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Artículo correspondiente al número 283 (27 de agosto al 9 de septiembre de 2010)
A estas alturas del partido, Roman Polanski debe estar agotado de los cruces entre sus tormentosas vidas y su obra; pero no hay caso: en la notable El escritor oculto, ambas siguen chocando, violentas y sin dar tregua. Así no más. Por Christian Ramírez

Ligar la vida de los artistas a sus obras es uno de los deportes más recurrentes entre los aficionados al cine; en parte, por el morbo asociado al tema, pero también porque la ilusión de entender, de sentirse cerca de los sujetos que están delante y detrás de pantalla es demasiado dulce como para querer destruirla.
Así, Angelina seguirá ad aeternum como vampiresa, Eastwood como el viejo y sabio cocodrilo y Harrison Ford como el señor del sombrero y el látigo. ¿Sandra Bullock? Obvio. Miss Simpatía. Algunos, como Jack Nicholson, disfrutan su estatus al máximo y todavía se esmeran –viejos y gordos como están- en mantenerse como almas de la fiesta. Pero, ¡ay de aquellos a quienes no favorece el etiquetado! Woody Allen todavía tiene problemas para sacarse el mote de maniático viejo verde que lo acompaña desde que dejó a Mia Farrow por la joven Soon-Yi, pese a que el comediante y su señora ya van para los veinte años de una (en apariencia) tranquila relación. ¿Y que hay de Roman Polanski? Esos estigmas son cuento largo...
Marcado a fuego tras sobrevivir al holocausto en Polonia, por las acusaciones de satanismo a El bebé de Rosemary (1968), por el horrible asesinato de su esposa Sharon Tate, y sobre todo por su vergonzosa fuga de Estados Unidos en 1976 -antes que se dictase sentencia sobre un caso de abuso de menores que lo tenía como único implicado-, el impulso de vincular vida y obra en su caso es una operación automática. Como si una se fuese entrelazando y potenciando con la otra en perfecta solución de continuidad , hasta alcanzar dimensiones vertiginosas.
De hecho, es imposible referirse a El escritor oculto, la notable cinta de Polanski, sin hacer referencia al último capítulo de esta teleserie: a fines de septiembre de 2009, en plena post producción del filme, el cineasta figuraba como homenajeado de un festival de cine suizo cuando fue arrestado por una policía que durante años le había dado vía libre (el cineasta posee una casa en dicho país) y que de un día para otro “recordó” que había una orden internacional de arresto contra el realizador. En medio del escándalo -que dividió a los interesados en favor y en contra, y que escaló al punto de involucrar al gobierno francés (que considera al director una gloria nacional)-, Polanski figuraba bajo arresto domiciliario en Gstaad y trasladando a su hogar-prisión los equipos de edición, en una situación muy parecida a la que enfrenta uno de los personajes de su historia: Adam Lang (Pierce Brosnan), ex primer ministro del Reino Unido, impedido de regresar a su país tras la explosión de un escándalo por abuso de rehenes, en el que supuestamente llevaba la voz cantante.

Atrincherado en una modernísima casa enclavada en dunas playeras de la Costa Este, y que inequívocamente recuerda a una sofisticada celda, Lang espera la llegada del verdadero protagonista del filme: su escritor fantasma, el tipo que le ayudará a terminar el millonario manuscrito de sus memorias, mamotreto informe resguardado bajo siete llaves, por el que se han pagado 10 millones de dólares y que –gracias a la polémica- ahora tiene seguro aspecto de best seller. La cosa es terminarlo a tiempo y ahí radica el problema: el redactor original del texto, un fiel asistente de Lang, aparece muerto en extrañas circunstancias y el nuevo ghost writer (Ewan McGregor), empieza a tener la extraña sensación de que él puede ser el próximo en desaparecer del mapa. “
Olvídalo, no te pasará nada. ¿Quién querría deshacerse de dos escritores fantasma?”, le dicen al aludido en un momento de hitchcockiana negrura y que resume a la perfección el tono entre irónico y fatalista que adopta una trama que se toma muy en serio la invisibilidad de su antihéroe: un sujeto anodino, de vacía mirada y cuya actividad favorita o, al menos la más recurrente, parece ser dormir y no escribir. Alguien que se da de frente con un aparente golpe de suerte –le pagarán un cuarto de millón de dólares por corregir el mamarracho de Lang-, y que carece de cualquier asomo de vida previa, de mundo interior y hasta de nombre (ya que, conspicuamente, el director y el guionista Robert Harris nunca le asignan uno). En la mejor tradición de Roger Thornhill -el inolvidable personaje de Cary Grant, en Intriga internacional, de Hitchcock- el escritor de Polanski es la perfecta víctima de las circunstancias, el último en darse cuenta de qué pasa y el actor invitado a una cerrada lucha en la que lo que está en juego es siempre el destino de los otros, nunca el propio.
En cierto modo, ocupa un papel aún más desvalido que el de Jack Gittes, el desengañado detective de Chinatown (1974) –el mejor filme de Polanski, qué duda cabe -, simplemente porque durante el lapso que separa a ambos filmes el director fue despojando su sentido de la aventura de todo rastro de romanticismo novelesco. De modo que lo único que le queda y alimenta a este “fantasma” es la pulsión casi morbosa de cumplir su destino: mover los engranajes de la maquinaria fatídica en la que se metió, hasta que se detengan de una vez. Polanski ya había transitado ese camino en Búsqueda frenética (1988), pero aquella odisea parisina todavía estaba teñida de demasiada emoción, de mucha cuenta pendiente con sus fantasías y obsesiones. Veintidós años más tarde, impresiona ver hasta qué punto El escritor oculto -una producción modesta, puesta en marcha tras el hundimiento de su proyecto sobre Pompeya- semeja un paisaje tras la batalla, donde la cadavérica palidez de los que aun luchan da cuenta perfecta de su impotencia, de su resignación, de su derrota.
¿Es así como se ve el mundo desde la reclusión, desde el encierro, desde el banquilllo de los acusados? Mejor ni saberlo.
| ¿Y ahora que, Roman? |
Menos reservado de lo que parecía es el pronóstico de lo que viene para Polanski. No porque la justicia estadounidense vaya a echarle el guante en el futuro próximo -cosa dudosa-, sino porque con 77 años recién cumplidos (el 18 de agosto) y tras casi un año en el ojo del huracán, el director no piensa en descansar ni en acogerse a retiro: tiene pensado filmar una adaptación de Le dieu du carnage, pieza teatral acerca de la creciente discusión entre dos matrimonios a raíz un altercado escolar de sus hijos, y cuya versión en EEUU se adjudicó el Tony 2009 a mejor producción. Yasmina Reza, la propia autora, coescribió el guión con Polanski mientras éste permanecía arrestado en su casa de Suiza. El rodaje comenzaría en 2011. |