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Hacia un nuevo canon

Artículo correspondiente al número 284 (10 al 23 de septiembre de 2010)

 

¿Hay que permanecer atados de pies y manos a los mismos grandes filmes chilenos de siempre? Francamente, hay harto más de dónde elegir. Por Christian Ramírez

 

 

Todo el mundo habla maravillas de Valparaíso mi amor pero, ¿cuándo fue la última vez que la vieron en una copia decente? Difícil, porque no hay. ¿Recuerdan cuándo vieron la copia en cine de La batalla de Chile? Debe haber sido fuera del país, porque acá nunca se ha proyectado en ese formato. ¿En qué estado se encontrarán los materiales de Palomita Blanca, La frontera o, incluso, Taxi para tres? Con toda seguridad nuestra sufrida Cineteca Nacional tendrá que luchar más pronto que tarde por obtener dinero para salvarlos. El legado cinematográfico de nuestro país, de cara a las celebraciones del bicentenario, luce en extremo frágil.

Por cierto que hay filmes notables en nuestra historia, pero toda selección de las “mejores películas” del cine chileno siempre se topa con un problema básico: la falta de masa crítica. Hagan la prueba. Hagan memoria. ¿Cuáles son sus películas chilenas favoritas? ¿Cuántas vieron en cine, cuántas por televisión o en DVD? ¿Qué es lo más antiguo que admiran y recuerdan?

Una forma de evitar esto es buscar más referentes. Dejar de inventarse un canon de intocables para admitir que pueden existir películas chilenas tanto o más importantes para el público actual que una mera docena de consagradas. Aquí vamos:

 

Largo viaje (Patricio Kaulen, 1967). Lejos, el mayor redescubrimiento de los últimos años. Antes de su aparición en DVD en 2007, la cinta pertenecía al terreno de los memorialistas, de los libros de cine nacional y al respetuoso recuerdo de quienes la vieron en su estreno y en sus esporádicas exhibiciones durante cuarenta años. Tamaña pérdida: porque comparada con Valparaíso mi amor y El chacal de Nahueltoro, hoy resulta evidente que el gran fresco social concebido por Kaulen -donde espacios y personas se intersectan sin parar en el centro de un Santiago que parece inacabable y al mismo tiempo tan pequeño- era el filme superior, la expresión madura de una dramaturgia de la que hoy apenas quedan testimonios. La única película latina con la que se me ocurre compararla es Amores perros… ¿Cómo hicimos para ignorar esta obra maestra durante tanto tiempo?

 

La expropiacion (Raul Ruiz, 1973). Lo que parece un simple divertimento a costa de las dificultades encontradas en la instauración del proceso de reforma agraria, se transforma en manos de Ruiz en una verdadera premonición de la descomposición democrática y del golpe militar que estaba por venirse encima. Es el papel del capataz que opta por usar la fuerza a nombre de sus patrones cuando las partes ya no son capaces de dialogar. Ruiz adoptó el mismo tono desprejuiciado al dirigir, ya en Francia, Diálogo de exiliados, pero la violencia a boca de jarro de La expropiación la convertiría en algo único dentro de su obra.

 

Historia de un roble solo (Silvio Caiozzi, 1982). Enterrada en los recuerdos de los pocos que la vieron en VHS en los años 80, esta primera adaptación de José Donoso dirigida por Silvio Caiozzi no posee la dinámica de La luna en el espejo ni la autoimportancia de Coronación, pero sí tiene de su lado al grupo teatral Ictus, que convierte esta fábula de conventillo en una verdadera cápsula de tiempo. Una pena que su realizador no se entusiasme con volver a ponerla en circulación.

Amnesia (Gonzalo Justiniano, 1994).
Aunque el director de Sussi nunca se ha distinguido por ser un dechado de sutileza, por una vez su gusto por el tremendismo paga al dar cuenta de la tortuosa relación entre torturadores y torturados por la dictadura (primero, en un campo de prisioneros y años más tarde, en una oscurísima noche porteña). Con el tiempo, Amnesia ha demostrado ser la más brutal e incómoda de las pesadillas fabricadas por el cine nacional en los primeros años del regreso a la democracia. Y por eso no deja de ser curioso que se haya convertido en una suerte de fantasma. Ni en DVD pirateado se la puede rastrear.

El entusiasmo (Ricardo Larrain, 1998). Filme partido en dos, filme frustradísimo, filme “caído” en muchos sentidos, el segundo largometraje de Larraín aún funciona como la lectura más sorprendente y jugada de los males que entonces aquejaban –y seguirían aquejando- a la Concertación por la Democracia. Imaginando un falso paraíso inmobiliario en el norte, construido a costa de sueños ajenos y luego liquidado al mejor postor, Larraín desconcertó a medio mundo, y probablemente a él mismo, porque la película se sostiene –como narrativa y como gran parábola- sólo hasta la mitad, despeñándose al profundo abismo en el último tercio, uno del cual ni las mejores intenciones lo pueden rescatar.

Aqui se construye (Ignacio Agüero, 2000). Hay películas cuya influencia es más secreta que visible, y es el caso de este documental acerca de las fuerzas que se despliegan detrás de la permanente transformación de nuestro paisaje urbano. Centrado en la demolición de un conjunto de casas de Ricardo Lyon vista por el vecino del lado -cuya vida, evidentemente, cambiará producto de la construcción que avanza sin parar- ,Agüero consigue el retrato perfecto del Chile del cambio de siglo, lanzado hacia adelante, a toda velocidad, sin tiempo (y con toda seguridad, sin ganas) de mirar hacia atrás. Dudo que haya un filme más importante hecho en nuestro país en los últimos 30 años. Y no es por un asunto de belleza (que la tiene de sobra), sino porque Aquí se construye ha marcado a fuego a toda la nueva generación de documentalistas nacionales y a buena parte de los mejores cineastas en circulación. Se trata de una obra inmensa y es criminal que no haya tenido una difusión masiva.

La fiebre del loco (Andres Wood, 2001). Andrés Wood debe ser uno de los pocos cineastas chilenos capaces de trabajar con un “programa”: uno que a cada paso (a cada filme) trata de expresar con sentido lo que ocurre en el país, aquí y ahora (ello incluso se aplica a películas de época, como Machuca). En ese esquema, sin embargo, todavía no es capaz de superar La fiebre del loco, verdadero microcosmos que traslada las ansiedades de un país -siempre al borde de la bonanza- a una claustrofóbica caleta de pescadores donde aplastar al prójimo o tratar de escapar son partes integrantes de la aspiración de bienestar.

Salvador Allende (Patricio Guzman, 2004). La prueba evidente que el cine de Patricio Guzmán no se acaba en la trilogía de La batalla de Chile ni en sus derivados. Buena parte de los que fueron al cine pensando que se trataría de la hagiografía de un presidente mártir, se toparon con la penetrante mirada de un realizador que regresa a un país al que le cuesta reconocer, donde las huellas de su propia generación han sido sepultadas por los desechos de quienes la sucedieron. Narrada en clave de crónica personal, Salvador Allende crece hasta convertirse en el relato de un país.

Malditos: la historia de los Fiskales Ad Hok (Pablo Insunza, 2004). Vaya ironía: la película que mejor retrata a la familia en el Chile de hoy tiene corazón punk. Siguiendo la pista de una de las bandas más persistentes del rock nacional, los realizadores se topan con lazos, fidelidades y pasiones fraternales que van más lejos que cualquier campaña de defensa de valores y blindaje institucional. Los Fiskales, sus familias y sus amigos resultan mucho menos disfuncionales y más conscientes de su lugar en el mundo de los que hasta sus fans podrían creer: las imágenes finales –con el grupo disfrutando vacaciones en la playa- deben estar entre las más bellas del cine chileno.

Actores secundarios (Pachi Bustos y Jorge Leiva, 2004). Adelantándose al menos un par de años a la revolución pingüina, el extraordinario rescate de la historia del movimiento escolar en los ochenta despertó niveles de emocionalidad rara vez observados en el documentalismo nacional. Era que no. Actores secundarios es mucho más que un simple memorial de días de protesta: funciona también como registro de los sueños y frustraciones de una generación silenciada. Es su homenaje, pero también su lápida.

Huacho (Alejandro Fernandez, 2009). Qué decir. Huacho debe ser el filme chileno más importante y el menos visto de los últimos años. Más espectadores lo han visto fuera del país que dentro. Insólito. Habrá sido por un problema de distribución o por una estructura de multisalas que tiende a dificultar la exhibición de esta clase de producciones, da lo mismo: este retrato de un día en la vida de una familia campesina es imprescindible para entender hasta qué punto el discurrir de la región está integrado al resto del país. ¿El todo es la suma de las partes? Retratando un campo marcado tanto por el MP3 y los matinales de la tele como por atavismos más allá del tiempo mismo, la película obliga a su espectador a cuestionárselo hasta las últimas consecuencias.

Tres semanas después (Jose Luis Torres Leiva, 2010). Elaborada paralelamente a un trabajo del artista Fernando Prats en las zonas más afectadas por el terremoto del 27 de febrero, el documental de Torres Leiva –exhibido en la última versión del festival Fidocs- funciona no sólo como silencioso registro de la tragedia que devastó el sur del país, sino también como necesario antídoto al verdadero circo emocional orquestado por los medios a propósito del desastre, sus víctimas y consecuencias. Tiempo va a pasar antes de que podamos lidiar con la enorme violencia liberada y captada en sus imágenes.

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Comentarios

1 Comentarios

guillermo :

Publicado Viernes 10 de Septiembre, 2010 - 16:50 hrs

Concuerdo con parte de tu canon. Sobre todo el lo que respecta a "Largo Viaje". Sin embargo, extraño la ausencia de "Jhonny Cien Pesos" que se adelanta y rompe muchos de los complejos del cine, con una mirada lúcida del Chile de la transición desde la primera escena ¡¡Cómo vamos a hacer un asalto si se nos dispara la pistola en la micro!!

 
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