Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)
En El origen, protagonizada por Leonardo DiCaprio, un equipo se especializa en robar sueños. Lástima que de la empresa no resulte nada muy imaginativo. Por Christian Ramírez.

Debe ser el acostumbramiento a los efectos especiales, pero rara vez en estos días el espectador ve desafiado su poder de imaginación a través de las pantallas. Los que vieron Avatar a principios de año, o los que llevan meses jugando el Rockband de los Beatles deben conocer esa sensación: los “monitos” se vuelven un poco tediosos después de una exposición prolongada. Nuestros ojos y, sobre todo, nuestras expectativas acaban por ajustarse a lo que está delante y la novedad decae: el producto se desgasta. Igual que en los comerciales.
De ahí que el director Christopher Nolan haya querido ofrecer algo más con El origen (Inception, 2010), laboriosa fantasía en la que Leonardo DiCaprio y su equipo de expertos se internan clandestinamente en los sueños de terceros, bajando a los niveles del subconsciente como quien se cambia de traje y de una forma similar a la que usaban Neo y sus amigos para introducirse a la Matrix: conectándose en línea.
El sistema funciona para extraer información pero, ¿funcionará para introducir una idea en la cabeza de otra persona? Di Caprio cree que sí, sólo que –como suele ocurrir en esta clase de películas- tendrá que hacerse cargo de unos cuantos demonios personales para conseguirlo.
Nolan comenzó a trabajar la idea poco después de terminar Memento (2000) -el filme que lo puso en el mapa hollywoodense-, pero tuvieron que pasar una década y dos exitosos filmes de Batman hasta conseguir realizarla. ¿Por qué tanto? Tal vez, porque no tenía el poder necesario o porque –según ha explicado el director- se trataba de un proyecto muy difícil de realizar, logística y argumentalmente.
Vista la película, se puede entender lo primero: Inception no podría existir sin las experiencias previas de la mencionada trilogía Matrix ni las de Dark City, Minority report y –obvio- Avatar. Ahora, lo de la complejidad narrativa no me lo compro. Lo siento.
Un paso adelante, dos atrás

Aunque alguna prensa se haya llenado la boca diciendo que es un gran paso adelante en esto de vender al gran público historias más ricas en contenido, la verdad es que El origen no es más “compleja” que cualquier superproducción que incluya argumentos simultáneos (un recurso muy usado por el género y que, por ejemplo, figura en Batman: the dark knight, del mismo director).
La diferencia está en el pie forzado. Como Nolan necesitaba que sus personajes fueran penetrando niveles cada vez más profundos de sueño, discurrió una astuta idea: las aventuras del equipo de DiCaprio en cada plano onírico no serían narradas una a continuación de otra, sino en forma simultánea. De modo que en lugar de tener a un solo Leo en aprietos, hay cuatro a la vez.
Suena a un desafío digno de Hitchcock, Kubrick o David Lynch (ver recuadro), pero el resultado final es un cúmulo de cabos sueltos, imágenes pedestres, efectos digitales y balaceras de rigor y una persistente sensación de estafa, de sentir escena por escena que los realizadores están más pendientes de su cuenta corriente que de sus propios sueños.
Si en Memento Nolan había conseguido que el truco narrativo hiciera florecer a la trama (al contar “al revés” su historia sobre un policía cuya memoria de corto plazo lo hace dudar de cada uno de sus pasos), aquí el truco se lo traga todo: se convierte -de hecho- en la película misma, gastando minutos y minutos en tramas paralelas que van vaciándose de contenido para darle espacio a la siguiente.
Como si el realizador estuviera demasiado entretenido resolviendo el puzzle, en vez de liberar su imaginación. Y soñar.
| Tres soñadores de verdad | |
| Un buen antídoto para contrarrestar la aplanada imaginación de Inception es recurrir a mentes más fértiles que la de Nolan. Gente capaz de soñar despierta, por lo menos. Unas gotas de muestra: | |
![]() |
Vertigo (1958). Lo que por fuera no es más que otra historia de obsesión, en Hitchcock se convierte en una prolongada pesadilla, una de la que cuesta despertar. |
![]() |
Carretera perdida (1996). También podríamos haber mencionado a Terciopelo azul, Corazón salvaje o Mulholland drive. Más que de guiones escritos, las películas de Lynch parecen provenir de delirios nocturnos. |
![]() |
Ojos bien cerrados (1999). Al final resultó que Stanley Kubrick no había rodado una fábula matrimonial. Lo que tenía entre manos era un “Relato soñado”. Precisamente, el título del libro de Schnitzler en el que se basó el filme. |