cabeza de Andrés (Santiago Cabrera), quien apenas es capaz de dominar el vértigo que le produce la cercanía física de Beatriz (Blanca Lewin) después de todos estos años.
Al final da lo mismo que, por momentos, Bize pierda el paso en un filme que también se ocupa de las cuentas pendientes que su protagonista dejó con amigos, lugares y consigo mismo. Su voluntad de recorrer camino puede más y es probable que su filme sea el intento más logrado de contar una historia de amor (o de las cenizas de una) en quizás cuantos años en un cine chileno que rara vez se atreve con una. Si eso ya amerita mención, lo mejor del asunto es que Bize no parece dar señales de haber agotado el territorio. Al revés, pareciera que su búsqueda avanza a paso firme. Estupendo. (CR) |