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El obrero y la guerra

Artículo correspondiente al número 255 (26 de junio al 9 de junio de 2009)


Generation Kill debe ser la mejor narrativa producida sobre la Guerra de Irak, un conflicto que nadie parece querer ver en películas. Por Christian Ramírez.


Cuánto rato tiene que pasar para que una película o una serie puedan defenderse por sí solas? ¿Sin la ayuda de especiales en el cable, reportajes en la prensa, posteos en blogs o extras del DVD? La verdad es que parece cada vez más difícil: sorprende la velocidad con que los productos audiovisuales se están “quemando” en estos días. Algunos nunca se recuperan del riguroso escrutinio (como el último Indiana Jones), mientras que otros quedan marcados porque la tendencia misma que impulsó su creación es un mero recuerdo para el momento en que el material sale por fin al mercado.

 


Así les pasó a las decenas de cintas inspiradas en la actual guerra de Irak. Pese a que medio mundo se apresuró a producir filmes de ficción o documentales sobre el tema, para el momento en que estos se estrenaron los espectadores querían ver cualquier cosa que les hiciera olvidar que en ese mismo instante había soldados peleando (otra vez) una guerra que no era la suya. La “moda” había muerto antes de nacer.

Y quizás haya sido para mejor: en ocasiones conviene dejar que el filme o la serie del momento descansen por un rato mientras uno se descontamina de la ola anterior. Quizás esa sea la forma de sopesar en el futuro producciones que sí tomaron en serio el conflicto, como Standard Operating Procedure, de Errol Morris; The War Tapes o En el valle de Elah, de Paul Haggis; pero que estuvieron a punto de ahogarse entre tanto detritus visual disfrazado de reportaje en profundidad. Con toda seguridad ese también será el destino de la que -hasta ahora- es la mejor ficción realizada sobre el conflicto: Generation Kill, la serie de HBO y los creadores de The Wire.

Basada en el libro homónimo de Evan Wright (reportero de Rolling Stone) y editada recientemente en DVD Zona 4, es en esencia el relato de los primeros marines que penetraron en territorio iraquí en 2003, creyendo que se dirigían a una suerte de secuela de la primera guerra contra Saddam. No lo era, claro.

De hecho, por eso mismo, el habitual código de las películas de guerra no parece funcionar aquí. Generation Kill no es una disertación sobre el fin del mundo a lo Apocalipsis Ahora, ni una historia de compañerismo tipo Soldado Ryan ni una fábula acerca de la inutilidad del patriotismo como Pelotón. A los integrantes del segundo pelotón de reconocimiento de la Compañía Bravo lo que realmente les preocupa tiene que ver con la soberbia de algunos oficiales, la rigidez de la cadena de mando, que haya un solo intérprete para cientos de soldados, la escasez de pilas para los lentes de visión nocturna, que su única fuente de información sea la onda corta de la BBC y que todos los involucrados demuestren tan poco conocimiento de las grandes líneas y de los pormenores de este trabajo.

Esa es la palabra clave: trabajo. Más que héroes de guerra, los soldados de Generation Kill parecen obreros especializados; gente a cargo de un torpe contratista que subestima, una y otra vez, la misión por la que les están pagando. Gente atrapada en fuego cruzado, pero también por pura vida moderna.

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