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Artículo correspondiente al Jueves 10 de Julio, 2008
Ahora que Hollywood parece encantado redescubriendo las frustraciones y debilidades de los adolescentes en comedias como Supercool y Drillbit Taylor, los que las fabrican –Judd Apatow y compañía– han vuelto la mirada hacia John Hughes, una vieja gloria ochentera que del mismísimo olvido parece emerger; si no como un titán, al menos como un mentor.
Incluso buena parte de los que hace veinte años despacharon al creador de La chica de rosa como mera basura pop, hoy conceden mérito a la sinceridad, crueldad y sentido del humor empleados por el cineasta a la hora de filmar sus comedias juveniles. Ahora, justo cuando el tipo está fuera del juego: desde fines de los 90, Hughes no vive en Hollywood, no posee agente ni dirige o produce películas. Como gran cosa se ha dignado grabar unos cuantos comentarios de audio para DVD. Y sería todo. No es que sea un recluso sicótico, como el otro Hughes –Howard, el empresario aviador– sino que eligió esconderse en uno de los tantos suburbios que rodean a Chicago y así reducirse al anonimato, “como un Salinger cinematográfico”, según uno de sus admiradores, el director Kevin Smith (Clerks, Dogma).
La idea de un Hughes sesentón y fundido con sus propias ficciones, viviendo en un mundo muy parecido –si no idéntico– al que
habitan los personajes de sus historias, tiene cierta belleza y hace sentido. Eso porque él, más que nadie, supo reflejar el tránsito de una adolescencia que todavía se entretenía con lo que podía encontrar por ahí hacia una adultez en que simplemente ya no se sabe qué elegir.
Cierto que cuando optó por transformarse en adulto y transitar hacia temáticas “familiares” se convirtió en un cineasta mucho menos interesante –diablos, no hay que olvidar que Hughes nos infligió Mi pobre angelito y Un bebé en apuros–, pero si se separa la paja del trigo por lo menos nos quedan tres filmes esenciales:
Una celebración de cumpleaños arruinada, un compañero que la persigue en secreto, un tipo inalcanzable: los problemas de la protagonista se han vuelto referentes del género.
Cinco adolescentes se ven obligados a pasar el sábado, castigados, en el colegio. La obra maestra del género.
La cámara acompaña al tipo listo de la clase, el día en que decide hacer la cimarra y recorrer con su novia las calles de Chicago. Curiosamente, los mismos barrios por los que anónimo, circula hoy.