A veinte años de distancia, Close up, la obra maestra de Abbas Kiarostami, se ha vuelto más urgente que nunca. Y se conecta de manera inesperada con la actual obsesión por los reality shows. Por Christian Ramírez
¿Cuándo fue que nos volvimos adictos a las vidas de otros? ¿A colgarnos del más mísero show de VH1 o de E! en lugar del estreno de calidad? ¿A pito de qué esa fascinación por lo que en todo instante hace el prójimo?
Hoy, con el auge de los reality shows, no hay que hacerse muchas ilusiones acerca de la autenticidad de lo que muestra la pantalla –por más verídico que parezca-, ni de que eso sea la cosa real. Y sin embargo, como nunca en estos días de docudrama, nuestra cabeza parece condicionada a darle mayor valor a un testimonio callejero cualquiera que a la ficción más elaborada.

En su tiempo, el cine estadounidense se hizo cargo de la fijación por las existencias ajenas (piensen por ejemplo en El rey de la comedia, de Scorsese), pero su campo de visión siempre estuvo más cerca del mundo del espectáculo, la fama y los escenarios. Ese punto de vista poco y nada tiene que ver con la estética actual de los videos comprimidos, en la que lo que importa son las grandezas y miserias del living de la casa, de la vida de oficina o del viaje en micro. Una perspectiva en la que todo, hasta lo más privado, se convierte en imagen.
Esos territorios -y su respectiva épica- exigen otro acercamiento formal, distinto al de Scorsese. Por extraño que parezca, ello queda más que claro a partir del rescate en DVD que la Criterion Collection hizo de Close up, la obra maestra de Abbas Kiarostami. Una película que, en principio, pareciera no tener que ver en absoluto con el asunto del que hablamos. O sea, por favor: ¿cuál sería la posible conexión entre una humilde –pero extraordinaria- cinta iraní de hace dos décadas, con lo que le pueda ocurrir pasado mañana a las ex chicas de la Playboy mansion en sus respectivos shows?
Hasta hace unos años, Close up era conocida como la cinta que en 1990 sacó a la luz a toda una generación de cineastas del Irán de los ayatolá; un filme importante pero, en esencia, un gusto para cinéfilos. Vista ahora -en blu ray o DVD-, la cosa cambia por completo. Es como si se tratase de otra película.
El filme cuenta la historia de Sabzian, un sujeto que fue tomado preso tras hacerse pasar por un conocido director de cine iraní -Moshen Makhmalbaf-, engañando en el proceso a una familia de buena situación económica, a la que estafó por una pequeña suma. Kiarostami se enteró del asunto a través del diario e, interesado por el tema, consiguió filmar el juicio del acusado. Y fue todavía más lejos: convenció al propio Sabzian y a la familia afectada para que revivieran frente a sus cámaras todo lo que ocurrió. La suplantación, la estafa, la vergüenza. De modo que lo que uno creía ficción de pronto resulta que es documental y luego muta otra vez, lanzándose de lleno al docudrama.
¿Qué es lo que está ocurriendo en pantalla? ¿Lo que estoy viendo es real? ¿Por qué esta gente aceptó volver a vivir el episodio más desagradable de sus vidas? ¿O es que acaso la idea de experimentarlo otra vez, frente a las cámaras, era tan magnética que no hubo elección?
En el filme, el acongojado y alienado Sabzian -una de las presencias audiovisuales más inolvidables de que se tenga memoria- entrega pistas al respecto frente al juez que está por meterlo en la cárcel, y al hacerlo bien puede estar hablando por nosotros mismos: la idea de convertirse en otro era demasiado fuerte para resistirse. Poder salirse de sí mismo lo había ayudado a sobrellevar su vida mejor. Tal cual. Los chicos de MTV y sus sucedáneos no podrían haberlo formulado mejor.
