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Los cineastas, el zorro y las bestias

Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)

¿Por qué dos de los directores más talentosos del momento decidieron fi lmar películas para niños? ¿Oportunismo regresivo? Para nada. Donde viven los monstruos, de Spike Jonze y El superzorro, de Wes Anderson, parecen fi mes infantiles, pero en el fondo no lo son. Por Christian Ramírez.

 

Es imposible medir el eco que las narraciones infantiles pueden tener en los adultos, pero seguro que ustedes ya lo saben: jamás hay que subestimarlo. Menos en el cine. De esto pueden dar fe las legiones de espectadores que el año pasado se encontraron con su yo interior en las funciones de Up, o los que hace poco se enfrentaron al avasallador poder del inconsciente en la insuperable Ponyo, de Hayao Miyazaki. En la mejor tradición de Pinocho, ambas cintas cruzaban sin problemas desde el terreno de las historias para niños hacia complejas emociones de madurez, de esas que uno suele echar de menos incluso en la vida real.

Para quienes han seguido la trayectoria de las casas productoras Pixar y Studio Ghibli –responsables de Up y Ponyo, respectivamente- la sorpresa no era tal: los años han venido respaldándolas como dos de las más confiables y profundas creadoras de esa clase de emociones. No hay misterio en eso. Pero, ¿qué ocurre cuando un realizador con un mito y currículum bastante adultos quiere ingresar en el mundo de las adaptaciones de cuentos para niños? ¿A qué clase de acuerdo consigo mismo debe llegar? ¿No estará estirando la nota demasiado?

Esas y otras dudas le surgieron a muchos cuando se supo que los directores Wes Anderson y Spike Jonze se internaban en forma casi simultánea en los terrenos del “cine infantil”. El primero se aventuraba con criaturitas animadas por stop motion; el otro intentaba adaptar un clásico usando actores dentro de disfraces gigantes. ¿En qué estaban pensando?

New wave

La idea sonaba atractiva. En la década anterior, Anderson y Jonze (algunos agregarían, por cierto, a Michel Gondry) se habían convertido en los estandartes de una nueva ola del cine norteamericano que si bien había generado talentos fuera de serie –como P.T. Anderson o Charlie Kaufman- nunca había alcanzado a brillar de la forma en que alguna vez lo hicieron sus predecesores, los movie brats (Coppola, Spielberg, Scorsese y los otros). Su barroca manera de ver las cosas habrá terminado por infl uir en la forma de mirar de muchos, pero hacia el fi nal de la primera década del siglo XXI uno se preguntaba si Anderson era capaz de salir con algo mejor que las fantasías autocomplacientes de Viaje a Darjeeling y si Jonze alguna vez se atrevería a ir más allá de los límites que él mismo se había autoimpuesto en Adaptation. Fue entonces, hacia 2008, que ambos comenzaron a trabajar paralelamente en Where the wild things are (Donde viven los monstruos) y Fantastic mr. Fox (El superzorro).

Estrenos casi simultáneos en DVD (olvídense por un rato de verlas en nuestros cines, hay pocas chances); dos adaptaciones literarias de clásicos infantiles de los 60, ambas con fi guras antropomórfi cas y con protagonistas que pujan por ser fi eles a su identidad. Ni que los realizadores se hubieran puesto de acuerdo.

De los dos, sin embargo, fue Spike Jonze quien parecía tenerlo más difícil. De partida, porque se estaba metiendo con una verdadera vaca sagrada del baby boom: Donde viven los monstruos, publicada por Maurice Sendak en 1963. En los hechos, no es más que un librito de tapas duras, de unas treinta páginas, bellamente ilustradas y con mínimo texto acerca de Max, un chico revoltoso vestido de pijama con orejitas. Castigado, acaba por convertir su pieza en un mundo poblado por enormes criaturas peludas que se transforman en sus compañeros de juegos, pero también en víctimas de sus terribles cambios de humor: “cosas salvajes” que parecen necesitar la imaginación del pequeño tanto como él a sus propias fantasías. Claro, hasta el día en que Max decida –sin remedio- abandonar al “niño” y crecer.

Bella analogía sobre la pérdida de la inocencia –lanzada, ojo, justo al fi nal de la era Kennedy; cuando los chicos de la futura revolución de las fl ores estaban saliendo del colegio-, Where the wild things are es, sobre todo, un texto misterioso. Digno de los miedos profundos que sus páginas sugieren, pero que nunca jamás enuncian. El propio Sendak –que este año cumple venerables 82 años- es el más extrañado por los 19 millones de copias vendidas en casi medio siglo.

Lo que no debería extrañar tanto es el arrojo con que Spike Jonze se lanzó a fi lmarlo: ya que en vez de depender de costosos efectos digitales, el realizador prefi rió recrear a sus “wild things” tan enormes y peludas como debían ser. El proceso fue largo y extenuante. A mitad de camino –y apoyándose en fallidas funciones de prueba- los estudios Warner perdieron la fe en esta aproximación y Jonze tuvo que pelear con muelas y dientes por su visión. Pasaron meses de ajustes, cortes y revisiones, y puede que la película haya sufrido más de la cuenta. Los niveles de desgarro afectivo que Max registra con su familia y que los monstruos replican en su relación con Max lucen todo lo amplificado que cabría esperar en estos tiempos disfuncionales, pero la cuota de extrañeza, de distopia, que Sendak introducía en cada página, en cada imagen y línea de trama, continúan inaccesibles.



Sin trauma


En ese sentido, mucho menos trabajoso –y menos doloroso- resulta el neoclásico acercamiento de Wes Anderson a Fantastic mr. Fox, la novelita que el incansable Roald Dahl publicó en 1973 con ilustraciones de Donald Chaffi n. Traducida al español como El superzorro, es la historia de una interminable cacería: mr. Fox disfruta robando los bienes y animales de tres granjeros, quienes se lanzan en una agresiva campaña de exterminio que se transforma en guerra una vez que “el superzorro” decide orquestar un enorme asalto. Luego, invita a decenas de animales para celebrar el botín, mientras los campesinos se aprestan a iniciar un asedio que tal vez dure para siempre.

Ahora, lo que parece una extraña metáfora sobre la guerra fría, en manos del alambicado Anderson se transmuta en una bella historia acerca de ser fi el al propio carácter. En el filme, mr. Fox parte transando: abandona la idea de robar por una respetable vida de columnista que le permite echar panza y hacer familia.

El problema es que nunca deja de mirar a la colina del frente, hacia las tres granjas que le quitan el sueño y a las que terminará asaltando para desencadenar –casi de forma deliberada- una cacería que tendrá bajo amenaza permanente a él, a su familia y al resto de los animales de la región. Puede que el problema esté expresado con un estilo exquisito, que los figurines animados estén entre las más bellas marionetas stop motion jamás fabricadas y que George Clooney parezca más Clooney que nunca prestando su voz y su actitud a mr. Fox, pero la dura verdad sale a fl ote: imposible vestirse con ropas ajenas. Imposible sacarse la piel de zorro.

Es curioso. Aunque Anderson diseñó su película como si fuera una linda y suntuosa cajita de música, al fi nal resulta más salvaje y desgarrada que la sentida fábula de Spike Jonze. Como en los mejores cuentos infantiles, lo que va por debajo al fi nal siempre se hace evidente. No hay caso.

Las fuentes literarias
Con la excusa de estas dos películas, vale la pena revisar estos dos títulos –y sus respectivos autores-, ideales para despertar el apetito lector de los pequeños.

Donde viven los monstruos
Maurice Sendak. Alfaguara, 192 páginas. $ 6940 en www.antartica.cl.

Max es un chico travieso que, debido a su mal comportamiento es castigado a estar encerrado en su habitación. Se queda sin cena y sin posibilidad de jugar. Pero la imaginación la permite escapar y emprender un viaje al país de los monstruos, donde podrá ser el rey. Maurice Sendak nació el 10 de junio de 1928 en Brooklyn, Nueva York, y además de escribir famosos libros infantiles es un talentoso ilustrador. Hijo de una familia judía de origen polaco, fue un niño enfermizo que decidió dedicarse al dibujo y la creación luego de ver la película Fantasía, de Walt Disney.

El superzorro
Roald Dahl. Alfagura, 161 páginas. $ 5.890 en www.antartica.cl.

En un valle, hay tres granjas y un bosque, donde vive don Zorro, quien se enfrentará a los granjeros en una disputada lucha por sobrevivir. Nacido en 1916 y muerto en 1990, el británico de ascendencia noruega Roald Dahl es uno de los autores de literatura infantil más exitosos de todos los tiempos, cuyos títulos más conocidos son Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda, entre otros. Luego de vivir varias aventuras y proezas como aviador de la fuerza aérea británica, comenzó a escribir en 1942 en Estados Unidos. Sus primeros relatos aparecieron en el Saturday Evening Post.

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