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Artículo correspondiente al número 265 (15 al 26 de noviembre de 2009)
Lo último de los Coen y el rescate de una obra maestra de Bela Tarr. Un paseo más por fuera que por dentro de la cartelera neoyorquina. Por Christian Rámirez.
![]() A serious man |
El mito dice que la cartelera de las grandes capitales debe ser tomada como faro a la distancia para todo el conjunto de países subdesarrollados cuyos estrenos no llegan ni a la rodilla de los exhibidos en la metrópoli. Y, en estricto rigor, eso todavía es cierto. El punto es que –en lo que a cine respecta- ya no importa tanto.
Puede que hasta hace unos diez años la sensación de llegar a París, Berlín, Nueva York o Los Angeles y lanzarse de cabeza a ver qué ofrecían sus salas todavía haya sido para el interesado casi un acto reflejo. En esos días el DVD aun no era un commodity, los catálogos de películas no tenían un tamaño sideral y lo único que se descargaba por internet eran archivos en Word y planillas de Excel. La cinefilia aun se ejercía a la antigua: había que asomarse a la sala para ver lo nuevo o lo antiguo de tu cineasta favorito, porque si te lo perdías, sabías que no iba a volver.
Esa ansiedad cinéfila se ha atenuado lo bastante como para que, instalado en pleno Manhattan a fines de octubre, lo último que se me ocurrió fue ver la cartelera de los cines. Ya sabía antes de subirme al avión, que la BAM Cinematheque en Broo-klyn se había empleado a fondo para proyectar en 35mm un suculento ciclo de películas del año 62: Lola, de Jacques Demy; El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford; Lawrence de Arabia, de David Lean. No fui. Y no me arrepiento.
![]() Where the wild things are
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Mi ataque de flojera fílmica se produjo porque esos títulos en esencia eran historia, agua pasada, y yo andaba demasiado ocupado entre moles de cemento, caminando cuadras; distraído paseando entre el Nueva York de Lumet, el de Cassavetes, lo que queda del de Kazan, el de Woody Allen y el de Will Eisner. Cada uno enlazado con el otro, en solución de continuidad.
Ese fin de semana había estrenos para todos los gustos: Amelia, la vida de Amelia Earhart (malas críticas, incluso de los críticos más conformistas); la sexta parte de Saw (y seguro que ya viene la número 7); Antichrist, de Lars Von Trier (que, desde principios de octubre uno podía conseguir en las cunetas de Santiago); esa ensalada de combos y patadas llamada Ong Bak 2 y –al menos algo bueno- la nueva película de Spike Jonze: Where the wild things are, adaptación de un agridulce libro infantil de Maurice Sendak. La Nana –es decir, The Maid– se exhibía cada tarde en el Angelika Film Center con la presencia de su director, Sebastián Silva, quien contestaba preguntas al final de la función.
De todo eso, al final elegí A serious man, la nueva película de los hermanos Coen. ¿Por qué? Bueno, después de mirar las reseñas –“filme de arte”, “sin actores conocidos”, “comedia negra negrísima”- me quedó casi claro que en Chile se iba directo al DVD.
![]() Satantango |
A serious man –la historia de un profesor universitario que acaba por convencerse de que Dios lo está tratando tan cruelmente como a Job- es una obra maestra. Digna de posar junto a Fargo y a El gran Leboswki en el extraño panteón de los Coen quienes –conspicuamente- la ambientaron en una comunidad judía de Minnesota a fines de los años 60, muy similar al barrio donde pasaron sus días de infancia y juventud. Más de algún rasgo autobiográfico debe estarse colando en medio de la tormenta moral que aplasta a su protagonista, pero lo que deja helado es el férreo ateísmo que emana del primer filme de temática abiertamente religiosa de los cineastas.
En medio de las risas, A serious man plantea dudas que no se satisfacen con nada, muy parecidas a las propuestas a unas quince calles de distancia por el mejor filme que se proyectaba en todo Manhattan por esos días: Satantango, de Bela Tarr.
Exhibida en el MoMa para celebrar los 15 años de su estreno en 1994, la exigente cinta debe ser el mejor relato jamás filmado acerca del derrumbe de las naciones de la cortina de hierro y la nube de fetiches, falsas creencias, estafas e ídolos de barro que vino a levantarse en su lugar. Todo lo que Tarkovsky avisoró en Stalker y sus filmes hermanos, en Bela Tarr es podredrumbre factual, física y espiritual. Fuertísimo plato. Y de 7 horas y media de duración.