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Artículo correspondiente al número 286 (8 al 21 de octubre de 2010)
El villano de Oliver Stone retorna una generación después, pero su mundo de oropel mantiene el atractivo. Si Hannibal Lecter pudo, ¿por qué no Gekko? Por Christian Ramírez

La chance de revisitar viejas ficciones después de mucho tiempo es un lujo y es un riesgo. Casi siempre es por dinero, y pocas –muy pocas- por el arte; y, por lo mismo, los resultados casi siempre defraudan. A todos. Al público (que quería ver de nuevo a sus personajes favoritos), al cineasta (que cayó redondito en su propia trampa) y al productor (que soñaba feliz con resucitar una franquicia).
Ojo, que no es un negocio como el de las secuelas de cintas fantásticas. El mayor problema es que se apela a la nostalgia y a códigos que la nueva generación no maneja. Puro chantaje emocional y algo de nostalgia. Las secuelas seriadas, en cambio, venden un producto de mínimas diferencias con el anterior, sin dejar que pasen más de tres años antes de la nueva versión. Transformers, Harry Potter y Crepúsculo han aplicado matemáticamente la fórmula superando lejos a la madre de todas estas marcas, James Bond, que justamente está a punto de congelarse porque ha dejado transcurrir demasiado tiempo entre filme y filme. Bond no ha regresado y ahora corre el mismo riesgo de Star Wars, Indiana Jones y El planeta de los simios. La primera tuvo que reconvertirse en saga infantil. Indy se jubiló con la vergonzosa cuarta parte y los Simios ya ni se acuerdan de que Tim Burton los quiso resucitar.
Con esos precedentes, la sola idea de imaginar a Oliver Stone sacando a Gordon Gekko y a todo el imaginario de Wall Street (1987), del baúl de los recuerdos era risible, casi tanto como imaginar un Bajos instintos 3 (aunque, con Sharon Stone todavía circulando, quién sabe). Y, sin embargo, 23 años más tarde el personaje esta de regreso, con ansias de redención, camisas de diseñador, colleras de oro y todo.
Seguro que, a lo largo de los años, Stone debe haber almorzado con muchos productores que lo querían de vuelta, pero siempre encontró razones para escabullirse. Aunque, pensándolo bien, si Hannibal Lecter –único antihéroe hollywoodense de carisma comparable al de Gordon- había vuelto tres veces (y peor, cada vez), ¿por qué Gekko no iba a ser capaz de hacer otra vez de las suyas?
La coyuntura le
dio una mano a principios de 2009, con los mercados bursátiles cada vez más afectados por la crisis y un Michael Douglas en busca de reverdecer laureles. Era el momento de revivir al tiburón financiero, pero no sin un par de giros: esta vez Gordon sale de la cárcel, enfrenta el ostracismo y escribe un profético libro prediciendo el colapso de Wall Street.
El león está herido: quiere recuperar a su hija -que no le ha hablado en años-, dice que la codicia aún es buena, pero que el activo más importante (y el más escaso) es el tiempo. Quiere disfrutar. Eso, hasta que la visión de tanta corporación naufragando vuelve a afilarle los colmillos, tal vez más que antes. Si hace veintitantos años, el director usó a Gekko “the great” para simbolizar a buena parte de los sujetos que habían hecho papilla los ideales de su generación, es atractivo pensar que en esta pasada Gordon “el caído” tiene más en común con las desilusiones de su propio creador, magullado, pero todavía en pie en los días en que sus mejores ficciones (JFK, Nixon, Un domingo cualquiera) han hecho el círculo completo, desde la relevancia cultural hasta la parodia.
Como fantasía masculina –de renovación, redención e irresponsable machismoeste Gekko 2.0 funciona casi tan bien como el primero. Eso, porque Stone se preocupa de armar un mundo tan caricaturizado como el de la primera cinta, y mejor aún, porque de nuevo narra la historia a través de los ojos de un ambicioso joven, Jake Moore (Shia le Boeuf), novio de la hija de Gordon y sujeto obsesionado por la búsqueda de mentores (no menos de tres, en el filme, aunque Gordon aún es el más convincente).
La nueva pelicula dibuja un camino en el que las responsabilidades de la adultez chocan sin parar con las chiquilladas, las demostraciones de virilidad y el mundo de la plata dulce. Nada muy distinto a la Wall Street original. En ésta, el bobo de Bud Fox (Charlie Sheen) se rendía como un Fausto de opereta a las tentaciones presentadas por Gordon. Jake parece más cauto y ducho en las artes del engaño, pero sus aventuras aún tienen el peso y el oportunismo de un bestseller de aeropuerto. Stone lo sabe, pero lo bueno es que se esmera por que en las dos horas que dura este ligero vuelo su audiencia lo pase casi tan bien como él.