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Artículo correspondiente al número 261 (17 de septiembre al 1 de octubre 2009)
¿A que juega el director de Pulp Fiction estos días? ¿A maestro del cine, a revenida celebridad, a la reinvención? Su nuevo y exitoso filme Bastardos sin gloria –sobre un grupo antinazi en la Segunda Guerra- demuestra que aun posee el mejor ojo de su generación, aunque deja una sospecha: incluso a Quentin le esta costando aguantar su propio mito. Por Christian Ramírez.
No podía apagar mi cerebro. O sea, parecía estar demasiado inspirado, ¿ok? Las nuevas ideas, los nuevos caminos no paraban de aparecer y de repente me di cuenta: ¿acaso ahora soy demasiado grande en comparación con las películas? ¿O es que éstas se han vuelto pequeñas? O sea, qué onda. (…) Yo me había sentado a hacer una película sobre una pandilla de tipos en una misión y en un momento me di cuenta que tenía entre manos una gran novela con decenas de personajes. (…) Una de las cualidades que me pone en otra liga con respecto de otros guionistas es que yo no tengo deseos de ir conduciendo o apurando la historia. Dejo que los personajes la lleven y los sigo. (…) Nunca me guío por las reglas. Pero no las quiebro sólo por hacerlo. Soy un escritor consciente. (…) Creo que Brad Pitt ya no es el chico bonito. Es un hombre ahora, tal como Robert Redford en Jeremiah Jones. Brad está en el zenit de su iconicidad…”
Quentin Tarantino ya no es tan divertido. Ni en pantalla, ni por escrito, ni por la web. En la larga entrevista que The Guardian le hizo a principios del mes pasado, coincidiendo con el estreno británico de Bastardos sin gloria (y de donde proceden las declaraciones de más arriba), el periodista se preguntaba más de un par de veces si acaso no estaba delante de un hombre desesperado. De esos que en la noche terminan hablando solos en el bar. De hecho, así fue que lo pillaron en Londres, durante esa misma visita.
¿Qué le pasa a este sujeto?
Debería estar tranquilo: sus demorados Bastardos –diez años en gestación- superaron con facilidad los 100 millones de dólares de recaudación, salvando de paso su cuestionada carrera, su independencia artística y la viabilidad económica de su casa productora, The Weinstein Company. Y sin embargo, la felicidad y el equilibrio no parecen estar dentro de sus prioridades: basta ver los niveles de horror, frivolidad y manía a los que se eleva su última película para dar cuenta que su director está muy lejos del chico que llegó al cine directo desde el videoclub para luego ganar el Festival de Cannes y un Oscar con Pulp Fiction, uno de los artefactos pop más perfectos de que se tenga memoria. Pura inocencia.
El Tarantino de hoy, en cambio, tiene más en común con los villanos de sus películas –fría mirada de lince, calvicie incipiente, camisas floreadas, algo de sobrepeso– y tal como ellos (como Bill, Marcellus Wallace u Ordell Robbie, de Jackie Brown) semeja más un solitario tipo en la cumbre que un sociable líder de opinión, por mucho que hable y hable a quien quiera escucharle. Todavía posee el mejor ojo de su generación (mejor que el de Soderbergh, que el de Spike Lee, que el de Jarmusch), pero hace rato que quedó claro que no es el cinéfilo universal por el que todos lo habíamos tomado: su productora aún se llama A band apart –nombre tomado a partir del clásico de Jean-Luc Godard-, pero lo suyo es sentarse y mirar filmes hamburguesa, de esos que se consumen rápido y en atracones. Cierto: el mejor rol salido de la pluma de Tarantino sigue siendo el de sí mismo, pero lo ha reescrito tantas veces que ya parece una fea caricatura. Lo peor es que el principal dañado no es él: son sus películas.
Érase una vez…
Tal vez sea por eso que a Inglorious basterds –con esa “e” puesta a propósito– no le han concedido siquiera el beneficio de la duda. El filme presenta una doble saga: la de una chica judía que planea una enorme venganza contra los jerarcas nazis que asesinaron a su familia y la de una tropa de soldados americanos que recorren los caminos de la Francia ocupada matando soldados alemanes (cortando sus cabelleras al mejor estilo apache), y que de pronto tienen la oportunidad de participar en esa fiesta de sangre y destrucción. Está dividida en capítulos, incluye decenas de personajes y las acostumbradas vueltas de tuerca y comentarios a pie de página típicos de su creador. Pero cualquier crítico tendría razón al decir que es un poco tramposa: lo que prometía ser un tremendo filme de acción, al mejor estilo de las fantasías de la segunda guerra que tan populares fueron durante los años 70 y 80 (ver recuadro), es en realidad un filme intensamente dialogado, una colección de cuadros que –con total justicia y apreciable sentido de la intensidad– atraen la atención sobre sí mismos, pero distraen del total de la aventura.
Tarantino ya había lidiado con esa tentación resolviéndola con maestría en Pulp Fiction, con espesor novelesco en el segundo volumen de Kill Bill y proponiendo lo impensable en Death Proof al contar la misma historia dos veces (de manera que el producto final contenía a la película y a su secuela en el mismo envase). Pero aquí la estructura es puro espejismo: demasiado grande para alojar a una trama de pequeño calado, que habría funcionado mucho mejor dentro de las baratas pero efectivas cintas clase B que tanto le gustan al director.
En Bastardos sin gloria, por extraño que parezca considerando que hablamos de Tarantino, la forma de la historia da lo mismo. Es el nivel de vicio, de brutalidad, de maldad, de cinismo, lo que captura la atención. Como si Tarantino se hubiera pasado todos estos años mirando sin parar las películas de sus discípulos y hubiera decidido volver a liderar la manada, sacando su largo y ensangrentado cuchillo.
Y vaya cómo lo usa. Corta, rebana, tatúa de un modo muy parecido a como lo hacen los malos y los buenos de los filmes “torture porn” de su amigo Eli Roth, quien –era que no– integra el elenco como uno de los “basterds” más repulsivos: Donny Donowitz, “El Oso Judío”, que mata nazis con un bate de béisbol. Fino, el hombre.
Al escribir esto me acuerdo de la oreja que corta Michael Madsen en Perros de la calle, de las piernas y brazos que vuelan en torno a la katana de Uma Thurman en Kill Bill y la violencia explosiva de Robert de Niro en Jackie Brown. Muchos de estos gestos fueron diseñados por Tarantino para provocar a su audiencia desde el asco hasta la risa nerviosa, pero en Bastardos sin gloria va un paso más allá: al final de su cúmulo de extorsión, traiciones, balaceras, explosiones y sangramientos, uno no puede sino sentirse cómplice. Por la risa. Por el asco. Por no pararse e irse. Por mirar.
Si uno es capaz de pasar por alto esa desagradable sensación –porque vaya que lo es- quizás pueda ponerle atención a lo más interesante de este filme diabólico: su absoluto desprecio por los rigores de la historia. Puesto en el mismo lugar que Michael Mann con Enemigos públicos –es decir, en el trance de tener que recrear una porción lejana de nuestro cercano siglo XX- Tarantino opta por una solución completamente opuesta: si Mann privilegiaba la exactitud y la fidelidad (hasta donde era posible) como vehiculo para extraer una dosis de verdad, a Quentin no podría importarle menos: al final de su orgía sangrienta pareciera que los “buenos” –si todavía podemos llamarlos así– tienen la chance de arrasar con todo. Con los nazis, por supuesto; pero también con los hechos reales y la mala conciencia. Como si dos horas cuarenta de película y unos cartuchos de dinamita de utilería pudieran reparar lo irreparable. Sí, claro.
| Jugar a la guerra |
Nadie debería condenar a Tarantino por falta de rigurosidad histórica: Hollywood nunca pestañeó ante la posibilidad de ficcionar su guerra más “gloriosa”. Salvo por unas cuantas obras maestras de la amargura, las películas ambientadas en la segunda guerra nunca escatimaron a la hora de santificar a los aliados, crearse enemigos de cartón piedra o promocionar la bandera. Y se hizo más evidente tras los conflictos de Corea y Vietnam; porque a medida que las películas inspiradas en estas guerras se volvían más y más oscuras, las fantasías post invasión de Normandía entraron derecho en el terreno de los soldaditos de juguete. Es cierto, de esa cantera salieron películas muy entretenidas, y en cierta forma fueron primas hermanas de otro subgénero de plástico de los años 60: los westerns italianos. Los cañones de Navarone (1961). La inventora de un esquema muy simple, pero efectivo: elenco de lujo (Anthony Quinn, David Niven, Gregory Peck) + una misión imposible + buenos efectos especiales + estupenda banda sonora. Los doce del patíbulo (1967). El mismo modelo anterior, pero cargado de mala onda (Lee Marvin), picardía (Donald Sutherland) y una pizca de sadismo (John Cassavetes). Peliculón. Donde las aguilas se atreven (1968). A Clint Eastwood le rebotan las balas en esta copia bélica de los filmes de James Bond. Los heroes de Kelly (1970). En esta aventura en busca de oro nazi, el uso de la fórmula ya era tan obvio y sinvergüenza que trataron de aplicarla de memoria. Mal les fue. Quel maledetto treno blindatto – Inglorious bastards (1978). La imitación de la imitación de la imitación. Lo divertido es que se supone que esta película fue la que inspiró a Tarantino. No es tan así. |