Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 266 (27 de noviembre al 10 de diciembre 2009)
¿Qué tiene el nuevo filme de Mike Leigh que lo convierte en el mejor estreno de fin de año? Una buena dosis de vida real. Por Christián Ramírez.
Por más que en 2012 una ola gigante cubra la tierra hasta el Himalaya, dicha cinta no es del tipo de películas en que los protagonistas vayan a salir rasguñados. Son los otros los que desaparecen del mapa. La gente común y corriente. Nosotros.
Lo que no deja de ser una ironía, al menos en el caso de John Cusack, el actor principal, quien armó su carrera precisamente convenciéndonos de que él era lo contrario: un tipo de la calle; lleno de fallas, como todo el resto. Y aquí lo tenemos: esquivando explosiones. En fin…
Mantener la ilusión de que la persona que aparece en pantalla es igual a uno ha atraído a Hollywood durante casi un siglo, aunque en períodos de escapismo extremo –como los actuales- todas esas buenas y realistas intenciones tienden a irse por el caño. Si uno quiere buscar algo que se parezca a una persona de verdad, es mejor que lo haga en otra parte. Por suerte, no hay que ir muy lejos, ya que da la casualidad que está a punto de estrenarse la última película de Mike Leigh: Happy-go-lucky.
Bautizada acá como La felicidad trae suerte –un título más exacto sería Feliz como lombriz–, la cinta no es más ni menos que una colección de pequeños cambios en la vida de Poppy, empeñosa y algo despistada parvularia de colegio público: la seguimos en el robo de su bicicleta, su trabajo en clase, en un curso de baile español, las noches de carrete con sus amigas y hasta somos testigos de la aparición de un eventual novio… Acumulación de episodios que, a primera vista, no pareciera apuntar a nada que no sea la descripción de cómo debería ser la vida promedio de una mujer soltera asalariada pasados los treinta años. Pero, como suele ocurrir en las mejores cintas de Leigh (Bleak moments, Naked, Secretos y mentiras), las capas que se ocultan bajo lo cotidiano son infinitas.
La clave resulta ser otra aparente banalidad. Aunque no tiene auto, Poppy (una extraordinaria Sally Hawkins) quiere aprender a manejar. Sin embargo, el profesor que elige resulta su completo antónimo: obcecado, formal, rígido. Y claro, a sus ojos ella es una alumna del infierno. ¿Se le puede enseñar algo a esa clase de gente? ¿No será él quien necesita una lección de Poppy?
Una buena cantidad del metraje de Happy-go-lucky se va en estas malogradas clases de manejo, pero sirve para que Leigh ponga sus cartas sobre la mesa y formule una pregunta muy simple: ¿cuánto de nosotros podemos enseñar al otro? ¿vale la pena el esfuerzo? Visto bajo esa óptica, es impresionante como el filme va convirtiéndose en una cadena de aprendizaje, en que todo el cúmulo de nimiedades que hemos estado viendo cobra sentido, como si todos –incluso los tipos más despreciables de esta historia- fueran capaces de enseñarle algo al resto.
Y la vuelta maestra: no se trata de una cadena de buenos y malos, de legalidad o de superioridad moral. Destartalada y neurótica como es, Poppy está muy lejos de ser una figura modelo dentro de su propia historia. Imagínenla en algo como 2012: desaparecería en la primera explosión. Pero se trata de un ser humano, por completo. De eso no cabe duda.
| Señor con cara de nada |
Una de las cosas más intrigantes del inglés Mike Leigh (66) es su capacidad para desaparecer detrás de sus obras. En un mundo donde el cineasta y su personalidad son parte fundamental de la venta del producto, la imagen de Leigh equivale a un cuaderno en blanco. No es el artista atormentado, el inconformista, el ogro o el galán. Es sólo un señor canoso, de barba, camisa y pantalones claros. Alguien muy parecido al tipo de personas que habita en sus propias películas: gente que no dispara ni huye; que no asesina ni cuelga de puentes o vuela por los aires. Desde principios de los años 70 –cuando pasó del teatro a la televisión–, Mike Leigh viene haciendo filmes sobre asuntos familiares, problemas de clase y conflictos laborales, personales y monetarios. Y lo ha hecho sin avinagrarse en el proceso. Más bien al revés: se ha transformado en una suerte de institución británica y en alguien que conoce muy bien el terreno que pisa. “Me he tomado realmente el tiempo y la paciencia necesarios para investigar, cada vez que decido hacer algo”, comentó con motivo de la que tal vez sea su película más conocida, la premiada Secretos y mentiras (1996). “Hay dos maneras de filmar las cosas: la de cineastas como Buñuel y Ozu. Gente que conocía su mundo, su cultura y a las personas. El otro estilo pertenece a los que trabajan de forma puramente profesional y que acaba por ser infantil, superficial y presuntuosa”. ¿Estará hablando acaso de Hollywood? Parece que sí. |