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Las formas del desastre

Artículo correspondiente al número 277 (4 al 17 de junio de 2010)

 

Aunque comparten el mismo tema, el fin de mundo visualizado en La carretera no tiene nada que ver con el de 2012. Vayan advertidos. Por Christian Ramírez.

 

Alguna vez digna de estudio, después satirizada y hoy considerada una parte más del paisaje audiovisual, la afición del cine estadounidense por destruir el mundo y luego ficcionar sus desechos, siempre acaba por quedarse corta. Y claro, a la larga regresan subproductos que vuelven a demoler lo que la última película había arrasado.

Aparentemente, la posibilidad norteamericana de contemplarse a sí misma como una cultura en ruinas parece demasiado dulce para aguantarse las ganas: ya tenía sentido cuando El planeta de los simios inauguró el género en el 68, cuando el país se debatía entre asesinatos políticos, la guerra del sudeste asiático y la lucha por derechos civiles; pero hoy faltan los dedos para contabilizar las hecatombes digitales que nos azotan cada temporada. Sean por causa de Cloverfield, Soy leyenda, Transformers o 2012, estos años post 11-9 nos han dejado con sobredosis de fin del mundo.



Todo lo cual, en principio, debería ser una pésima noticia para La carretera. Pero no lo es.

Adaptada a partir del libro homónimo de Cormac McCarthy, la cinta relata la cansina caminata de un padre y un hijo en un mundo arrasado. ¿Hacia dónde? Ni la película ni el texto lo dejan claro: tienen el vago plan de llegar hasta el mar (que el chico nunca ha visto), pero lo que van encontrando en el camino -tormentas incesantes, parajes yermos, bosques devastados, pandillas caníbales, ciudades reducidas a detritus- deja en evidencia que aquello que encuentren al final del camino no va a ser muy distinto de lo que vieron antes. Entonces, ¿de qué vale el recorrido? ¿Acaso sólo sirve como metáfora de peregrinaje, de ruta de expiación, de réquiem por un mundo muerto?

McCarthy se resiste a dar cualquier pista en el libro. Y por suerte, el director John Hillcoat y su equipo tampoco lo hacen. No hay explicación sobre las razones del cataclismo, ni de cuántos años han transcurrido, qué pasó con las autoridades, con el orden público, con nuestra idea de humanidad. Todo eso ya no es más que un vago recuerdo, de esos que se evocan a espasmos o que llegan en sueños, y el estilo rapsódico de la prosa mccarthiana refleja estas sensaciones a la perfección.

La película lo tiene más difícil: para dar más sentido de urgencia al drama que gatilla la larga marcha de papá e hijo, el filme incluye más flashbacks de los necesarios entre el hombre (Viggo Mortensen) y su fallecida mujer (Charlize Theron). Muchas secuencias del texto aparecen reordenadas en beneficio de una trama que va simplificándose en vez de conservar la fatídica ambigüedad del libro; pero, al final, la pregunta es la misma: ¿para qué seguir? ¿Para qué continuar arrastrándose por la carretera?

La respuesta la tomamos prestada de William Faulkner, lo que no le molestaría nada a McCarthy (uno de sus mejores alumnos) y tal vez dejaría reflexionando a Michael Bay (ojalá): “cuando haya sonado la última clarinada de la destrucción y su eco se haya apagado entre las últimas rocas inservibles que deja la marea y que enrojecen los rayos del crepúsculo, aun entonces se escuchará otro sonido: el de la voz (del hombre) débil e inextinguible, todavía hablando”.

McCarthy en la pantalla
Veleidosa ha sido la pantalla con Cormac McCarthy. Aunque el escritor posee uno de los legados literarios más sólidos en circulación, las películas basadas en sus textos aún no consiguen relecturas a la altura del material original. All the pretty horses (2000) fue cortada de manera tan violenta por los hermanos Weinstein que su director, Billy Bob Thornton, juró que no volvería a hacer otra película. No country for old men (2007) terminó sobregirada en manos de unos hermanos Coen que la usaron como vehículo para ganar espaldas en proyectos más personales y queridos.

Lo que viene por delante, sin embargo, parece más promisorio. Tommy Lee Jones está terminando la versión televisiva de la obra teatral The sunset limited; Andrew Dominik –el notable director de El asesinato de Jesse James- quiere aventurarse con su versión para Ciudades en la llanura, en 2011; y el plato fuerte podría ser la adaptación de la violentísima Meridiano de sangre -una de las grandes novelas del siglo XX-, que estaría a cargo del sólido Todd Field (En el dormitorio, Little children).

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